Al explicar el sentido de su clásico “Fahrenheit 451” (1953), Ray Bradbury advirtió: “No hace falta quemar libros para destruir una cultura; basta con que la gente deje de leerlos”. Años después, Neil Postman observó que Aldous Huxley, en su distopía “Un mundo feliz” (1932), había anticipado un riesgo distinto al de George Orwell en “1984”: “Orwell temía a quienes prohibirían los libros; Huxley, en cambio, temía que ya no hiciera falta prohibirlos, porque nadie querría leerlos”. A la luz de lo que ocurre hoy, ambos tenían razón. Ya no se necesita censura estatal ni hogueras inquisitoriales: bastan un smartphone, algoritmos que recompensan el ‘scroll’ infinito y una generación que considera innecesario el esfuerzo de leer un libro.
El columnista británico Rod Liddle lo resumió con crudeza: “Primero muere la lectura, luego el conocimiento, luego la ciencia. Es la Desilustración”. Y no exagera. Estamos presenciando, en tiempo real, un retroceso civilizatorio que no proviene de bárbaros a las puertas, sino de una renuncia voluntaria a los logros culturales de la Ilustración del siglo XVIII. Lo más inquietante es que casi no lo advertimos, porque se trata de un proceso silencioso, altamente adictivo y, además, muy rentable para las grandes empresas tecnológicas.
La lectura profunda -la que exige atención sostenida, inferencia, anticipación y diálogo interno con el texto- está en retroceso. Según datos recientes de Walton Family Foundation y Gallup (2025), el 35 % de los estudiantes de secundaria de la Generación Z en EE. UU. admite que no le gusta leer, y el 43 % casi nunca o nunca lee por placer. En Reino Unido y Europa, la tendencia es similar. Los jóvenes no solo se alejan de los clásicos, sino también de la disciplina mental y del esfuerzo que exige un texto largo. En su lugar, consumen videos de 15 segundos, resúmenes generados por IA y opiniones ya digeridas por líderes de opinión. La pregunta es: ¿qué estamos perdiendo con ello?
James Marriott sostiene que la democracia liberal no surgió de la nada: nació de la imprenta y de millones de europeos que aprendieron a leer, razonar y debatir ideas complejas. Sin esa alfabetización, la política se reduce a un espectáculo emocional y el debate público, a una competencia de gritos e insultos en redes sociales. Adam Garfinkle lo explica desde la neurociencia: la lectura profunda no es un pasatiempo, sino una “revolución cerebral” que forma las bases del pensamiento abstracto, la empatía compleja, la paciencia cognitiva y la imaginación creativa. Cuando ese hábito se pierde, el cerebro se orienta hacia lo superficial, lo inmediato y lo emocional. El resultado es una sociedad más volátil, más vulnerable a demagogos y charlatanes, y menos capaz de distinguir entre información y conocimiento.
Liddle acierta al hablar de Desilustración. La negación sistemática de la evidencia científica en el debate público ya no es marginal: se ha vuelto habitual. Las universidades empiezan a bajar sus estándares porque muchos estudiantes llegan sin haber leído nunca un libro completo. Y la propia ciencia, que exige años de estudio, lectura paciente y acumulación de saber, corre el riesgo de degradarse en una ingeniería apresurada al servicio del mejor postor. Estamos desmontando las herramientas mentales que nos permitieron salir de la oscuridad medieval y construir sociedades prósperas, libres y racionales. Lo hacemos por comodidad, por adicción a la dopamina fácil del algoritmo y porque casi nadie quiere ser quien apague la pantalla.
En Hispanoamérica, la Desilustración no sería exactamente un retroceso, porque la Ilustración nunca llegó a consolidarse por completo. Los ideales de la razón, la educación universal, la separación de poderes y el pensamiento crítico llegaron como parte de la retórica de nuestras élites criollas o como una forma de neocolonialismo intelectual. Pero nunca arraigaron del todo en las estructuras profundas de nuestras sociedades, donde el caciquismo, el clientelismo, la emoción tribal y el liderazgo carismático siguen pesando más que los argumentos racionales.
Nuestra “ilustración” siempre fue parcial, superficial y, con frecuencia, meramente ornamental. Por eso, el peligro para nosotros es aún mayor. Si no hacemos nada mientras Occidente se desilustra, no caeremos desde la cima de la razón, sino que nos hundiremos directamente en una vorágine premoderna, donde la superstición digital, el populismo algorítmico y la ignorancia voluntaria se vuelvan la norma. Como nunca terminamos de consolidar las instituciones ni los hábitos mentales de la Ilustración, corremos el riesgo de caer en una barbarie moderna: democracias vacías, economías estancadas por falta de innovación real y sociedades fragmentadas en las que la verdad sea simplemente lo que más ‘likes’ consiga. El costo sería altísimo en desarrollo, cohesión social y libertad.
Sin embargo, la solución existe. Requiere políticas culturales firmes: devolver la lectura profunda al currículo escolar, limitar el tiempo de pantalla de niños y adolescentes, incentivar fiscalmente la edición y distribución de libros de calidad y, sobre todo, dejar de fingir que TikTok y ChatGPT pueden reemplazar el esfuerzo cognitivo. Si no actuamos, Bradbury habrá tenido razón de la manera más triste: destruiremos nuestra cultura sin quemar un solo libro. Bastará con dejar de leerlos o, peor aún, con no haberlos leído nunca. Entonces morirán primero la lectura, luego el conocimiento y, al final, lo poco que aún nos quedaba de la Ilustración.
(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia
(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República




