Nepal ha perdido esta semana a más de 350 personas, y sigue buscando a más de mil desaparecidas bajo el lodo que dejó un glaciar al ceder sobre un río. No lo traigo como una tragedia lejana, sino como un espejo incómodo: el Perú tiene lo que Nepal no tuvo, que es tiempo. ENFEN mantiene activa la Alerta de El Niño Costero, con un escenario que no descarta magnitud extraordinaria hacia fin de año y lluvias muy por encima de lo normal en la costa norte y central.
Tenemos el pronóstico. Lo que todavía no tenemos es una política pública a la altura de ese pronóstico. Pienso el territorio, desde hace años, como una red de relaciones —cuencas, glaciares, ciudades, comunidades— que no se puede gestionar por compartimentos administrativos aislados. Ese enfoque ecosistémico no es un adorno teórico: es la única forma de anticipar que un sismo en la cordillera puede convertirse, horas después, en una inundación devastadora a kilómetros de distancia, como ocurrió en Nepal.
Mientras sigamos tratando la gestión del riesgo como una suma de competencias sectoriales, seguiremos llegando tarde a fenómenos que, por su naturaleza, no respetan esas fronteras institucionales.
El sistema de riesgo de desastres del Perú ha avanzado, y es justo reconocerlo, pero se ha concentrado sobre todo en la alerta temprana: mensajes de texto, sirenas, protocolos de evacuación inmediata.
Eso salva vidas en el momento exacto del evento, pero no resuelve lo que viene después, que suele ser lo más letal: dónde duerme la gente, qué come, con qué se cura, quién la busca si queda atrapada. Ahí es donde la adaptación tiene que complementar a la mitigación, y donde el Estado peruano todavía tiene una tarea pendiente y perfectamente posible de cumplir en los meses que quedan.
Esa tarea, en concreto, pasa por cuatro decisiones que no requieren inventar nada nuevo: reforzar con presupuesto sostenido a los centros de investigación climática y geológica, para que el conocimiento científico se traduzca en decisión y no solo en informes; habilitar viviendas de refugio ya aclimatadas en las zonas de mayor exposición; constituir centros de acopio con agua, alimentos, ropa y medicinas listos para distribuirse desde el primer día de la emergencia; y entrenar de manera específica al personal del COEN en búsqueda de personas desaparecidas en terrenos de lodo y escombros. Las respuestas que hemos dado a emergencias anteriores ya nos muestran, con bastante claridad, cómo reaccionaría el sistema si no cambiamos de enfoque a tiempo.
Esa experiencia previa no debería asustarnos, debería servirnos como diagnóstico. El conocimiento científico ya está disponible; la advertencia de Nepal también. Lo que falta, con toda honestidad, es decisión política, y esa sí depende enteramente de nosotros. Gracias por leerme
(*) Abogada Constitucionalista



