15 de mayo de 2026

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Por Ross Barrantes / COP30: cuando el fuego consume las palabras que nunca escribimos

ROSS BARRANTES

El jueves 20 de noviembre, mientras negociadores de casi 200 países discutían cómo salvar el planeta, las llamas consumieron literalmente una parte del pabellón de negociaciones en Belém.

El incendio, que paralizó la Cumbre del Clima durante siete horas, resultó ser profética.  Desde una perspectiva de política ambiental, lo que ocurrió en Belém no es sorpresa sino confirmación: estos espacios multilaterales reproducen las mismas dinámicas de poder que han generado la crisis. La COP30 fue presentada como «la COP de la Verdad», destinada a restaurar la confianza.

En cambio, ha demostrado que las negociaciones son «las más oscuras en la historia,» a diferencia de años anteriores, la presidencia apenas distribuyó borradores entre sociedad civil y prensa. Las negociaciones quedaron confinadas a gobiernos, cuando deberían ser «para todo el mundo.» Lo que vemos es la arquitectura completa del fracaso: estados petrodependientes que usan su poder de veto, gobiernos desarrollados que prometen financiamiento que nunca llega, países del Sur Global que ceden presión después presión.

El nuevo borrador eliminó también toda referencia a los 100.000 millones de dólares anuales prometidos para adaptación climática en el Sur Global. Los reemplazó con cifras más grandes pero estructuralmente vagas: 300.000 millones para 2035 en adaptación y mitigación, 1,3 billones si se incluye financiamiento privado.

Desde el análisis de la teoría de Kohei Saito, estos espacios nos confrontan con una pregunta fundamental: ¿Es posible «habitar la tierra sin destruirla» dentro de un sistema que requiere destruirla para reproducirse? La COP30 responde implícitamente que no. La respuesta es que el sistema requiere continuar apropiándose de la naturaleza. No puede permitirse eliminar combustibles fósiles porque eso implicaría transformar radicalmente las bases de acumulación.

Para América Latina, esto tiene consecuencias concretas. Perú, Colombia, Ecuador—países donde la dependencia de extractivismo es estructural—siguen atrapados en estos ciclos de negociación que prometen cambio pero aseguran continuidad. La COP30 fue celebrada como «la COP amazónica.»

Fue todo lo contrario: fue la COP que demostró que no podemos contar con negociación multilateral para defender la Amazonía. ¿Hacia dónde desde aquí? Cuando el fuego fue controlado, las negociaciones continuaron. Pero algo quedó claro: no será en estos espacios donde se resuelva la crisis. Los compromisos que salgan de Belém serán insuficientes, voluntarios donde deberían ser vinculantes, y seguirán protegiendo la acumulación sobre la supervivencia del planeta. La urgencia no está en esperar el próximo borrador.

Está en construir, desde abajo, desde nuestras economías locales, desde nuestras universidades y nuestras comunidades, la verdadera transición que estos espacios nunca permitirán. Está en reconocer que la «verdad» que la COP30 prometía restaurar es que el sistema que genera la crisis no puede ser el que la solucione. Quizás el incendio en Belém fue el evento más honesto de la COP.

(*) Abogada Constitucionalista

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