16 de mayo de 2026

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Por: Ross Barrantes / La sociedad del algoritmo

ROSS BARRANTES

El filósofo francés Guy Debord escribió en 1967 que la vida entera de las sociedades modernas se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo directamente vivido, advertía, se ha alejado en una representación. Debord no conoció el smartphone, pero lo intuía con una claridad que hoy asusta: el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediada por imágenes.

El último domingo, comprendí en carne propia que esa profecía se ha cumplido con creces, y tiene nombre de aplicación. Mi hijo tiene catorce años. Es curioso, inteligente, capaz de conversar sobre temas que sorprenden a los adultos cuando apaga la pantalla. La frase condicional importa: cuando apaga la pantalla. Ese domingo, mientras la familia se reunía a celebrar, él no soltó el celular. Era el flujo continuo, el scroll interminable, la inteligencia artificial conversando con él. No me enojé. Me preocupé. Que es peor.

Porque yo también soy profesora universitaria. Y lo que vi en mi mesa familiar ese domingo es exactamente lo que veo en mis aulas cada semana, con la diferencia de que mis estudiantes tienen dieciocho, veintidós, veinticinco años, y tampoco sueltan la pantalla. La IA ya no es una herramienta que usan para estudiar: es el sujeto que estudia en su lugar. En mis clases universitárias observo una mutación silenciosa. Los estudiantes llegan con respuestas perfectamente articuladas que no pueden defender cuando se les pregunta por qué. Entregan ensayos con citas reales de autores que nunca leyeron. Construyen argumentos jurídicos impecables en su estructura y vacíos en su comprensión. Han aprendido a parecer que saben, que es exactamente el triunfo del espectáculo que Debord describió: la representación suplantando a la experiencia.

Cuando mi hijo prefiere la pantalla a la conversación real, no es un problema de modales. Es un síntoma de que el espectáculo integrado ha penetrado incluso los rituales afectivos que creíamos inmunes. Las universidades peruanas están respondiendo a la irrupción de la IA con la misma lentitud con que respondieron al internet hace veinte años: primero la negación, luego la prohibición ineficaz, y eventualmente la rendición sin estrategia pedagógica. Ninguna de esas respuestas es suficiente. Lo que se necesita es más difícil: repensar para qué sirve la universidad cuando el conocimiento declarativo es gratis e instantáneo. La respuesta, creo, es que la universidad debe ser el espacio donde ocurre lo que el algoritmo no puede hacer: el debate, la duda, el error corregido en voz alta, la ética del argumento, la formación del carácter intelectual. Eso requiere profesores que no compitan con la IA sino que hagan lo que la IA no puede: preguntar sin tener la respuesta, incomodar con propósito, exigir presencia real. Y en casa, como madres, necesitamos algo aún más básico y más urgente: recuperar la mesa. No como metáfora, sino literalmente. Sentarnos a comer sin teléfonos, hablar sin pantalla de por medio, que el adolescente descubra que la conversación humana —imperfecta, lenta, contradictoria— tiene una textura que ningún modelo de lenguaje puede replicar. Ese domingo, cuando le pedí a mi hijo que dejara el celular, me miró con esa mezcla de sorpresa y culpa que tienen los adolescentes cuando saben que tienen razón los adultos pero no quieren admitirlo. Lo guardó. Hablamos un rato. Fue suficiente. Fue, también, un acto de resistencia pequeño y necesario contra la sociedad del espectáculo. Debord estaría de acuerdo: la única respuesta al espectáculo es la vida directamente vivida. Y la vida directamente vivida, ese domingo, era yo, él, y ninguna pantalla entre nosotros. Gracias por leerme.

(*) Abogada constitucionalista, profesora universitaria

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