23 de mayo de 2026

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Por: Luis De Stefano Beltrán, PhD (*) y Ernesto Bustamante, PhD (**) / Política tribal

Luis De Stefano Beltrán, PhD (*) y Ernesto Bustamante, PhD (**)

Cuando Charles Darwin publicó “El origen de las especies” en 1859, no solo transformó la biología, sino que situó la teoría de la evolución en el centro del debate intelectual de su tiempo. Las preguntas surgieron de inmediato: ¿tenemos un origen divino o animal? ¿La moral proviene de un mandato celestial o de la selección natural? ¿Debe el Estado proteger a los más débiles o dejar que sobreviva el más apto? Darwin cambió para siempre nuestra manera de entender el lugar del ser humano en el universo. Sin embargo, durante décadas quedó abierta una gran incógnita: ¿cómo evolucionó la humanidad en los últimos miles de años?

Durante mucho tiempo, la mayoría de los biólogos evolutivos sostuvo que la evolución humana se había detenido hace decenas de miles de años. El paleontólogo S.J. Gould, por ejemplo, afirmaba que la cultura y la civilización se habían construido con el mismo cuerpo y cerebro de hace 40,000 o 50,000 años. Quienes cuestionaban esa idea solían ser acusados de racismo. Existía el temor de que estudiar la evolución reciente revelara conclusiones incómodas.

Un estudio de Akbari et al., publicado en abril de 2026 en Nature, desacredita esa idea. Los autores analizaron 15,836 genomas antiguos de Eurasia occidental y concluyeron que, desde el inicio de la agricultura hace unos 10,000 años hasta tiempos históricos recientes, la selección natural siguió actuando de forma intensa y sostenida. No solo afectó rasgos visibles, como el color de la piel o la capacidad para digerir ciertos alimentos, sino también procesos más profundos, como la respuesta inmune, el metabolismo y, probablemente, algunos rasgos complejos vinculados con la cooperación y la vida social. Entre otras tendencias detectadas figuran una menor predisposición genética a mayor grasa corporal y a la esquizofrenia, así como un aumento en indicadores asociados al rendimiento cognitivo.

En términos simples, nuestros antepasados no se volvieron “modernos” de un día para otro. La evolución siguió moldeando a las poblaciones de Eurasia occidental mucho después de la aparición de la rueda y de las ciudades. Además, lo hizo de manera sostenida: algunos rasgos fueron favorecidos una y otra vez porque ofrecían ventajas de supervivencia o reproducción en entornos transformados por la agricultura, las epidemias y el aumento de la densidad poblacional.

Nicholas Wade, en “The Origin of Politics” (2025), plantea una tesis audaz: la política moderna funciona al margen de un sistema mucho más antiguo de reglas sociales, que fuera moldeado por la evolución durante cientos de miles de años e inscrito en nuestro cerebro y nuestros genes. Ese sistema se apoya en la familia, el clan y la tribu: la lealtad a los parientes, la competencia entre grupos y las coaliciones que buscan poder para defender al “nosotros” frente al “ellos”. Según Wade, las sociedades modernas más exitosas, especialmente las occidentales, lograron contener en parte ese instinto tribal. Sustituyeron la poligamia por la monogamia, debilitaron los lazos de sangre mediante instituciones impersonales -como leyes, tribunales y una burocracia neutral- y formaron Estados-nación en los que la lealtad y la confianza se extienden más allá del clan.

Ese proceso no fue solo cultural; según Wade, también tuvo una dimensión biológica. A lo largo de milenios, la selección natural habría favorecido rasgos que hacen posible la cooperación a gran escala: mayor confianza en extraños, menor impulsividad violenta y una moral menos tolerante con el nepotismo. En ese sentido, el artículo de Nature refuerza esa tesis con evidencia reciente. Su hallazgo central es que la evolución humana reciente no fue neutral, sino que actuó sobre genes vinculados con la interacción social, la defensa frente a enfermedades, la capacidad cognitiva y la gestión de recursos en sociedades complejas.

El estudio identifica cientos de cambios genéticos, pero no permite determinar con precisión cuánto de esa evolución se tradujo en diferencias reales de comportamiento entre poblaciones. La política, la cultura, la historia colonial, la economía y las instituciones siguen influyendo de manera decisiva en el destino de las naciones. Reducirlo todo a los genes sería tan simplista como negarlos por completo. Aun así, las ideas centrales de Wade siguen siendo relevantes: ignorar la naturaleza humana evolucionada al diseñar sistemas políticos es una receta para el fracaso. Las ideologías que intentan borrar la familia, la competencia o los instintos tribales chocan con límites biológicos. Y las sociedades que consiguen contener el tribalismo -sin eliminarlo por completo- suelen construir democracias más estables.

Aquí surge una pregunta incómoda, pero legítima: ¿puede esto explicar, al menos en parte, la persistente inestabilidad democrática y política de muchos países hispanoamericanos? Es una hipótesis especulativa, pero vale la pena considerarla. Hispanoamérica heredó una composición genética y cultural compleja, resultado de la convergencia entre poblaciones indígenas, europeas y, en algunos casos, africanas. Si Wade tiene razón y el paso de la tribu al Estado impersonal exigió siglos de selección natural y evolución cultural en Eurasia occidental, cabe preguntarse si en Hispanoamérica esa transición fue más reciente o quedó quizá incompleta. Tal vez por eso los lazos de parentesco, el clientelismo y la lealtad al caudillo o líder carismático -más que a las instituciones- sigan teniendo mayor fuerza, porque la historia y la evolución no proporcionaron el mismo largo aprendizaje institucional que tuvieron los europeos.

Quizá las instituciones importadas de Europa o de Estados Unidos funcionen mejor cuando encuentran una base biológica y cultural que las respalde. Cuando se enfrentan a patrones tribales más arraigados, la democracia tiende a debilitarse, mientras se vuelven más frecuentes los golpes de Estado y la corrupción endémica. La evolución nos dio una naturaleza flexible, pero no ilimitadamente maleable. Comprenderla -como sugieren tanto el estudio en Nature como el libro de Wade- no es racismo científico; puede ser la base para diseñar instituciones mejores, políticas más realistas y, quizás, sociedades más estables. Ignorarla, en cambio, es seguir tropezando con una realidad que la biología humana arrastra desde hace decenas de miles de años.

(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia

(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República

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