Por Ricardo Sánchez Serra
Los primeros nombramientos de un jefe de Estado suelen revelar el estilo de gobierno que ejercerá durante todo su mandato. Ninguna designación será más importante que la del presidente del Consejo de Ministros, porque de él dependerá, en buena medida, que las decisiones de la presidente Keiko Fujimori se traduzcan en resultados concretos para los peruanos.
El Perú atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia reciente. La inseguridad ciudadana exige respuestas inmediatas; la economía necesita recuperar el crecimiento y la confianza; las instituciones requieren fortalecerse y el país debe recuperar protagonismo en el escenario internacional. Ese desafío demanda mucho más que un buen administrador. Exige un verdadero premier de Estado.
No basta con que sea un destacado tecnócrata. Debe reunir una sólida formación intelectual, experiencia en la gestión pública, capacidad política, liderazgo, autoridad moral y visión estratégica. Tiene que ser una personalidad capaz de dialogar de igual a igual con la presidente, aportarle ideas, enriquecer sus decisiones e, incluso, discrepar cuando sea necesario. La lealtad no consiste en asentir siempre, sino en expresar con franqueza una opinión en privado y defender con absoluta convicción la decisión adoptada.
Como afirmaba Otto von Bismarck, «la política es el arte de lo posible». Convertir los grandes objetivos presidenciales en políticas públicas eficaces requiere un conductor político de primer nivel.
Los grandes gobernantes jamás han gobernado solos. Winston Churchill se apoyó en un gabinete de extraordinaria capacidad durante la Segunda Guerra Mundial. Charles de Gaulle entendía que la autoridad del Estado dependía también de la calidad de quienes ejecutaban sus decisiones. Konrad Adenauer reconstruyó Alemania rodeándose de colaboradores de gran competencia. La historia demuestra que detrás de todo gran liderazgo existe un equipo igualmente sólido.
El Perú también ofrece ejemplos valiosos. Al margen de simpatías o antipatías políticas, Valentín Paniagua encontró en Javier Pérez de Cuéllar un premier cuya sola presencia transmitía serenidad, prestigio y credibilidad dentro y fuera del país. Alejandro Toledo contó con Luis Solari de la Fuente, un hombre de firmes convicciones, reconocida solvencia intelectual y vocación de servicio. Alan García tuvo en Jorge del Castillo a uno de los primeros ministros con mayor capacidad de articulación política de las últimas décadas, pieza clave para la gobernabilidad de su administración. Ollanta Humala inició su gobierno con Salomón Lerner Ghitis, un premier de talante dialogante que contribuyó a generar confianza y moderación en los primeros meses de una gestión que despertaba incertidumbre. Alberto Fujimori estuvo acompañado, en distintas etapas, por Juan Carlos Hurtado Miller, Carlos Torres y Torres Lara, Óscar de la Puente, Alberto Pandolfi y Efraín Goldenberg, todos ellos primeros ministros de reconocida trayectoria, que asumieron responsabilidades fundamentales en momentos decisivos y dejaron una huella en la conducción del Estado.
Pero existe una misión que pocas veces se destaca y que resulta indispensable para el éxito de cualquier gobierno. El presidente del Consejo de Ministros debe ser el principal escudero de la presidente.
En la tradición medieval, el escudero no era un simple acompañante del caballero. Era su hombre de mayor confianza, quien lo protegía en el combate, lo asistía en las decisiones más difíciles y permanecía a su lado en los momentos de mayor peligro. En la política moderna, esa es, precisamente, la misión del premier.
Gobernar implica enfrentar diariamente ataques de la oposición, campañas de desinformación y críticas que, muchas veces, obedecen más al cálculo político que al interés nacional. La presidente no puede desgastarse respondiendo cada controversia. Esa responsabilidad corresponde al presidente del Consejo de Ministros, quien debe convertirse en el gran pararrayos del Gobierno, defendiendo con firmeza las decisiones del Ejecutivo y preservando la autoridad presidencial.
La política exige, además, hombres y mujeres dispuestos a asumir la primera línea de defensa del Gobierno. A lo largo de nuestra vida republicana no han faltado figuras con esa capacidad de firmeza, disciplina y lealtad. La propia senadora electa Martha Chávez constituye un ejemplo de ese temple en la defensa de sus convicciones. Ese es el perfil que debe tener un presidente del Consejo de Ministros: alguien capaz de absorber el desgaste político cotidiano, defender con solvencia las decisiones del Ejecutivo y permitir que la presidente concentre sus esfuerzos en las grandes tareas de gobierno.
Igualmente, importante será su capacidad para dirigir el gabinete. Debe ejercer autoridad sobre ministros de primer nivel, resolver diferencias internas antes de que se conviertan en crisis, coordinar las políticas públicas y garantizar que todo el equipo de gobierno avance en una misma dirección. No puede haber agendas paralelas ni protagonismos personales. La cohesión del gabinete es una condición indispensable para la gobernabilidad.
El Perú necesita un premier que piense como estadista, administre como tecnócrata, negocie como político y actúe con la serenidad de un hombre de Estado. Un premier cuya autoridad provenga no solo del cargo, sino también de su prestigio, de su experiencia y de la confianza que inspire dentro y fuera del país.
La presidente Keiko Fujimori tiene hoy la oportunidad de recuperar la figura del premier de Estado: una personalidad cuya autoridad no provenga únicamente del cargo, sino de su prestigio, su experiencia, su liderazgo y la confianza que inspire dentro y fuera del país.
Un primer ministro con la capacidad intelectual para debatir de igual a igual con la presidente, con la lealtad para defender sin fisuras las decisiones del Gobierno, con el carácter para conducir un gabinete de alto nivel y con la fortaleza para convertirse en el principal escudero del Ejecutivo. Porque los gobiernos exitosos no solo se distinguen por la calidad de quien los preside, sino también por la estatura de quienes hacen posible su obra. El nombramiento del presidente del Consejo de Ministros será, sin duda, la primera gran señal del rumbo que tomará el nuevo gobierno y una de las decisiones más trascendentales del quinquenio.



