Manuel Merino de Lama a Palacio de Gobierno

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Por: Federico Prieto Celi

Por: Federico Prieto Celi / No puede disolverse el Congreso en el último año de cada mandato presidencial, de acuerdo al artículo 134 de la Constitución. En cambio, el presidente de la República puede renunciar, porque nada lo impide, si el presidente del Consejo de Ministros es censurado por el parlamento en el último año del periodo presidencial y parlamentario, como ha sido el caso del gabinete de Pedro Cateriano.

Ese es el camino digno que le queda a Martín Vizcarra, después del cese de los gabinetes de Villanueva, Del Solar, Zevallos y, ahora, a los pocos días de asumir el cargo, y con un discurso presidencial de por medio, el gabinete Cateriano. No inició Vizcarra este mandato presidencial, para el que fue elegido Pedro Pablo Kuczynski, y no debería terminarlo, sino el actual presidente del Congreso, Manuel Merino de Lama, por muy desconocido que sea para el pueblo, porque a él le toca, como en su momento ocurrió con el entonces presidente del Congreso, Valentín Paniagua.

Manuel Merino de Lama nació en 1961 en Tumbes, lejos de Moquegua, pero se casó con una maestra, igual que Vizcarra. Ha desarrollado su labor profesional, siguiendo una tradición familiar, en la crianza de ganado vacuno, y como comerciante agrícola.

Su liderazgo se concretó entonces como representante de los productores agrarios de Tumbes; y presidente de comercialización de la asociación de productores de plátano, de la asociación de comerciantes de plátanos y frutas en general, del comité electoral de la comisión de regantes de la margen izquierda del río Tumbes y de la comisión permanente de la deuda agraria de Tumbes.

Debe sentirse incómodo con saco y corbata en la sede del Congreso, donde ha sido representante por los periodos 2001-2006, 2011-2016 y 2020-2021. Desde el 16 de marzo de 2020 es el presidente de la mesa directiva y, como tal, le corresponde cubrir la vacancia del presidente de la República, en ausencia igualmente de sus dos vicepresidentes.

Su principal obligación es convocar a elecciones generales, para lo que tendrá que hacer compatibles los plazos específicos de un caso como el suyo, con los y afijados para un mandato corriente, a los que se ha referido tanto Martín Vizcarra como Pedro Cateriano en sus recientes discursos ante el Congreso.

Lamento decir que, como en el caso de la disputa entre el Congreso de Pedro Olaechea y el Ejecutivo de Martín Vizcarra, los árbitros invisibles fueron las Fuerzas Armadas que, una vez más, tendrán que digitar detrás de las cortinas del escenario del teatro político criollo, que se cumpla la Constitución con dignidad, como explico en esta nota, o que se siga cumpliendo con vituperio.

Tanto en uno como en otro caso, la preparación de las candidaturas presidenciales deberán adecuarse al nuevo horizonte del poder político, lo que no es poca cosa, teniendo en cuenta de Manuel Merino de Lama es miembro nato de Acción Popular, un partido que ha resurgido de sus cenizas. ¿Podrá hacerlo también el Apra?

(*) Periodista y analista político.