4 de octubre de 2026

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Lima: Cargando...

Por Luis De Stefano Beltrán y Ernesto Bustamante / La oicofobia y el espejo que no queremos mirar

Luis de Stefano - Ernesto Bustamante

Luis De Stefano Beltrán (*) y Ernesto Bustamante (**)

El filósofo británico Roger Scruton dio sentido político a la “oicofobia” —aversión hacia el propio hogar, herencia y cultura nacional—, una actitud que guarda afinidad con lo que George Orwell había descrito en 1945 como “nacionalismo negativo” o “nacionalismo transferido”. El término no circula mucho en Hispanoamérica, pero sí el fenómeno que describe.

Uno de sus síntomas es la escasez de pensamiento endógeno con ambición de alcanzar alguna presencia en el mundo. Hubo intentos serios. El pensamiento estructuralista latinoamericano, desarrollado en torno a la CEPAL, reordenó durante décadas el debate mundial sobre desarrollo y contribuyó luego al surgimiento de la teoría de la dependencia. José Carlos Mariátegui ensayó un marxismo que no trataba la cuestión indígena como simple nota al pie europea. Lo habitual, en cambio, es importar el marco —postestructuralismo y deconstrucción francesa, estudios culturales anglosajones, los feminismos de la diferencia, las políticas de identidad, teoría queer, giros decoloniales ya canonizados en el Norte— y en él encajar los casos peruano, mexicano, colombiano o chileno. El prestigio académico suele depender entonces más de citar correctamente el canon atlántico —teorías que, como advirtió Edward Said, cambian al viajar de un contexto a otro— que de discutir con la tradición ensayística local en sus propios términos. Si la casa propia se lee ante todo como carencia (de nación integrada, de igualdad, de instituciones sólidas) o como complicidad (manchada de origen), hay poco incentivo para reconstruirla.

Más reveladora aún es la asimetría con la que se usan esos lentes importados. Los mismos rasgos que aquí se presentan como legado colonial singular o como racismo estructural excepcional aparecen, una y otra vez, en la formación de los Estados europeos, y allí se leen, con naturalidad, como parte de su pasado. En Francia, “monter à Paris” no era solo una frase de geografía: condensaba la idea de que la capital estaba moral y culturalmente más arriba. La Tercera República trató las lenguas regionales —bretón, occitano, vasco, alsaciano— como obstáculos a la construcción de la nación; el campesino fue en la literatura sinónimo de atraso, durante generaciones. En Bélgica, hasta bien entrado el siglo XX, el idioma francés dominó los tribunales y buena parte de la burguesía flamenca. En 1860, dos obreros flamencos, Coucke y Goethals, fueron juzgados en francés pese a sus limitaciones lingüísticas —especialmente graves en el caso de Coucke— y ejecutados; el proceso se convirtió después en un símbolo del conflicto lingüístico belga.

En España, distintas políticas centralizadoras favorecieron durante largos períodos el castellano frente al catalán, el gallego y el vasco, con una represión particularmente intensa durante el franquismo. La expresión “habla en cristiano” tenía una carga ideológica. En el Reino Unido la subordinación del gaélico y el galés, y el desprecio inglés por el “celta” o por el irlandés rural, forman parte de la historia. En Italia el abismo norte-sur y la imagen de un Mezzogiorno atrasado sobrevivieron a la unificación. En Alemania, la Prusia del siglo XIX impuso una germanización forzada a sus súbditos polacos. En casi todos estos casos hubo élites locales que adoptaron la lengua y los modales del centro para ascender, y hubo desprecio urbano o de capital por el hombre del campo.

Sin embargo, cuando patrones análogos se observan en Lima, Ciudad de México, Bogotá o Santiago —desprecio capitalino por el serrano o el provinciano, castellanización, élites que se distancian culturalmente de la mayoría—, en buena parte del debate público e intelectual hispanoamericano la explicación salta con rapidez a la conquista y a la colonialidad. El paralelo europeo ocupa comparativamente poco espacio en ese debate.

No son procesos idénticos: la escala de las poblaciones indígenas sobrevivientes y la racialización heredada del orden colonial dan al caso hispanoamericano un color distinto. Pero la mecánica de centro que absorbe o desprecia periferia, de lengua de prestigio que desplaza a las otras, y de élite que se separa del mundo rural, es recurrente en la construcción de Estados modernos. Tratarla como una evolución por la que Europa ya pasó y en la que Hispanoamérica aún permanece atascada es una hipótesis histórica discutible. Tratarla como prueba de una falla moral única del continente ya no es una hipótesis: es un prejuicio.

Esa selectividad impide el análisis simétrico. Un instrumental que se reserva sobre todo para las sociedades propias, y que se suspende o se suaviza cuando el objeto es París, Bruselas o Madrid, deja de ser crítica y se convierte en hábito. Y un pensamiento que no somete a Europa a las mismas preguntas que formula sobre el Perú o México difícilmente producirá categorías que otros quieran leer.

La última ironía es que Europa, nuestro espejo habitual, atraviesa hoy intensos debates sobre su propia herencia. Las controversias sobre estatuas, currículos históricos o restitución de bienes coloniales muestran una relación cada vez más conflictiva con determinados aspectos del pasado. Scruton habría reconocido en algunas de esas actitudes el patrón que llamó oicofobia: obtener prestigio moral mediante el repudio de la herencia propia. Sus críticos responderían que revisar esa herencia no equivale a repudiarla.

Precisamente esa disputa debería resultar familiar en Hispanoamérica. Que parte de nuestra intelectualidad importe como novedad crítica categorías producidas en esos mismos debates cierra el círculo. Mirar ese espejo con la misma exigencia que aplicamos al continente propio sería, por una vez, un ejercicio de pensamiento propio.

(*) Biólogo molecular de plantas y profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia.

(**) Biólogo molecular y excongresista de la República.

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