El primer Papa latinoamericano

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Austen Ivereig, biógrafo del papa Francisco, con el libro ‘El gran reformador: Francisco, el retrato de un Papa radical’, asegura que el Papa no es liberal, y que es más bien una combinación de dos cualidades: genio político carismático y santidad profética.

EL 13 de marzo de 2013 aparece el humo blanco por la chimenea de la Capilla Sixtina, en el Vaticano, y minutos después el cardenal Jean-Louis-Pierre Tauran anunció al mundo: Habemus Pap, la elección del primer Papa latinoamericano: Francisco. La noticia la dio en lengua latín antes de ver salir por el balcón principal de la Basílica de San Pedro al nuevo pontífice.

Vestido de blanco, el Papa argentino, con una sonrisa tímida y, ciertamente impactado, dijo: “Hermanos, hermanas, buenas noches. Ustedes saben que mis hermanos cardenales que han debido escoger a un Obispo de Roma han ido a elegirme al fin del mundo, pero ya estamos aquí”, dijo bromeando con la multitud. “Comenzamos este camino de la Iglesia de Roma, obispo y pueblo, juntos, en hermandad, amor y confianza recíproca. Recemos unos por otros, por todo el mundo, para que haya una gran hermandad. Este camino debe dar frutos para la nueva evangelización”, dijo ante la algarabía de la gente apostada en la Plaza del Vaticano.

 

El Papa argentino

La historia del Papa Francisco comienza, si se quiere, en un barco. Como muchos de los argentinos que vinieron de una familia de inmigrantes. Sus abuelos y su padre arribaron al puerto de Buenos Aires en 1929 desde la zona de Piamonte, en Italia, y más adelante, sus padres se instalaron en el barrio Flores, donde nació el pequeño Bergoglio el 17 de diciembre de 1936.

La integración de su familia a Argentina llevó al papa Francisco a crecer en un barrio de clase media al que llamaban ‘de las casitas baratas’, donde jugaba en la plaza Herminia Brumana antes de sumergirse en los libros de teología y de química, que ocuparon su tiempo de juventud.

El hoy jerarca de la Iglesia católica creció en un ambiente político dominado por el movimiento peronista, que apostaba por la justicia social y la ampliación de los derechos de los trabajadores, otra de las consignas que se le escuchan en estos años de papado, como la que pronunció a su paso por Génova, donde criticó que “el sistema político favorezca al que especula y no al que invierte y cree en el trabajo”.

Sin embargo, y a pesar de haber surgido en medio de ese movimiento de “nacionalismo continental católico, el Papa no es un liberal”, afirma Austen Ivereigh, autor de la biografía ‘El gran reformador: Francisco, el retrato de un Papa radical’. “Bergoglio era una combinación de dos cualidades que raramente se encuentran juntas en una generación. Tenía el genio político de un líder carismático y la santidad profética de un santo”, escribió Ivereigh en el libro.

Bergoglio se diplomó como técnico químico y eligió luego el camino del sacerdocio, entrando en el seminario diocesano de Villa Devoto.  El 11 de marzo de 1958 pasó al noviciado de la Compañía de Jesús. Completó los estudios de humanidades en Chile y en 1963, al regresar a Argentina, se licenció en filosofía en el Colegio San José, de San Miguel.

Entre 1964 y 1965 fue profesor de literatura y psicología en el Colegio de la Inmaculada de Santa Fe y en 1966 enseñó las mismas materias en el Colegio del Salvador en Buenos Aires. De 1967 a 1970 estudió teología en el Colegio San José y obtuvo la licenciatura. El 13 de diciembre de 1969 recibió la ordenación sacerdotal de manos del arzobispo Ramón José Castellano. Prosiguió la preparación en la Compañía de 1970 a 1971 en Alcalá de Henares (España), y el 22 de abril de 1973 emitió la profesión perpetua.

De nuevo en Argentina, fue maestro de novicios en Villa Barilari en San Miguel, profesor en la facultad de teología, consultor de la provincia de la Compañía de Jesús y también rector del Colegio.

El 31 de julio de 1973 fue elegido provincial de los jesuitas de Argentina, tarea que desempeñó durante seis años. Después reanudó el trabajo en el campo universitario y entre 1980 y 1986 es de nuevo rector del colegio de San José, además de párroco en San Miguel.

En marzo de 1986 se traslada a Alemania para ultimar la tesis doctoral; posteriormente los superiores le envían al colegio del Salvador en Buenos Aires y después a la iglesia de la Compañía de la ciudad de Córdoba, como director espiritual y confesor. Es el cardenal Antonio Quarracino quien le llama como su estrecho colaborador en Buenos Aires. Así, el 20 de mayo de 1992, Juan Pablo II le nombra obispo titular de Auca y auxiliar de Buenos Aires. El 27 de junio recibe en la catedral la ordenación episcopal de manos del purpurado. Como lema elige “Miserando atque eligendo” “(lo miró con misericordia y lo eligió) y en el escudo incluye el cristograma IHS, símbolo de la Compañía de Jesús.

 

Arzobispo de Buenos Aires

El 3 de junio de 1997 fue promovido como arzobispo coadjutor de Buenos Aires. Antes de nueve meses, a la muerte del cardenal Quarracino, le sucede, el 28 de febrero de 1998, como arzobispo, primado de Argentina. El 6 de noviembre sucesivo fue nombrado también Ordinario para los fieles de rito oriental residentes en el país y desprovistos de Ordinario del propio rito. Tres años después, en el Consistorio del 21 de febrero de 2001, san Juan Pablo II le crea cardenal, asignándole el título de san Roberto Bellarmino.

Hasta el inicio de la sede vacante era miembro de las Congregaciones para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, para el clero, para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica; del Consejo pontificio para la familia y de la Comisión pontificia para América Latina.