Mi padre no quería que pasara las tardes sin rumbo en las calles de Breña. Por eso me encaminó al karate. Yo creía que aprendería a defenderme. No imaginaba que allí empezaría a aprender algo más difícil: a gobernarme.
Mi maestro, el japonés Yasutaka Tanaka, nos hacía repetir golpes, bloqueos y movimientos hasta el cansancio. Pero su enseñanza más importante no estaba en los puños. Nos decía: «Les voy a enseñar a pelear para que no tengan que pelear».
Al principio parece una contradicción. ¿Para qué entrenar el combate si el objetivo es evitarlo? Con los años comprendí que la fuerza sin dominio propio puede convertirse en una amenaza, incluso para quien la posee.
En el dojo aprendíamos un código sencillo: disciplina, respeto, cortesía, perseverancia y autocontrol. No bastaba con ejecutar bien una técnica. Había que aprender a contener la ira, aceptar una corrección y volver a empezar cuando algo no salía.
Fuera del dojo, las pruebas son distintas. Un insulto que invita a responder. Una frustración que empuja a abandonar. Una discusión en casa donde queremos tener la última palabra. Allí también se entrena el carácter.
Hoy te propongo un ejercicio: la próxima vez que sientas el impulso de reaccionar, espera unos segundos. Pregúntate: ¿quiero ganar la discusión o gobernar mi respuesta?
Porque hay victorias que nadie aplaude: las que alcanzamos cuando podríamos perder el control y decidimos no hacerlo.
(*) Doctor en Educación y en Administración, exrector universitario, autor y conferencista en liderazgo y desarrollo humano. Doctorando en Psicología (UPCH).
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