19 de setiembre de 2026

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Lima: Cargando...

Por: Ross Barrantes / ¿Qué república estamos formando?

ROSS BARRANTES

Lo ocurrido en el colegio Liceo Naval es el resultado de una sociedad pervertida: una sociedad puesta del revés. Como madre y profesora creo que el caso plantea una pregunta que el Derecho penal no puede responder: ¿qué educamos antes de que ocurra el daño? Mónica Alario, en Política sexual de la pornografía, sostiene que la pornografía se ha convertido en la «educación sexual» de las nuevas generaciones. Se pregunta qué encuentran a un clic de distancia niños de ocho a once años y por qué cierta violencia pasa por sexo. 

No sabemos qué consumían los involucrados, y el vínculo entre pornografía y conducta violenta es materia de debate. Pero su pregunta interpela a todos nuestros niños, niñas y adolescentes: cuando la violencia se vuelve espectáculo, aprendemos a ver al otro como objeto y a llamar «juego» a la humillación. 

Ahí está el problema sistémico. Hemos convertido la educación en una trinchera entre ideologías, mientras casi nadie responde qué persona queremos formar. Y educar no es neutral. Platón entendía la educación no como llenar de datos un recipiente vacío, sino como volver el alma hacia el bien. Aristóteles enseñó que la virtud se aprende por hábito y que la educación es asunto público, porque forma al ciudadano para la comunidad política. 

Nuestra tradición republicana lo sabía. Faustino Sánchez Carrión defendió en los albores de la República, hacia 1822 y 1823, que la libertad exigía ciudadanos y no súbditos: una comunidad de personas capaces de juicio y virtud cívica. Flora Tristán vio en la instrucción del pueblo la base de todo progreso, y Juana Alarco de Dammert dedicó su vida a la protección y educación de la infancia. Doscientos años después, cabe preguntarnos si hemos honrado esa promesa. La Constitución no deja margen. Su artículo 14 dispone que la formación ética y cívica, y la enseñanza de la Constitución y de los derechos humanos, son obligatorias en todo el proceso educativo, civil o militar. 

Y el problema no es solo en Lima. En Condorcanqui, Amazonas, se han presentado desde 2010 al menos 524 denuncias de presunta violencia sexual contra estudiantes en varias comunidades. Según la Defensoría, solo 256 denuncias llegaron a ser procesos judiciales y apenas 8 tienen sentencia confirmada, y en 2018 encontró que el 64 % de los casos evaluados entre 2012 y 2017 en esa UGEL había prescrito. 

Los contextos son distintos: allí, presuntamente, adultos con autoridad sobre los estudiantes. Pero el patrón de abandono e impunidad es el mismo.  Hannah Arendt llamó «banalidad del mal» a la incapacidad de pensar que permite dañar sin sentirlo. Humillar, insultar y violentar suelen ser hijos de esa irreflexión. 

Formar pensamiento crítico, que es aprender a preguntar, ponerse en el lugar del otro y distinguir el mandato del grupo de lo justo, es tarea de la escuela y, por tanto, del Estado. Pero explicar no es exculpar: la falta de pensamiento no borra la responsabilidad de quien agrede ni de quien calla. ¿A qué camino vamos? No hace falta imaginar un plan oscuro para responder: basta la omisión. Basta un Estado que llega tarde, una escuela que minimiza y adultos que miran a otro lado. Esa negligencia produce los mismos efectos que una intención perversa, y es la que sí podemos corregir. 

Necesitamos formación ética y cívica real, protocolos que funcionen, docentes formados, protección frente a contenidos violentos y familias que no deleguen la crianza a una pantalla. Miro a mi hijo y pienso que educar es construir ciudadanía moral. Si no lo hacemos los padres, la escuela, el Estado, me pregunto ¿hacia dónde va la evolución de la ciudadanía peruana si se convive con la violencia y la perversión ? , para esa pregunta no tengo una respuesta concreta, pero los invito a pensar esto conmigo.  Gracias por leerme 

(*) Abogada Constitucionalista 

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