Es innegable que la Universidad Católica del Perú tiene un sesgo ideológico visible, señala jurista Humberto Abanto
VALERIA PONCE
El jurista Humberto Abanto Verástegui cuestionó el discurso ideologizado pronunciado recientemente por Mary Vargas, egresada de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) durante su ceremonia de graduación, y advirtió que la casa de estudios arrastra un sesgo ideológico notorio que ya se refleja en la pérdida de alumnado.
—¿Qué evidencia concreta sustenta la caracterización de la PUCP como una universidad con marcado sesgo ideológico?
Es innegable que la Pontificia Universidad Católica del Perú tiene un sesgo ideológico visible y perceptible. Creo que, si se revisan los cuadros de resultados financieros, se ha reflejado en una pérdida de alumnado. Sería bueno para la PUCP recuperar la perspectiva de universidad, que significa universalidad en el pensamiento, que haya una apertura a todas las corrientes y no una proclividad por una sola.
— ¿Qué riesgo representa para las instituciones democráticas del país que universidades como la PUCP formen generaciones bajo este discurso ideológico?
Yo no creo, sinceramente, que exista un riesgo de esa naturaleza para las instituciones democráticas. Lo que sí siento y temo es que puede haber una pérdida de valor académico que se transforme, al mismo tiempo, en una pérdida de valor en el mercado laboral. Sus resultados financieros revelan una universidad que está perdiendo ingresos, y eso no puede obedecer a otra cosa que a una reducción de su concurrencia en el mercado. Hay que recordar que el mercado premia aquello que encuentra bueno o positivo, y castiga aquello que encuentra malo o negativo. Por eso creo que es muy importante poner el ojo en ese aspecto. Para quienes defendemos la libertad, el punto central está en la necesidad de que la Universidad Católica vuelva a ser la gran universidad que fue.
—¿Cómo evalúa el rol histórico de la PUCP en la formación de la clase política peruana, y si esa influencia ha crecido o disminuido en las últimas décadas?
Yo creo que se ha concentrado, por su propia decisión, en un segmento del pensamiento político nacional. Eso obviamente supone una reducción de su influencia, pero no es una situación extraña en el mundo, porque si se mira a las grandes universidades del exterior, se encuentra que todavía hay un predominio ideológico de este sector pseudoprogresista, que poco a poco está siendo confrontado en aras de una mayor libertad de pensamiento y de creación e investigación académica.
— El equivocadamente llamado «lenguaje inclusivo» (compañeres, reprimides, amazoniques), usado en el discurso, no está reconocido por la RAE ni tiene sustento lingüístico. ¿Qué implicancia tiene que este tipo de fórmulas se imponga dentro de la formación académica y profesional?
Es nada más una expresión de mal gusto. Creo que ese asunto lo dejó muy claro en su momento Mario Vargas Llosa: no hay necesidad de inventar estas fórmulas, que además no son invenciones, ya se intentaron en el siglo XIX, y perdieron uso justamente porque el lenguaje se maneja por un principio de economía. La gente prefiere las expresiones más sencillas para comunicar sus ideas o pensamientos y describir las cosas. Lo único que expresa esto es, digamos, una posición ideológica, y para nada una actitud académica.
—¿Qué rol debería jugar la Sunedu frente a denuncias como la de los padres de familia, tratándose de una universidad privada con autonomía?
No, yo no creo que la Sunedu tenga que ser un comisariato académico. Creo que en estas cosas lo mejor es la respuesta del mercado, y estoy seguro de que las señales que el mercado le está dando a quien dirige la universidad lo van a llevar a reconsiderar su posición. No creo que deba participar ni a favor ni en contra. Lo que la universidad tendría que hacer es promover un debate más amplio, robusto, riguroso y desinhibido, sin inclinarse por una corriente ideológica determinada. La idea de la universidad es la concurrencia de todos los pensamientos; es la libertad de cátedra, que supone que en el claustro universitario estén representadas todas las voces y todas las corrientes de pensamiento. Creo que ese es el punto más importante a rescatar en este tema.
—Un discurso de graduación con esta carga ideológica en un acto oficial universitario, ¿refleja simplemente libertad de expresión individual o compromete la neutralidad institucional que debería tener la universidad?
No, a ver, esto está en el marco de la libertad de pensamiento, opinión y expresión, sin ninguna duda. Otra cosa es que se registre en un ámbito académico en el que se espera cierta rigurosidad en la expresión de ideas y conclusiones. Entonces, digamos que, siendo un discurso protegido por las libertades de pensamiento, opinión y expresión, resulta inadecuado en las circunstancias en que se dio, que era la celebración de una graduación, la conclusión de los estudios, y no un acto político. No tiene cuestionamientos en ese aspecto, pero sí un cuestionamiento de oportunidad y conveniencia: si ese era el lugar adecuado, si era el mensaje que correspondía a la situación que se estaba desarrollando.
—¿Considera que este tipo de discursos, y el ambiente que los permite, guarda relación con la matriz de las corrientes que en el pasado tuvieron simpatizantes o intelectuales vinculados a una izquierda radical, o es una comparación desproporcionada?
No, no necesariamente. Yo no creo, sinceramente, que la gente de la Pontificia Universidad Católica promueva una ideología de izquierda radical; sí creo que promueve lo que se llama en el mundo el posmodernismo, que está en revisión en este momento en la academia y en la política mundial.




