24 de junio de 2026

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Lima: Cargando...

Por Luis De Stefano Beltrán y Ernesto Bustamante / Lecciones de la naturaleza humana

Luis de Stefano - Ernesto Bustamante

Un artículo reciente publicado en el portal Human Progress, nos recuerda que el progreso no surge de ideales utópicos, sino de una comprensión realista de la naturaleza humana: una mezcla de instintos cooperativos y competitivos, prosociales y antisociales, moldeados tanto por la biología del Homo sapiens como por su entorno. Ignorar esta dualidad, como argumenta el texto, ha llevado al fracaso de experimentos sociales que pretenden reinventar al ser humano, desde comunas utópicas hasta economías planificadas. En los últimos tres siglos, varias revoluciones, desde la francesa (1789-1799), pasando por la rusa (1917-1981), china (1949) y cubana (1959), hasta la revolución de los Jemeres Rojos (1974-1979) han intentado no solo transformar las estructuras sociales y económicas, sino también reinventar al ser humano para fundar una ‘nueva sociedad’. Este concepto del ‘nuevo hombre’ a menudo implicaba la erradicación de rasgos burgueses, religiosos o individuales en favor de un ideal colectivista.

Por otro lado, el progreso hacia el éxito es una continua negociación entre aspiraciones ideales y la inmutabilidad de la naturaleza humana. Los avances duraderos vienen de diseñar sistemas que guíen los instintos humanos de manera constructiva, en la creación de instituciones que canalicen esos impulsos innatos hacia la creatividad, cooperación, innovación y el beneficio mutuo; como los mercados que transforman el interés propio en una prosperidad compartida. Como nos recuerda Thomas Sowell en su Conflicto de Visiones: «No hay soluciones, solo trade-offs». 

Debe mencionarse que estas ideas no son novedosas. Las encontramos en obras desde “El Leviatán” (Thomas Hobbes) hasta “La Tabla Rasa” (Steven Pinker) pasando por “La Riqueza de las Naciones” (Adam Smith), «Reflexiones sobre la Revolución en Francia» (Edmund Burke), “El Camino de la Servidumbre” (Friedrich Hayek) y “La Mente de los Justos” (Jonathan Haidt). Estos pensadores, desde clásicos hasta modernos, comparten un escepticismo común hacia los ideales utópicos que subestiman la biología humana, favoreciendo, en cambio, aquellos enfoques pragmáticos que la incorporen. 

Aplicado a la realidad peruana, este enfoque explica tanto nuestros logros como nuestros tropiezos. En las últimas dos décadas, el Perú ha experimentado un notable progreso humano, impulsado por reformas que, en gran medida, se alinearon con la naturaleza humana en lugar de combatirla. Por ejemplo, la apertura económica y las políticas de mercado libre implementadas desde los años 1990 fomentaron el crecimiento del PBI, que pasó de 28 mil millones en 1990 a casi 300 mil millones USD en 2024, según datos del Banco Mundial. Esto se tradujo en una reducción drástica de la pobreza: el porcentaje de peruanos viviendo con menos de 3 dólares al día (ajustado por PPP) cayó de niveles superiores al 25.5% en la década de 2000 a solo el 5.1% en 2024. La esperanza de vida al nacer, un indicador clave de bienestar, aumentó de 63 años en 1990 a 78 años en 2024, reflejando mejoras en salud pública y acceso a servicios básicos. En educación, el gasto público como porcentaje del PBI se mantiene en torno al 4.6%, contribuyendo a tasas de alfabetización que superan el 95% para la población mayor de 15 años. 

Estos avances no fueron producto de una ‘ingeniería social’ que niega el afán de superación individual, sino de mecanismos que incentivaron la iniciativa privada y la competencia, alineándose con el instinto humano de buscar el propio interés para generar riqueza colectiva. Sin embargo, el progreso puede generar sus propios demonios si no se considera la falibilidad humana, como la tendencia al abuso de poder o la corrupción. En el Perú, esto es evidente en la actual crisis política que ha derivado en siete presidentes desde 2016, escándalos de corrupción que involucran a exmandatarios y un Congreso percibido como ineficaz. Una encuesta reciente revela que el 52% de los peruanos considera la corrupción como el principal problema del país, exacerbando la desigualdad y la inseguridad. 

El crimen organizado ha proliferado en este vacío institucional, con un aumento en la delincuencia común que ha llevado a emigraciones masivas, principalmente de jóvenes, y a una erosión de la legitimidad estatal. Aquí, el fracaso radica en instituciones débiles que no logran contener los impulsos antisociales -como el afán de poder y el tribalismo- que son inherentes al ser humano. En lugar de ‘checks & balances’ prevalentes en las democracias maduras, el Perú sufre un ciclo de populismo y clientelismo que ignora estas realidades, resultando en protestas violentas y un estancamiento económico post pandemia.

Para retomar el camino al progreso, el Perú debe diseñar sistemas que negocien ‘trade-offs’ entre aspiraciones ideales y la naturaleza humana inmutable. Esto implica reformas institucionales que fortalezcan el Estado de derecho: como una justicia independiente para combatir la corrupción y políticas económicas que fomenten la innovación sin negar el rol del mercado. Se deben evitar los errores de visiones que culpan solo a la sociedad por nuestros males, ignorando que rasgos humanos como la agresividad o el egoísmo requieren canales constructivos, no su erradicación. Solo así, en un contexto de estabilidad política -crucial de cara a las elecciones de 2026- podremos sostener el progreso humano y evitar que la abundancia derive en letargo o adicción social.

Debemos ver al peruano no como un lienzo en blanco, sino como un ser complejo cuya biología y psicología deben ser tomadas en cuenta al momento de diseñar políticas públicas exitosas. Si lo hacemos, el Perú no solo superará su crisis actual, sino que puede hacer posible una suerte de ‘destino manifiesto’ constructivo que fomente un sentido de propósito compartido, inspirando a los peruanos a superar nuestros desafíos internos y a expandir nuestra influencia económica y cultural en la región.

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