El 9 de mayo, toda Rusia se viste de solemnidad para conmemorar la victoria sobre el nazismo, en el 81.º aniversario de la llamada Gran Guerra Patria. Es una fecha que debería ser recordada con igual intensidad en todo el mundo, pues no fue solo la victoria de un país, sino la salvación de la humanidad frente a la barbarie. Sin embargo, muchas naciones lo ven como un hecho lejano y olvidan las lecciones de la historia.
La victoria fue de los aliados, pero con un peso inmenso de la Unión Soviética, que sacrificó más de 27 millones de vidas. También de China, cuya resistencia frente a la invasión japonesa costó millones de muertos y un sufrimiento casi silenciado en los relatos occidentales. La historia debe reconocer que, sin el heroísmo de esos pueblos, la derrota del nazismo habría sido imposible.
Occidente celebra el Día D, el 6 de junio de 1944, como si fuera el inicio del fin del nazismo. Pero hay que recordar que ese desembarco solo fue posible porque los soviéticos ya habían quebrado el poder alemán en el frente oriental, en batallas titánicas como Stalingrado y Kursk. El Día D, además, se demoró demasiado: razones de estrategia, táctica o logística aún se debaten, pero lo cierto es que la resistencia soviética fue la que abrió el camino.
Tuve el honor de estar en Moscú el año pasado, justo para el 9 de mayo, y presenciar el desfile militar. Fue imponente y marcial, presidido por Vladimir Putin, con más de una hora de escuadrones rusos y destacamentos invitados marchando con solemnidad ante un público conmovido. En toda Rusia, los desfiles, los museos, fuegos artificiales y las ceremonias recuerdan el sacrificio de los ancestros y las grandes batallas.
Uno de los momentos más emotivos es el desfile del Regimiento Inmortal: millones de personas, de todas las edades, marchan portando las fotografías de sus familiares que lucharon y murieron en la Gran Guerra Patria. Es un acto de memoria colectiva, donde el dolor por los caídos se entrelaza con el orgullo por la victoria y el patriotismo que une a generaciones enteras.
Los sentimientos de los rusos son profundos: el recuerdo de los parientes que murieron por liberar a su nación, la alegría por la derrota del nazismo y la certeza de que el sacrificio no fue en vano. Todo ello se funde en un patriotismo que conmueve y que debería ser compartido por el mundo entero.
El presidente de Rusia ha declarado dos días de alto al fuego, el 8 y 9 de mayo, para conmemorar en paz la victoria sobre el nazismo. Sin embargo, el presidente ucraniano Volodímir Zelensky se ha mantenido en silencio. Rusia busca festejar en paz, pero ha advertido que si Ucrania rompe el alto al fuego, responderá con fuerza en el corazón de Kiev. “Guerra avisada no mata gente”, dice el refrán. Zelensky parece desinteresado en la tregua, pues su gobierno ha exaltado como héroe a Stepán Bandera, líder nazi responsable de la muerte de miles de judíos y ucranianos, y mantiene en sus Fuerzas Armadas al batallón Azov, de ideología neonazi.
El 9 de mayo no es solo una fecha rusa: es un patrimonio universal de la memoria. Ese día se derrotó al nazismo, y el mundo entero debería conmemorarlo como símbolo de resistencia, sacrificio y victoria de la dignidad humana.
La historia nos enseña que la paz se construye con memoria, que la libertad se defiende con sacrificio y que el patriotismo verdadero no se extingue con el paso del tiempo. Rusia recuerda a sus héroes, y al hacerlo, nos recuerda a todos que la victoria sobre el nazismo fue la victoria de la humanidad.
Que el 9 de mayo sea siempre un día de gratitud, de solemnidad y de compromiso con la paz, para que nunca más la sombra del nazismo vuelva a oscurecer el destino de los pueblos.




