Existe un fenómeno que está modificando la demanda de alimentos. El uso de fármacos agonistas del receptor GLP-1 (como Ozempic, Wegovy, Zepbound y Monjaro) se ha popularizado tanto en el tratamiento de la diabetes tipo 2 como en la reducción de peso.
Un estudio reciente realizado en más de 150,000 hogares en Estados Unidos revela que, durante los primeros seis meses de tratamiento, aquellos hogares con al menos una persona usuaria de agonistas presentaron una disminución de hasta 8.2% en el gasto destinado a la compra de alimentos en supermercados. Esta reducción se observó principalmente en productos ultraprocesados, como snacks salados y dulces, cuyo consumo descendió aproximadamente un 10%. Por otro lado, las compras de frutas y verduras frescas permanecieron estables o experimentaron un ligero aumento entre quienes empleaban estos tratamientos para perder peso. Asimismo, los hogares reportaron una reducción del 8% en el gasto efectuado en restaurantes y establecimientos de comida rápida.
Entre 2024 y 2025, el uso de agonistas para bajar de peso se duplicó entre adultos en EEUU, llegando al 12%. Para 2030, estos usuarios representarán el 35% de las ventas de alimentos y bebidas. JP Morgan estima que 30 millones de estadounidenses estarán en tratamiento y la industria alimentaria perderá unos 50 mil millones de dólares cada año.
Este comportamiento se observa a nivel mundial. De acuerdo con Kantar, el 26% de los hogares en América Latina afirma conocer estos fármacos y un 11% (equivalente a 74 millones de hogares) ya los utiliza o considera hacerlo. Aquellas personas que incorporan estos productos a su rutina tienden a disminuir notablemente el consumo de bebidas azucaradas (59%), alimentos con alto contenido graso (55%) y productos ricos en azúcar (51%).
Los datos a marzo de 2026 confirman que no se trata de una moda pasajera. Las ventas de productos con mayor margen -snacks impulsivos, pasteles, dulces, galletas- se desploman. La industria alimentaria está respondiendo con porciones más pequeñas, etiquetas “GLP-1 friendly”, mayor énfasis en proteína y fibra, y productos más densos en nutrientes. Pero la ecuación es implacable: si la gente come menos, las empresas de alimentos venderán menos.
Esto plantea una cuestión desafiante: ¿qué ocurre cuando las personas dejan de experimentar hambre? Por años, el sistema económico occidental dependió de incentivar el deseo a través de la publicidad, la dopamina, el azúcar o la conveniencia. El crecimiento del PBI está ligado al aumento de la demanda, que a su vez requiere un apetito insatisfecho. Sin embargo, ahora existe una molécula -el agonista- capaz de alterar nuestro circuito cerebral de recompensa. Esta transformación no resulta de campañas sanitarias, impuestos al azúcar o advertencias con octógonos en los envases de galletas; es una intervención bioquímica que alcanza lo que ninguna política pública habría siquiera imaginado.
Es innegable el impacto positivo de estos medicamentos en la salud pública. En Estados Unidos, los índices de obesidad han disminuido por primera vez en décadas, lo que también ha reducido los riesgos de enfermedades cardiovasculares y diabetes. No obstante, muchas personas dependen únicamente de una inyección para cuidar su salud y, cuando suspenden el tratamiento, lo cual ocurre en un tercio de los casos durante el primer año, pueden experimentar un efecto rebote aún más severo. Por otro lado, la menor ingesta de alimentos no siempre se acompaña con la adopción de ejercicio físico o hábitos saludables sostenidos.
Este tema plantea un debate ético y cultural relevante: ¿queremos una sociedad que regula farmacológicamente el deseo humano? Cabe destacar que la economía ha estado siempre vinculada a la gestión del deseo; la producción surge como resultado de este impulso. Actualmente, se está experimentando con la reducción del deseo, lo que representa un proceso que puede tener consecuencias tanto positivas como negativas. Por una parte, podría aliviar la presión sobre los sistemas nacionales de salud y los recursos planetarios; por otra, podría suponer riesgos para millones de empleos en diversas industrias y afectar el crecimiento basado en la expansión constante.
En el Perú, esta transformación adquiere una relevancia particular y urgente. Nuestro país enfrenta una de las tasas más altas de sobrepeso y obesidad en la región (más del 60% de adultos con exceso de peso, según datos recientes del INEI). El consumo de bebidas azucaradas y ultraprocesados es masivo. Si la adopción sigue la curva latinoamericana, veremos pronto caídas en la demanda de snacks, gaseosas y comida rápida -sectores que representan una parte importante del gasto familiar y del empleo informal. Al mismo tiempo, la estabilidad en la compra de frutas y verduras frescas podría ser una oportunidad para nuestros agricultores y agroexportadores: más demanda interna de productos locales nutritivos y menos dependencia de importaciones procesadas. No se trata de celebrar o demonizar una molécula. Se trata de reconocer que estamos ante un punto de inflexión histórico: la tecnología está modificando desde dentro lo que somos como consumidores y como sociedad.
La pregunta ya no es si estos fármacos cambiarán la demanda de alimentos. Es si estamos preparados para el mundo que crean: uno con menos hambre compulsivo, pero también con menos rituales compartidos alrededor de la mesa, menos empleos en ciertas industrias y, quizás, menos crecimiento económico tal como lo entendemos hasta ahora. Cuando se apaga el hambre, no solo cambia la cuenta del supermercado sino también cambia la economía, la cultura y, en el fondo, la forma en que nos relacionamos con el placer y con nosotros mismos. El Perú, como el resto del mundo, tendrá que decidir si esta revolución química nos hará más sanos… o simplemente más dependientes de una inyección para cambiar nuestro estilo de vida.
(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia
(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República




