12 de mayo de 2026

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Lima: Cargando...

Por: Bruno de Ayala Bellido / Guerra con Chile y el exceso de sustancias psicotrópicas

Bruno de Ayala Bellido

Antauro Humala Tasso, mayor en retiro del Ejército Peruano y líder visible del etnocacerismo, lideró el llamado Andahuaylazo, cuyo trágico saldo fue la muerte de cuatro policías. Por estos hechos fue condenado a 19 años de prisión —pena que luego fue reducida—. Este personaje, que pareciera nacido en el mítico Macondo, se ha convertido en un actor relevante del actual escenario electoral peruano, en medio de un proceso que muchos perciben como un rotundo fraude y que debería ser declarado nulo.

La alianza de Humala con Roberto Sánchez, figura vinculada a la izquierda radical y al espacio político de Juntos por el Perú, ha dado lugar a una serie de propuestas que oscilan entre lo pintoresco y lo abiertamente delirante. Desde la idea de fundar una supuesta “Iglesia del Tahuantinsuyo”, pasando por la absurda propuesta de secuestrar al Felipe VI para “reivindicar” la ejecución de Atahualpa, hasta la más peligrosa de todas: recuperar por la fuerza las provincias de Arica y Tarapacá, territorios perdidos tras la Guerra del Pacífico.

Este tipo de planteamientos no solo carece de viabilidad en el contexto internacional actual, sino que además reabre heridas históricas que, con gran esfuerzo diplomático y político, han ido cicatrizando con el paso del tiempo. Pretender una confrontación armada con Chile no solo es irresponsable, sino profundamente perjudicial para los intereses estratégicos del Perú.

Más aún si consideramos el contexto actual. Si bien el Perú viene impulsando una necesaria modernización de sus Fuerzas Armadas, este proceso responde a estándares de defensa y disuasión propios de cualquier Estado moderno, no a una preparación para conflictos expansionistas. Sin embargo, en un clima político cargado de populismo, estas decisiones pueden ser fácilmente manipuladas para alimentar teorías conspirativas.

Conviene recordar que, en el siglo XXI, la verdadera competencia entre Perú y Chile no es militar, sino económica. Ambos países mantienen una relación de rivalidad histórica que ha evolucionado hacia una sana competencia comercial. Hoy, el Perú se encuentra en una posición expectante para consolidarse como un hub logístico internacional, gracias al desarrollo de infraestructuras clave como el puerto del Callao y el megapuerto de Chancay, que prometen convertirse en motores fundamentales del crecimiento económico.

Históricamente, el Perú fue el centro del poder en Sudamérica durante el Imperio Inca y posteriormente durante el Virreinato. En ese contexto, la Capitanía General de Chile dependía administrativamente del Perú. Sin embargo, la Guerra del Pacífico alteró profundamente ese equilibrio, inclinando la balanza del desarrollo hacia Chile.

Hoy, la historia es distinta. Con un Producto Bruto Interno cercano a los 300 mil millones de dólares, exportaciones que rondan los 90 mil millones y reservas internacionales superiores a los 100 mil millones, el Perú está en condiciones de competir de igual a igual con Chile e incluso superarlo en determinados indicadores. Esa es la verdadera “guerra” que debe librarse: la del desarrollo, la inversión y la estabilidad institucional.

En ese contexto, las declaraciones de Antauro Humala deben entenderse desde su propio perfil: el de un político estridente, provocador y dado a los excesos discursivos. Su retórica, muchas veces cargada de simbolismo radical y referencias ideológicas difusas, refleja más una construcción personal que un proyecto político serio.

Lo preocupante, sin embargo, no es lo que dice, sino la posibilidad de que ese discurso encuentre eco en una ciudadanía desencantada. En un país donde el hartazgo político es evidente, propuestas extremas pueden ganar terreno peligrosamente. Y es ahí donde radica el verdadero riesgo: no en una guerra con Chile, sino en una deriva interna que debilite los avances alcanzados por el Perú en las últimas décadas.

Porque al final, las naciones no se destruyen desde fuera, sino desde dentro. Y esa, quizá, es la batalla más importante que aún está por librarse.

(*) Analista internacional

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