3 de junio de 2026

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Por: María Angela Figueroa / Europa ante la pobreza visible: cuando el abandono se vuelve rutina

Maria Angela Figueroa

Para muchos latinoamericanos, Europa todavía es una promesa de orden, bienestar y ausencia de pobreza. Sin embargo, esa imagen idealizada se quiebra al ver que el abandono también forma parte del paisaje europeo. En muchas ciudades, el deterioro social ya no es una excepción. Las personas sin hogar, el consumo de drogas a plena luz del día, la suciedad y los espacios públicos descuidados forman parte de la vida diaria. Se ven, se esquivan y, poco a poco, se terminan aceptando.

Para quienes venimos de países como Perú, esta escena resulta familiar e incómoda. América Latina conoce bien lo que ocurre cuando una sociedad se acostumbra a la precariedad: la miseria deja de causar escándalo y, con el tiempo, también deja de generar presión para cambiar las cosas.

En ciudades como Colonia o Fráncfort, el problema no alcanza la misma dimensión que en América Latina. No se trata de comparar realidades como si fueran iguales. Pero sí existe una dinámica común: la lenta adaptación a situaciones que antes habrían parecido inaceptables. Las estaciones, las plazas y las calles muestran signos visibles de abandono, y la reacción pública parece cada vez más débil.

El problema no son las personas que viven en la calle, el problema es una sociedad que ha aprendido a considerar su abandono como algo normal en el entorno. Es alarmante que alguien pueda estar tirado en la calle y que los transeúntes sigan caminando sin saber, ni siquiera querer saber, si está ebrio, inconsciente o en peligro.

 

El escándalo perdido

En Colonia, esta realidad se observa con especial claridad en Neumarkt, una de las plazas más céntricas y transitadas de la ciudad. Allí, miles de personas pasan cada día junto a escenas de exclusión, adicción y abandono. Algunos miran, otros bajan la vista y la mayoría sigue caminando. La incomodidad existe, pero rara vez se transforma en presión política.

En Alemania, esta impresión ya tiene datos que la respaldan. Según los últimos datos de la Bundesarbeitsgemeinschaft Wohnungslosenhilfe, la organización federal que agrupa a entidades dedicadas a la atención de personas sin vivienda, más de 1,02 millones de personas en Alemania no tienen una vivienda en alquiler y alrededor de 56 000 viven directamente en la calle. Pero el problema no es solo la vivienda. Se trata de la facilidad con la que una sociedad próspera puede ver el abandono en estaciones, plazas y aceras sin considerarlo un problema público urgente.

Aquí surge un conflicto importante. Señalar el deterioro del espacio público puede interpretarse como una falta de sensibilidad hacia las personas sin hogar o con problemas de adicción. Sin embargo, evitar el tema no hace que el problema desaparezca. La cuestión de fondo es por qué estas escenas empiezan a aceptarse como algo normal en la vida urbana.

El riesgo del debate actual es confundir sensibilidad con permisividad. Toda crítica al deterioro puede ser interpretada como una muestra de dureza o clasismo, cuando también puede expresar una demanda legítima: que el espacio público sea seguro, digno y habitable para todos.

 

Cuando la prevención no basta

Defender la dignidad de las personas vulnerables no debería implicar aceptar el abandono como algo normal en la ciudad. Una respuesta seria y eficaz implicaría abordar cuestiones relacionadas con la vivienda, la salud pública, la seguridad, la rehabilitación y la gestión del espacio urbano. Sin embargo, antes de discutir modelos o medir cuál tiene mayor aceptación social, es necesario reconocer que el problema sigue siendo urgente.

La prevención suele ocupar un lugar cómodo en el discurso público, ya que genera simpatía, evita conflictos y suena razonable. No obstante, cuando el consumo de drogas, la adicción avanzada y el deterioro del espacio público ya están instalados, la prevención no puede ser la parte central de la respuesta. Sirve para evitar nuevos casos, pero no puede resolver por sí sola una crisis que ya está ocurriendo.

Esta resignación perjudica tanto a las personas que viven en situación de adicción como al resto de ciudadanos que comparten el mismo espacio. En casos de adicciones graves, como el consumo de crack en espacios públicos, también son necesarias respuestas inmediatas, visibles y eficaces. No se trata de criminalizar la marginalidad, sino de impedir que el deterioro se convierta en algo aceptado en la vida urbana.

El caso de Fráncfort muestra esta tensión con claridad. En los alrededores de su estación central, el consumo visible de crack ha puesto en jaque el modelo urbano de gestión de drogas. La llamada «vía Fráncfort», que en décadas anteriores combinó control del tráfico, salas de consumo supervisado y reducción de daños frente a la heroína, hoy parece insuficiente ante sustancias con dinámicas distintas.

Esto demuestra que el deterioro urbano no se soluciona solo con más presencia policial ni con tolerancia pasiva. Es necesario adaptar las políticas públicas a las nuevas formas de adicción, exclusión y conflicto urbano.

 

La mirada latinoamericana

Desde América Latina, esta situación se observa con una mezcla de reconocimiento y alarma. En países como Perú, la precariedad es más evidente. En Europa, en cambio, la riqueza relativa puede hacer que el deterioro sea más fácil de gestionar: la miseria no desaparece, pero se contiene, se ordena y se integra en la vida urbana.

La experiencia peruana permite ampliar esta reflexión. Una sociedad no solo puede acostumbrarse a la pobreza visible. También puede acostumbrarse al deterioro institucional. La inestabilidad política, la impunidad y la pérdida gradual de derechos pueden acabar formando parte de la rutina, al igual que la miseria en el espacio público.

En ambos casos, el peligro no radica solo en el deterioro. El peligro radica en la capacidad colectiva de adaptarse a él. Una sociedad que deja de indignarse ante la miseria no se vuelve más madura. Se vuelve más indiferente.

 

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