1 de julio de 2026

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Lima: Cargando...

Por: Ricardo Sánchez Serra / La cultura no debe ser rehén de la guerra

Ricardo Sánchez Serra

El Perú ha sido, desde siempre, un país abierto al mundo. Nuestra historia está marcada por el mestizaje, la inmigración y el encuentro de culturas. Hemos recibido con hospitalidad a europeos, asiáticos, árabes, africanos y latinoamericanos, sin importar sus diferencias políticas, religiosas o ideológicas. Esa vocación universal constituye uno de los mayores orgullos de la nación y también uno de los principios que han inspirado tradicionalmente nuestra política exterior.

Precisamente por ello resulta preocupante observar cómo un conflicto ajeno, como la guerra entre Rusia y OTAN-Ucrania, comienza a proyectar sus sombras sobre la vida cultural peruana.

No se trata de debatir quién tiene razón en esa guerra. Cada persona es libre de formarse su propio juicio. Tampoco se trata de defender las decisiones de uno u otro gobierno. Se trata de algo mucho más importante: defender el derecho del Perú a decidir soberanamente su vida cultural sin interferencias externas.

La cultura no puede convertirse en un campo de batalla.

En 2022, el afamado Coro Turetsky y Soprano, de Rusia, obtuvo autorización para presentarse gratuitamente en el Circuito Mágico del Agua con el concierto «Canciones de la Unidad». Horas después, el permiso fue revocado por presión del embajador ucraniano y la presentación cancelada, decisión que generó un amplio debate público. Finalmente, el espectáculo pudo realizarse en el distrito de Barranco, donde miles de peruanos disfrutaron de un evento dedicado a la música y a la amistad entre los pueblos.

La pregunta sigue vigente: ¿puede un concierto convertirse en víctima de una guerra ocurrida a más de doce mil kilómetros del Perú?

Lamentablemente, ese no ha sido un episodio aislado.

En los últimos años se han producido otros episodios que alimentan esta preocupación. En algunas ferias de embajadas organizadas por municipios limeños, la representación de la Federación de Rusia no fue invitada o quedó excluida de actividades en las que tradicionalmente había participado. En otros casos, la inclusión de un stand cultural ruso generó el rechazo o la ausencia de algunas delegaciones europeas.

Asimismo, se realizaron gestiones ante universidades peruanas para desalentar actividades culturales vinculadas con Rusia y, en el propio Centro Cultural Inca Garcilaso del Ministerio de Relaciones Exteriores, se proyectaron producciones cinematográficas sobre la guerra desde la perspectiva ucraniana, mientras propuestas similares provenientes de Rusia no recibieron autorización. Cada uno de estos hechos, considerado de manera aislada, podría admitir diversas interpretaciones; observados en conjunto, plantean una interrogante legítima sobre si el Perú está permitiendo que un conflicto internacional termine condicionando su política cultural.

La música no dispara misiles. Un ballet no invade territorios. Una película no reemplaza a un ejército. Un libro no constituye una amenaza para la seguridad internacional.

Confundir la cultura con la política constituye un grave error histórico.

Durante la Guerra Fría, numerosos artistas fueron perseguidos únicamente por su nacionalidad o por las ideas que se les atribuían. Décadas después, el mundo reconoce que aquellas censuras fueron equivocadas. No deberíamos repetir esos errores.

Más preocupante aún resulta que representantes extranjeros pretendan influir en decisiones que corresponden exclusivamente a autoridades peruanas. La Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas establece claramente las funciones de las misiones diplomáticas y también el deber de respetar las leyes y la no intervención en los asuntos internos del Estado receptor. La defensa de los intereses nacionales de cada país es perfectamente legítima; otra cosa distinta es trasladar un conflicto internacional al escenario cultural peruano.

La Cancillería peruana, como rectora de la política exterior del Estado, no puede permanecer indiferente cuando existen indicios de que conflictos internacionales terminan condicionando la vida cultural del país. Le corresponde velar por el estricto cumplimiento de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas y recordar que el Perú recibe con hospitalidad a las misiones extranjeras, pero esa hospitalidad exige, como contrapartida, el pleno respeto a nuestra soberanía, a nuestras instituciones y a la autonomía con que deben adoptar sus decisiones las autoridades nacionales.

El Perú no puede ni debe importar odios que no le pertenecen. Nuestra tradición diplomática ha sido la de un país que dialoga con todos, que mantiene relaciones de amistad con todas las naciones y que jamás ha permitido que disputas ajenas fracturen su convivencia interna.

Tender puentes siempre será más digno que levantar barreras. El diálogo ennoblece; la exclusión empobrece. La cultura existe precisamente para acercar a los pueblos, no para convertirlos en adversarios. Cerrar espacios culturales por razones políticas equivale a empobrecer el espíritu democrático de una nación.

Es perfectamente legítimo condenar una guerra y, al mismo tiempo, defender el derecho de todos los pueblos a difundir su música, su literatura, su cine, su arte y su patrimonio cultural. Una democracia auténtica no teme a la diversidad de expresiones; por el contrario, la protege porque entiende que el intercambio cultural fortalece la libertad y el entendimiento entre las naciones.

La cultura pertenece a la humanidad, no a las coyunturas políticas ni a los gobiernos de turno. Pretender convertirla en un instrumento de confrontación constituye una derrota para la civilización y una victoria para la intolerancia.

El Perú no necesita importar conflictos geopolíticos ni enemistades ajenas. Necesita preservar aquello que históricamente lo ha distinguido: ser un país de encuentro, plural, tolerante, respetuoso de todas las culturas y abierto al mundo. Defender ese legado no es solo una cuestión cultural; es también un acto de afirmación de nuestra soberanía nacional.

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