La conocida frase atribuida a W. B. Yeats, “La educación no es llenar un cubo, sino encender un fuego”, es más que una imagen poética: advierte sobre la brecha entre dos formas opuestas de entender la universidad actual. Llenar un cubo significa transmitir información y procedimientos; encender un fuego, despertar una curiosidad profunda y dar sentido al aprendizaje. Esa diferencia está en el centro de la crisis de propósito que hoy afecta a la educación superior en todo el mundo.
Millones de jóvenes en todo el mundo se hacen una pregunta cada vez más incómoda: ¿para qué ir a la universidad? Muchos responden con una sentencia contundente: “ir a clase es una pérdida de tiempo”. No es una anécdota aislada ni un capricho de la generación Z, sino un diagnóstico global. En México, por ejemplo, cerca de 250 mil jóvenes abandonan la universidad cada año, muchos de ellos desde el primer ciclo. Una y otra vez concluyen que ese modelo universitario no les dice nada. No desertan por desidia; los expulsa la inercia de una institución que ya no dialoga con su época ni con sus expectativas. La queja se repite en todas partes: cruzar la ciudad para oír a alguien leer diapositivas. Ese modelo compite -y pierde- frente a cualquier herramienta digital. Si la universidad solo transmite información, ¿qué valor real ofrece la presencialidad? Lo que algunos interpretan como apatía es, en realidad, lucidez: los jóvenes advierten de inmediato cuándo su tiempo no es valorado.
Esta policrisis universitaria no se limita a México ni a Hispanoamérica: es un fenómeno global. En Estados Unidos, por ejemplo, la tensión entre las exigencias prácticas del mercado laboral y la aspiración al conocimiento por sí mismo lleva décadas marcada y hoy se agrava con el retroceso sostenido de las humanidades y las artes liberales. Entre 2012 y 2020, los grados otorgados en estas áreas cayeron alrededor de 16 %, con descensos aún mayores en historia y filosofía. A ello se suman recortes recientes: en 2023, West Virginia University eliminó 28 programas, sobre todo en artes liberales y lenguas extranjeras; en 2024, Harvard University canceló más de 30; y otras instituciones públicas, como Missouri Western University e Iowa State University, también suprimieron programas y cursos en inglés, historia y filosofía. Bajo fuertes presiones políticas y administrativas, muchas universidades estadounidenses avanzan hacia un modelo de entrenamiento laboral que privilegia los negocios y las tecnologías de punta por encima de una formación humanista integral. En ese marco, ser mejor profesional deja de asociarse con una mayor conciencia ética y pasa a significar simplemente vencer al competidor. Así se erosiona el tejido social: donde todo es competencia, los demás se convierten en rivales.
En Europa, las universidades se apartaron históricamente del modelo de artes liberales en el pregrado -a diferencia de Estados Unidos- para favorecer la especialización temprana. Sin embargo, la crisis actual es parecida: recortes en humanidades -como la eliminación, en 2024, de programas de arte, antropología y otras disciplinas en la University of Kent, en el Reino Unido- y quejas cada vez más frecuentes de que estas instituciones se han vuelto más “vocational colleges” que centros de sabiduría. En Australia ocurre algo similar: los medios hablan abiertamente del “pronunciado declive” de las artes y las humanidades, mientras las universidades se convierten en “escuelitas de oficios” en vez de preservar su papel como espacios de aprendizaje superior.
En China, Japón, Corea y otros países crecen los programas de artes liberales inspirados en el modelo estadounidense, pero enfrentan la misma tensión: mientras gobiernos y familias demandan habilidades orientadas al mercado, muchos programas tradicionales de humanidades sufren recortes. En China, por ejemplo, universidades como Northwest y Sichuan eliminaron recientemente estudios de lengua china.
Conviene recordar que educar exige escuchar, desafíar, diálogar, confrontar, incomodar; para finalmente transformar. Exige retomar el espíritu socrático: formular la pregunta que provoca, la lectura profunda, la idea que se construye colectivamente. Sin embargo, demasiadas universidades hoy solo ofrecen transmisión de contenidos: un mero entrenamiento disfrazado de formación superior. Se han convertido en repositorios de información estática en lugar de foros de pensamiento vivo. Esta deriva resulta especialmente peligrosa en la era de la inteligencia artificial, cuando delegamos cada vez más el acto de pensar a las máquinas. Si la Universidad no logra ofrecer algo que un algoritmo no pueda replicar -diálogo auténtico, fricción intelectual, construcción colectiva de sentido. ¿Qué justificación queda para invertir en ella? Reducir su función a proveer competencias vacía su sentido histórico. No olvidemos que la universidad nació como comunidad que deliberaba sobre tres preguntas fundamentales respecto de la condición humana y el saber: ¿qué es la verdad? (la pregunta por el Conocimiento); ¿quién soy yo y en qué mundo vivo? (la pregunta por la Cultura) y ¿cómo podemos vivir juntos y transformar la realidad? (la pregunta por la Sociedad).
La decisión es urgente y tiene alcance global. O la universidad transforma de raíz lo que ya no funciona -recuperando el diálogo socrático, la reflexión profunda y la formación humana- o seguirá perdiendo a quienes busca formar. No se trata de un ajuste técnico ni de una reforma curricular superficial, sino de redefinir su razón de ser. El tiempo -ese recurso que la generación Z ya no está dispuesta a desperdiciar- se agota. La crisis de propósito de la universidad no admite más demoras. Ha llegado la hora de elegir entre simples escuelas superiores de oficios y universidades que de verdad eduquen.
(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia
(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República



