2 de mayo de 2026

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Por: Miguel Ángel Trinidad / El maestro que fue soldado, memoria viva de Malvinas

La guerra de Malvinas no puede ser reducida a simplificaciones fáciles. No fue ni la apoteosis nacional que algunos quisieron ver, ni la aventura demencial que otros denunciaron. Fue una gesta, un hecho de trascendencia histórica que marcó un antes y un después en la vida de la Argentina y de quienes combatieron. Más allá de las intenciones del régimen militar que buscó prolongar su poder, y más allá de la derrota frente a la superioridad británica, emergió una causa nacional y popular de resistencia al colonialismo. Desde entonces, los argentinos no volvimos a ser los mismos.

En medio de esa historia, se alza la figura de Julio Cao, maestro de primaria y soldado conscripto, cuya vida y muerte se convirtieron en símbolo de memoria y dignidad. Lo conocí en marzo de 1981, cuando ingresamos juntos a la milicia. Compartimos la instrucción básica de infantería en los bosques de Ezeiza, sudor, bromas y la esperanza de los francos que devolvían por unos días la vida civil. Julio, casado, obtuvo la baja a los seis meses y volvió a su hogar y a sus alumnos de quinto grado en La Matanza. Yo permanecí en el cuartel, destinado a tareas administrativas.

El 2 de abril de 1982 todo cambió. La recuperación de las islas interrumpió la rutina y la “baja” se volvió un espejismo. Julio regresó al regimiento, con la noticia de que sería padre. Pese a tener la opción de quedarse, eligió presentarse voluntariamente. Tal vez fue un llamado de la historia, tal vez la convicción íntima de que debía estar allí. Con expectativa y resignación, embarcamos en ómnibus requisados hacia El Palomar, rumbo a Malvinas.

Las dudas se tornaron certezas, la angustia en euforia, el temor en asombro. Íbamos a formar parte de las páginas de la historia, aunque fuera como una coma. No sabíamos que al regreso nos esperaría el silencio del Estado y el ocultamiento, ni que muchos de los que agitaban escarapelas darían luego la espalda a los soldados. Julio fue destinado al grupo de Comunicaciones de la Compañía Comando, cerca de Puerto Argentino. Allí, entre trincheras y charlas sobre su profesión y sus alumnos, la guerra se volvió rutina de frío, hambre y esperanza de regresar con vida.

El 11 de junio marcó un quiebre. Mientras escuchábamos por radio la visita del Papa a Buenos Aires, creímos ingenuamente que los ataques cesarían. Pero esa misma noche comenzó el fuego más intenso de toda la campaña, preludio del ataque final británico. La artillería naval y de campaña arrasó posiciones, y los regimientos argentinos resistieron en batallas feroces como Longdon, Tumbledown y Sapper Hill.

En medio del caos, entre explosiones y bengalas que iluminaban la noche, Julio se acercó. Me dijo: “Trini, me voy con el grupo del sargento Moreno, parece que nos mandan a Moody Brook o Monte Longdon. ¿Te acordás de la foto que me tomaste en el regimiento? Bueno, mirá, si no vuelvo, te pido que se la entregues a mi familia”. Le respondí incrédulo, pero insistió. Nos abrazamos con la fuerza de quienes saben que marchan a la muerte.

La madrugada del 14 de junio, en el contraataque en Wireless Ridge, Julio Cao cayó. Algunos dijeron que fue alcanzado por disparos de fusil, otros por un cohete antipersonal. Allí quedó, entre la cuesta y el valle de Moody Brook, el maestro de primaria convertido en soldado.

Cumplí la promesa dos años después, cuando entregué la foto a su viuda. Décadas más tarde, en Ushuaia, pude entregar un cuadro con esa imagen a su madre, Delmira, y supe que una escuela en La Matanza lleva su nombre. Su recuerdo sigue vivo: en cada visita a Wireless Ridge, en cada flor depositada, en cada hijo y nieto llevado a esos campos de batalla.

Como en la frase de Rescatando al Soldado Ryan, quienes sobrevivimos intentamos vivir dignamente, porque los caídos son eternos guardianes de nuestras islas. Julio Cao, maestro y soldado, no volvió a dar clases de historia: él mismo quedó inscrito en las páginas de la Historia de la Patria. Su vida truncada es testimonio de dolor, frustración y esperanza. Y su memoria nos recuerda que Malvinas no es solo una causa, sino también un legado humano que aún espera ser asumido en toda su dimensión.

(*) Exsoldado combatiente en las Islas Malvinas, Cía. Comando. RIMec 3 General Belgrano

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