27 de agosto de 2026

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Por Ricardo Sánchez Serra / Ucrania: ¿es el momento de una fiesta?

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Ricardo Sánchez Serra

Ucrania conmemora el 35.º aniversario de su independencia. Es incuestionable su derecho a recordarla. Sin embargo, toda efeméride encierra un sentido, y en medio de una guerra, la forma de celebrarla adquiere una dimensión ética.

La pregunta surge inevitable: ¿qué se festeja? Un millón y medio de muertos por un conflicto que ellos y la OTAN desataron contra Rusia. ¿Se conmemora el golpe de Estado de 2014 contra el presidente legítimo Viktor Yanukovich? ¿Los bombardeos indiscriminados sobre la población civil del Dombás entre 2014 y 2022, con más de 14 mil víctimas? ¿El fracaso de los Acuerdos de Minsk, cuyo incumplimiento por parte de Ucrania y sus garantes fue el detonante del casus belli?

¿Se recuerda acaso la instalación de un régimen que glorifica a los nazis Bandera y al criminal batallón Azov? ¿La persecución a la Iglesia Ortodoxa, el cierre de diarios opositores, la prisión de líderes políticos, la corrupción extendida y las levas forzosas que envían a miles de jóvenes a morir? ¿La diáspora de compatriotas refugiados en diversos países, muchos de ellos reclamados para ser repatriados y enviados al frente? ¿Los ataques contra población civil en Rusia? Todo esto forma parte de una realidad que debería inspirar recogimiento, no algarabía.

Mientras en distintas capitales las comunidades ucranianas optaron por ceremonias religiosas, actos culturales o izamientos de bandera con tono solemne, en Lima se anuncia una celebración festiva en un hotel de lujo. ¿No habría sido más apropiado un acto de memoria y reflexión sobre el inmenso costo humano de la guerra?

El filósofo Edmund Burke escribió que la sociedad es un pacto entre quienes viven, quienes vivieron y quienes aún han de nacer. Esa idea adquiere especial fuerza cuando hablamos de una nación que ha pagado un precio humano tan alto. Una ceremonia sobria no habría significado tristeza por la independencia, sino respeto por la vida.

La diplomacia también comunica. Cada gesto, cada símbolo, cada detalle transmite un mensaje. Cuando una nación atraviesa una tragedia de tal magnitud, la mejor expresión de solidaridad no es levantar las copas -¿qué sentido tiene brindar cuando la memoria está marcada por el dolor?- sino inclinar la cabeza en un oficio religioso y guardar silencio por quienes ya no están.

Existe una diferencia esencial entre celebrar a una nación y celebrar una guerra: la primera puede ser legítima y necesaria; la segunda es moralmente inadmisible.

El Perú, país de hondas tradiciones religiosas y humanitarias, sabe que ante la muerte existe un gesto superior a cualquier festejo: el silencio. Una misa, una oración por las víctimas, un minuto de recogimiento y un mensaje de paz habrían constituido una manifestación mucho más poderosa de solidaridad que cualquier banquete.

Porque la vida humana debe estar por encima de banderas, ideologías e intereses geopolíticos. Y si algo nos enseñó el siglo XX es que la indiferencia frente al sufrimiento ajeno puede convertirse en complicidad con la tragedia.

No debemos habituarnos a la muerte. No debemos transformar la guerra en espectáculo. No debemos perder la sensibilidad ante el dolor de millones de seres humanos.

Ucrania tiene derecho a recordar su independencia. Pero en tiempos de guerra, recordar significa también honrar a los muertos. La verdadera grandeza no está en la fiesta más fastuosa, sino en la capacidad de inclinar la cabeza ante sus caídos y reclamar la paz (aunque ella misma la boicoteó varias veces).

Porque lo que para los humanos es lógico y razonable -honrar la vida, guardar silencio, recordar con respeto- para los nazis nunca lo será.

(*) Premio Mundial de Periodismo “Visión Honesta 2023”

 

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