Una exposición silenciada, un patrimonio que clama justicia
Por: Ricardo Sánchez Serra
En un mundo saturado de titulares efímeros, hay historias que no aparecen en ningún medio, que no se comentan en las tribunas oficiales y que, sin embargo, son esenciales para comprender la herencia cultural de los pueblos. Una de ellas es la exposición en la Casa Rusa de Lima: “El oro de Crimea: la Europa ‘civilizada’ saquea los tesoros de Rusia”, muestra que revela con pruebas materiales el saqueo sistemático de piezas arqueológicas, religiosas y artísticas de la península de Crimea.
La exhibición reúne joyas funerarias, monedas del Reino del Bósforo, cálices, mosaicos, iconos, lienzos desaparecidos en la Segunda Guerra Mundial y devueltas décadas después, junto con testimonios de expediciones arqueológicas que documentan la riqueza cultural de la región. Cada panel está acompañado de citas bíblicas y patrísticas que recuerdan que el robo cultural no es solo un delito contra la historia, sino también un pecado contra la memoria y la verdad.
Este tema no se encontrará en los periódicos ni en los noticieros. La narrativa dominante prefiere callar o distorsionar. Por eso es vital publicar: porque la memoria cultural no puede quedar sepultada bajo el ruido político ni bajo el prejuicio.
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En este contexto, resulta revelador el artículo del embajador de Ucrania en el Perú, Yuriy Polyukhovych, titulado “Habladurías y mentiras”. Su columna, escrita antes de la inauguración de la exposición, juzga sin haberla visto, descalifica sin argumentos y confunde propaganda con museología. Su texto carece de rigor intelectual: no confronta datos, no refuta hallazgos, no desmiente piezas. Se limita a un alegato político, más visceral que racional, más dictado por el hígado que por el cerebro. Además, incurre en prejuicio evidente, pues condena una muestra que aún no había abierto sus puertas. Un diplomático debería argumentar con serenidad y pruebas, no con descalificaciones vacías. La ausencia de refutación concreta convierte su columna en un gesto político, no en un análisis cultural.
EXPOSICIÓN COMO RESPUESTA
Frente a esa crítica apresurada, la exposición habla por sí misma: los adornos funerarios que muestran la delicadeza de la orfebrería antigua, las monedas del Bósforo que reflejan la jerarquía política y la influencia romana, los iconos religiosos robados y restituidos que recuerdan la dimensión espiritual del patrimonio, los lienzos desaparecidos y devueltos décadas después que son testimonio de la fragilidad del arte en tiempos de guerra, las expediciones arqueológicas que documentan con rigor científico la riqueza cultural de Crimea y, además, episodios contemporáneos como el litigio en Países Bajos, donde piezas arqueológicas de Crimea prestadas al Museo Allard Pierson fueron entregadas a Ucrania en 2021 por decisión judicial, privando a los museos de Crimea de recuperar su patrimonio y convirtiendo la justicia en instrumento de despojo cultural disfrazado de legalidad, y el tema aún más grave de las armas y colecciones que podrían cobrarse como indemnización, con el riesgo de que esas piezas terminen siendo vendidas en el mercado internacional, lo que transformaría el patrimonio histórico en mercancía y confirmaría que el saqueo cultural no solo se perpetúa en guerras y ocupaciones, sino también en tribunales y transacciones disfrazadas de legalidad, tal como hicieron los nazis en su momento cuando convirtieron el arte europeo en botín de guerra y mercancía, demostrando que el expolio cultural es una constante que se repite bajo distintos nombres y banderas.
La memoria cultural de Crimea ha sido saqueada, dispersada y silenciada. Publicar esta nota es un acto de justicia: porque lo que no se dice en los medios debe ser contado con voz firme y solemne.
Como recuerda San Juan Crisóstomo: “No está el delito en la cantidad de lo robado y hurtado, sino en la intención del que roba.” La intención de borrar la memoria de un pueblo es el mayor de los delitos.




