1 de mayo de 2026

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Por: Luis Saavedra Contreras / Estados Unidos y China disputan influencia en el Perú

Estados Unidos y China disputan influencia en el Perú

La confrontación entre el embajador estadounidense Bernie Navarro y el diplomático chino Zhu Jingyang no es un simple cruce de mensajes en redes sociales, sino la expresión de una disputa estratégica de fondo: la influencia geopolítica en el Perú. Todo se activa cuando Navarro advierte: “Si negocian de mala fe con Estados Unidos […] utilizaré todas las herramientas disponibles para proteger la seguridad de nuestro país y la región”. El mensaje responde a una regla básica del sistema internacional: la credibilidad de los Estados depende de la coherencia entre lo que negocian y lo que cumplen.

Sin embargo, lo más revelador no es esa advertencia, sino la reacción del embajador chino, quien aparece recién después de que el Perú concreta la compra del F-16 Block 70. No durante las negociaciones, no en la fase técnica, no en el proceso institucional, sino cuando la decisión ya está tomada. La pregunta es inevitable: ¿principio diplomático constante o reacción ante un resultado que NO favorece sus intereses? Su respuesta califica el mensaje estadounidense como “coercitivo directo, puro y crudo”, pero ese argumento se derrumba por su propia debilidad conceptual: confunde exigir cumplimiento con ejercer coerción. En diplomacia, la coerción implica imponer; exigir coherencia es simplemente defender la seriedad de los compromisos. Si se va a hablar de coerción, el análisis no puede evitar mirar hacia dentro de China. En regiones como Xinjiang existen denuncias internacionales sobre vigilancia masiva, centros de internamiento y restricciones severas a minorías Uigures. Ese es un ejemplo de coerción estructural real, no retórica. A ello se suman cuestionamientos sobre abusos laborales y control social, e incluso existe la coerción religiosa, lo que debilita seriamente cualquier intento de presentarse como defensor global de la “libre elección”.

El intercambio escala cuando Navarro lanza la metáfora: “Abuelito chino… ¡qué dientes tan grandes tienes!”. No es una burla infantil, sino una imagen clásica del poder que aparenta moderación mientras oculta capacidad de presión. La réplica de Zhu intenta girar el debate: “¿No te estás mirando al espejo? Gritas ‘libre elección’ pero agitas el garrote de las sanciones…”. Sin embargo, el punto central permanece: la soberanía no es solo elegir, sino sostener decisiones. Y ahí aparece la contradicción estructural. China habla de “libre elección”, pero su sistema político está altamente centralizado donde el único que elige es Xi Jinping, bajo un esquema de partido único. Donde No operan en los términos democráticos que ese mismo discurso pretende universalizar.

La inconsistencia se vuelve aún más evidente cuando el diplomático afirma: “China siempre apuesta por el respeto mutuo y la igualdad”. La frase resulta impecable en el plano discursivo, pero colisiona con hechos históricos y contemporáneos difíciles de soslayar. La Masacre de la Plaza de Tiananmén (1989) permanece como un símbolo de represión política cuya dimensión completa no ha sido esclarecida de manera oficial; diversas estimaciones señalan la muerte de miles de manifestantes a manos del ejército chino. Si “China siempre apuesta por el respeto mutuo y la igualdad”, surge una pregunta inevitable: ¿ese respeto también alcanzó a los ciudadanos que se manifestaban pacíficamente durante la Masacre de la Plaza de Tiananmén, o ese principio aplica solo cuando conviene en el discurso internacional?

Cuando el embajador chino afirma que la cooperación con Perú es “limpia, abierta y mutuamente beneficiosa”, el análisis geopolítico exige ir más allá de la retórica. ¿Está cooperando el puerto chino de COSCO Shipping sometiéndose a ser inspeccionado por OSITRAN? La empresa china Shougang en Marcona, ¿está cooperando con el Perú o hay violaciones y maltratos a los trabajadores peruanos?. La verdadera cooperación se mide en transparencia, estándares verificables y simetría real. Si estos elementos no están garantizados, la “cooperación” se convierte en narrativa.

El trasfondo es claro: la adquisición del F-16 Block 70 no es una compra más, sino una decisión estratégica de alineamiento, interoperabilidad y disuasión. Es un proceso construido durante años entre Perú y Estados Unidos, basado en evaluaciones técnicas y compromisos institucionales. Aquí no caben improvisaciones ni interferencias externas. En diplomacia, eso no es liderazgo: es interferencia. Y en un tema de defensa, donde la credibilidad lo es todo, ese tipo de conducta no solo sobra. ¡El Perú ya decidió!

(*) Ingeniero Ambiental, Máster en Ingeniería Ambiental de la Empresa, Universidad Ramon Llull, Barcelona, España. Maestro en Inteligencia Estratégica del CAEN, graduado en el 1.er puesto de la VI Maestría en Inteligencia Estratégica. Lima, Perú

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