16 de mayo de 2026

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Por Ricardo Sánchez Serra / Cancillería bizca: un video parcial y sesgado contra Rusia

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Por Ricardo Sánchez Serra

La Cancillería peruana ha difundido recientemente un video que, bajo el pretexto de proteger a la juventud de falsas promesas laborales, transmite un mensaje sesgado y peligroso. Es cierto que el Estado tiene la obligación de asistir a los peruanos en riesgo, pero este material audiovisual no cumple con los requisitos de imparcialidad, veracidad y transparencia que deben regir la política exterior de un país soberano.

El video advierte sobre ofertas laborales en Rusia, sugiriendo que los jóvenes podrían ser engañados y enviados al frente de batalla. Sin embargo, la Cancillería calla sobre otro hecho igualmente grave: también hay peruanos reclutados para luchar en el ejército ucraniano, como lo denunció el semanario Hildebrandt en sus trece. ¿Por qué se pretende condenar solo a Rusia y se oculta la otra cara de la moneda? Esa omisión revela una actitud parcial y una diplomacia bizca, que mira con un solo ojo y pierde el equilibrio que debería caracterizar a Torre Tagle.

La respuesta parece estar en presiones externas: manifestaciones frente a la sede de la Cancillería, presión mediática y la influencia de sectores ucranianos que buscan instalar una narrativa unilateral. Pero la diplomacia peruana no puede ser tuerta ni ciega: debe mirar con ambos ojos y actuar con equilibrio. La política exterior no puede convertirse en eco de intereses ajenos, porque al final los perjudicados somos los peruanos.

Es cierto que quienes viajan a luchar en ejércitos extranjeros lo hacen sin autorización del Estado peruano, y que muchos han sido captados por mafias inescrupulosas que les cobran dinero por llevarlos a un “trabajo” que en realidad es enrolarse en la guerra. Pero no se puede disfrazar esta realidad con un mensaje que generaliza y siembra desconfianza hacia Rusia en su conjunto: sus becas, sus eventos culturales, sus programas académicos y deportivos. Miles de peruanos han viajado a Rusia para estudiar, trabajar o incluso formar familias, y han encontrado hospitalidad y respeto. ¿Por qué manchar esa imagen?

El video, más que proteger, transmite un mensaje de miedo y desconfianza. Es un error diplomático que erosiona la credibilidad del país y siembra división donde debería haber cooperación. La Cancillería parece olvidar que la URSS y Rusia nunca han promovido una mala imagen del Perú, ni siquiera cuando el terrorismo azotó al país en los años 80 y 90. Al contrario, abrió sus puertas a miles de compatriotas, como los más de 50 mil peruanos que viajaron al Mundial de Fútbol y regresaron con recuerdos de hospitalidad y amistad. Muchos incluso formaron familias binacionales que hoy enriquecen nuestra sociedad.

No es la primera vez que el Perú olvida la gratitud hacia Rusia. Desde mediados del siglo XX, Moscú ha sido un socio estratégico:

En la cooperación militar, con más de un centenar de aeronaves rusas que han servido en la defensa nacional y que han demostrado su eficacia en la geografía extrema del Perú, desde los Andes hasta la Amazonía.

En la cultura y memoria, con la Casa Rusa en Lima y conmemoraciones como el Batallón Inmortal, que han unido a peruanos y rusos en la memoria histórica de la lucha contra el nazismo.

En la solidaridad internacional, apoyando en desastres naturales y crisis sanitarias, cuando la ayuda era más necesaria. ¿Se olvida acaso quién apoyó inmediatamente con personal médico, hospitales de campaña y medicinas tras el terremoto de Yungay, salvando a miles de personas?

Y se olvida también que, con permiso ruso, luego del conflicto del Cenepa, se compraron los aviones Sukhoi y Mig, cuando nadie nos vendía por ser un país en guerra.

La política exterior peruana debe ser soberana y equilibrada, sin alinearse ciegamente con ninguna potencia. La gratitud hacia Rusia no significa dependencia, sino reconocimiento de una historia compartida. Y en un mundo multipolar, el Perú necesita diversificar alianzas, no cerrarlas por presiones coyunturales.

El canciller Carlos Pareja -a quien reconozco como persona y profesional, y digno representante de nuestro colegio- ha declarado que “la juventud no se deje engañar, no se deje seducir por ofertas económicas que pueden ser muy atractivas”. Sus palabras, aunque parecen bien intencionadas, terminan siendo un arma de doble filo cuando se emplean para sembrar desconfianza hacia un país en particular. La Cancillería debe ser cauta: no puede generalizar ni transmitir la idea de que viajar a Rusia es sinónimo de engaño o peligro. Si el problema son las mafias, el mensaje debe centrarse en ellas, no en un país que ha sido aliado y amigo. Menos aún cuando ninguna de las personas “supuestamente engañadas” acudió a la Embajada Rusa ni a sus instituciones oficiales. En realidad, sabían perfectamente que iban a la guerra, aunque hoy intenten presentarse como víctimas de un engaño.

Como advirtió Henry Kissinger: “Los líderes que se aferran a la guerra para sostener su legitimidad terminan siendo devorados por ella”. Esa reflexión aplica también a las diplomacias que, por presiones externas, se aferran a narrativas parciales y terminan perdiendo credibilidad. La Cancillería no debe convertirse en instrumento de propaganda ajena, sino en garante de la soberanía y la dignidad nacional.

El Perú no puede darse el lujo de ser desagradecido ni parcial. La verdadera diplomacia exige imparcialidad, memoria y gratitud. La Cancillería debe recordar que su deber es proteger a los peruanos, sí, pero también preservar la dignidad nacional y mantener relaciones respetuosas con todas las potencias. No podemos comprarnos pleitos ajenos ni sembrar desconfianza hacia quienes han tendido la mano en momentos difíciles.

El video difundido por Torre Tagle, más que un acto de prevención, parece un gesto político dictado por presiones externas. Y eso es lo más grave: cuando la diplomacia se convierte en instrumento de intereses ajenos, pierde su esencia y traiciona la soberanía. El Perú necesita una Cancillería que mire con ambos ojos, que actúe con equilibrio y que nunca olvide la gratitud hacia quienes han sido socios estratégicos.

La política exterior no puede ser bizca ni tuerta. Debe ser clara, firme y soberana. Y en ese camino, la gratitud hacia Rusia no es un gesto accesorio, sino una expresión de dignidad nacional: porque un país que olvida a quienes lo apoyaron en momentos difíciles, pierde parte de su propia honra y credibilidad.

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