Una simple broma de Kylian Mbappé terminó convirtiéndose en un escándalo internacional que dejó al descubierto una realidad incómoda: cuando los derechos humanos chocan con los intereses económicos, buena parte del fútbol mundial prefiere guardar silencio y someterse a las exigencias de una dictadura.
Todo comenzó con un meme que mostraba el rostro del delantero francés del Real Madrid superpuesto a una imagen de Mao Zedong, fundador de la República Popular China. Durante una entrevista, Mbappé comentó entre risas que era uno de los montajes que más gracia le habían causado, porque aparecía representado como un “dictador chino”. Aunque no mencionó expresamente a Mao, reconoció que compartía la imagen con sus amigos mientras jugaban videojuegos.
No insultó al pueblo chino ni cuestionó su cultura. Simplemente hizo referencia humorística a un personaje histórico que gobernó China con mano de hierro.
Sin embargo, la reacción no se hizo esperar. Las autoridades chinas expresaron su indignación, las redes sociales se llenaron de críticas y varias empresas anunciaron la ruptura de sus contratos publicitarios con el futbolista. La televisión estatal CCTV suspendió las transmisiones de partidos de LaLiga y retiró anuncios relacionados con Mbappé. También se aplicaron restricciones a su presencia en plataformas digitales chinas.
El mensaje era evidente: quien cuestione, aunque sea mediante una broma, la imagen de Mao puede enfrentar consecuencias económicas.
Lo verdaderamente lamentable vino después. Mbappé pidió disculpas. LaLiga también lo hizo y su presidente, Javier Tebas, se reunió con el embajador chino en Madrid para intentar superar la crisis. El Real Madrid también terminó disculpándose. Organizaciones que presumen defender la libertad, la igualdad, la inclusión y los derechos humanos terminaron cediendo ante un régimen que no permite elecciones nacionales libres ni tolera una oposición política independiente.
¿Dónde quedaron los principios que el fútbol proclama en sus campañas internacionales?
China mantiene un férreo control político sobre el Tíbet, restringiendo las libertades religiosas y culturales de su población. Amenaza constantemente a Taiwán, una democracia que pretende someter a su soberanía. En Xinjiang, la población uigur ha sufrido detenciones masivas, vigilancia y graves violaciones de derechos humanos, documentadas por organismos internacionales.
Y, pese a todo, el régimen continúa venerando oficialmente a Mao Zedong.
Las políticas de Mao, especialmente el Gran Salto Adelante y sus campañas de represión, provocaron decenas de millones de muertes. Algunas estimaciones históricas atribuyen a su gobierno al menos 40 millones de fallecimientos, incluyendo víctimas de hambrunas provocadas por sus decisiones políticas. Las cifras exactas siguen siendo objeto de debate, pero la magnitud de aquella tragedia resulta indiscutible.
Mientras Alemania reconoce los crímenes del nazismo y condena la glorificación de Hitler, el Partido Comunista chino continúa presentando a Mao como un héroe nacional. Su retrato permanece en la plaza de Tiananmén, convertida en símbolo de un poder que exige admiración y rechaza las críticas. Fue precisamente en esa plaza y sus alrededores donde, en 1989, el régimen reprimió sangrientamente las protestas a favor de reformas democráticas, dejando cientos y posiblemente miles de muertos.
Aquí aparece la gran contradicción. El fútbol internacional organiza campañas contra el racismo, la discriminación y la intolerancia. Sus jugadores exhiben mensajes de solidaridad y promueven valores universales. Pero cuando una potencia económica exige disculpas por llamar dictador a un dictador, esos principios parecen desaparecer.
No se trata de atacar al pueblo chino, que también ha sufrido las consecuencias de la represión, sino de defender su derecho a conocer la historia, expresarse libremente y cuestionar a sus gobernantes.
La verdadera vergüenza no fue el meme de Mbappé. Fue comprobar que, para ciertos dirigentes del fútbol, los derechos humanos tienen un precio y que, cuando China amenaza sus negocios, prefieren inclinar la cabeza antes que defender sus principios.
(*) Lic. en Educación e Historia de la Universidad Hebrea de Jerusalén



