Los debates terminaron. Las promesas flotaron como globos de helio —vistosas, ligeras, destinadas a desinflarse— y el Perú vuelve a enfrentarse a la pregunta que ningún candidato respondió: ¿para qué sirve el poder si no se sabe pensar?
Hannah Arendt no escribió sobre el Perú, pero pudo haberlo hecho. En su análisis del juicio a Adolf Eichmann acuñó una de las frases más incómodas del siglo XX: la banalidad del mal. Su hallazgo no fue que el daño político lo causan monstruos conscientes de su maldad, sino algo más perturbador: personas ordinarias que simplemente no piensan. Funcionarios que ejecutan, obedecen y administran el desastre sin que ninguna conciencia los frene, porque la conciencia requiere pensamiento, y pensar requiere valentía. Miremos nuestro Congreso de los últimos años y digamos la verdad: la banalidad del mal ha tenido escaño. El Perú recupera ahora su Congreso bicameral. El Senado vuelve con la promesa de más deliberación, más frenos, más república. Pero Arendt nos advirtió algo que los políticos suelen olvidar: las instituciones no se sostienen solas. Se sostienen sobre la capacidad de sus integrantes para ejercer lo que ella llamaba el pensamiento ampliado —razonar desde el bien común, resistir la obediencia cómoda, negarse a ser meros ejecutores de intereses ajenos al país. El verdadero riesgo de este nuevo diseño institucional no es técnico —el Perú tiene juristas capaces de hacer funcionar dos cámaras—. El riesgo es moral: que elijamos para ambas a quienes nunca aprendieron a pensar el país. Refundar el Perú no significa convocar asambleas ni redactar nuevas constituciones. Significa elegir representantes que entiendan que la política es responsabilidad colectiva, no industria de beneficios personales. La estabilidad que necesitamos no es la del miedo —la que impone un gobierno que aplasta el disenso— sino la que Arendt llamaba la estabilidad del espacio público: ese territorio común donde los ciudadanos argumentan, discrepan y construyen juntos. Esa estabilidad no se decreta. Se elige.
En este contexto, votar no es un trámite. Es un acto político en el sentido más arendtiano: una aparición en el espacio público, una afirmación de existencia ciudadana. Elegir sin pensar —por el apellido conocido, por la valla más grande, por el odio al otro antes que por el proyecto propio— es reproducir exactamente la lógica de Eichmann: la abdicación del juicio. Los debates dejaron en evidencia dos tipos de candidatos: los que tienen proyecto de país y los que tienen proyecto de poder. La diferencia no siempre grita. A veces es sutil —en cómo esquivan una pregunta incómoda, en cómo cambian de posición ante el aplauso. Esa sutileza es exactamente donde vive la banalidad.
Arendt creía que el único antídoto no era el heroísmo. Era algo más cotidiano y más exigente: pensar. El Perú tiene una oportunidad real este 12 de abril, la pregunta es si estamos dispuestos a exigirle a nuestro voto que cargue el peso de un país que merece ser pensado. Gracias por leerme.
(*) Abogada Constitucionalista




