Hace unos días, mientras comentábamos los magros resultados de la segunda reforma agraria, Luis relató su viaje del verano de 2004 al lejano oeste. Lo que empezó como un recuerdo personal se transformó, casi sin darnos cuenta, en una reflexión a cuatro manos sobre por qué el Perú sigue atrapado en productividades de hace décadas.
Luis había llegado un año antes al Northern Crop Science Laboratory del USDA en Fargo, North Dakota, para investigar la base molecular de la dormancia de la papa. Fargo, construida sobre el lecho del antiguo lago glaciar Agassiz, tiene inviernos más fríos que Moscú. Pero de sus veranos nadie le había advertido a Luis: días de más de 30 grados que le recordaban sus días en Baton Rouge, pero con atardeceres frescos y mañanas frías. Fue un viaje al verdadero lejano oeste. Los casi 900 kilómetros hasta la Torre del Diablo, en Wyoming, se vieron interrumpidos más de una vez por bisontes salvajes descansando en medio de la carretera. Su tamaño imponía respeto; no tocaba el claxon. Esperaba. Gracias a las políticas de conservación, su población ha pasado de apenas mil ejemplares en 1910 a varios cientos de miles en la actualidad (incluyendo hatos comerciales).
El último día del viaje de regreso a Fargo había comenzado muy temprano en Rapid City. Atrás quedaban los caminos angostos y la belleza exuberante de las Colinas Negras, los fantasmas de Wyatt Earp, Calamity Jane y Wild Bill Hickok jugando cartas en Deadwood, la inmensidad del Monumento a Caballo Loco aún no terminado y la eterna serenidad del monumento a los presidentes George Washington, Thomas Jefferson, Abraham Lincoln y Theodore Roosevelt en el Monte Rushmore.
Sin haberlo planeado, llegó a De Smet, un pueblito de 1100 habitantes en Dakota del Sur. Visitó la Casa Museo de los Ingalls. Charles “Pa” Ingalls la construyó en 1887; la familia la ocupó hasta 1928. Le había tomado casi veinte años llegar a su tierra prometida. Charles Phillip Ingalls era un hombre inquieto que gustaba viajar, pero fueron la sequía y las plagas las que lo empujaron a moverse continuamente por Wisconsin, Missouri, Kansas, Minnesota e Iowa antes de establecerse de manera definitiva en De Smet. Recordó entonces las palabras de su hija Laura Ingalls Wilder: “…fueron los agricultores los que tomaron toda esa tierra y la convirtieron en América… cruzaron las montañas, limpiaron la tierra, la colonizaron, la cultivaron y se aferraron a sus tierras”.
Coincidimos en que solo quien vive en la ciudad puede idealizar la vida del agricultor. Desde la conveniencia de un supermercado es muy fácil romantizar el campo, imaginar paisajes idílicos y olvidar que detrás de cada buena o mala cosecha hay una lucha constante contra la naturaleza: sequías, heladas, lluvias torrenciales y plagas que no perdonan. Esa lucha diaria, la misma que empujó a Charles Ingalls de un estado a otro durante casi veinte años, nos debe recordar que no hay sociedad sólida ni mesa servida sin un profundo respeto por quien produce los alimentos nuestros de cada día.
Aquellos recuerdos nos animaron de inmediato a revisar los rendimientos del maíz y de la papa en Estados Unidos cuando los Ingalls llegaron a De Smet. Según el Crop Production Historical Track Records del USDA, en 1880 el promedio de maíz era de 1,7 t/ha y el de papa de 6,4 t/ha. Es increíble que en algunos lugares del Perú aún tengamos rendimientos muy parecidos a los de 1880 en Estados Unidos. Nuestra curiosidad fue un paso más allá y decidimos averiguar cuándo los agricultores estadounidenses alcanzaron nuestros actuales rendimientos promedio de maíz y papa. El mismo documento indica que llegaron a las 4 t/ha de maíz en 1961 y a las 20,6 t/ha de papa en 1958. Estamos atrasados 65 años en maíz y 68 años en papa. Los rendimientos actuales (2025) en Estados Unidos (11,71 t/ha de maíz y 51,67 t/ha de papa) terminan de darle la razón a Don Quijote: “porque toda comparación es odiosa, y así, no hay para qué comparar a ninguno con ninguno”.
Si las metas de cualquier política agraria son un país mejor alimentado, a menor costo para el consumidor y, al mismo tiempo, con agricultores prósperos, ¿por qué la segunda reforma agraria -anunciada con bombos y platillos en 2021- nunca puso el énfasis en elevar las productividades como política de Estado? No hubo cifras en blanco y negro: “en cinco años subiremos el rendimiento de X en 10 % y el de Y en 15 %”. ¿Miedo? ¿Pereza? ¿O simple aversión a enfrentar lo que realmente funciona? El cambio climático, la renuencia a invertir en investigación y desarrollo y, sobre todo, la aversión a las nuevas tecnologías son pecados que el país termina pagando caro.
Hablar de biotecnología moderna, de variedades mejoradas, de herramientas moleculares o de organismos genéticamente modificados sigue generando rechazo ideológico en ciertos círculos, a pesar de la evidencia acumulada de su seguridad y de su potencial para aumentar rendimientos, reducir el uso de agroquímicos y mejorar la resiliencia frente a plagas y sequías. Mientras otros países de la región avanzan, nosotros preferimos quedarnos mirando el espejo retrovisor. Supongamos que la comparación con Estados Unidos resulta odiosa. Comparemos entonces solo con vecinos. El resultado es el mismo: estamos rezagados en casi todos los cultivos de pan llevar. ¿Qué estamos haciendo mal? Si esta segunda reforma agraria no resuelve de una vez el problema de nuestros bajos rendimientos, habrá fracasado. El hambre siempre está a la vuelta de la esquina, escondida entre las plagas y agazapada en nuestras tradiciones.
El gobierno de Keiko Fujimori, que asume en pocos días, tiene una oportunidad histórica: cambiar de raíz la forma en que el Ministerio de Desarrollo Agrario ha venido trabajando durante los últimos veinte años. Dejar atrás la inercia burocrática, las metas difusas y el temor y aversión a la verdadera innovación tecnológica, y poner en el centro de la política agraria el aumento medible y sostenido de la productividad, la inversión seria en I+D y la adopción responsable de las mejores tecnologías disponibles. Atrevámonos a decirlo sin eufemismos ni ambages: tenemos que cambiar. No podemos seguir haciendo lo mismo.
(*) Biólogo molecular de plantas y profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia.
(**) Biólogo molecular y excongresista de la República



