27 de abril de 2026

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Por: Bruno de Ayala Bellido / ¿Llega a su fin la teocracia de Irán?

Bruno de Ayala Bellido

El siempre fascinante Medio Oriente —región donde la política y la religión se funden en una alquimia tan poderosa como peligrosa— parece estar siendo testigo de un momento histórico: el posible ocaso de una de las dictaduras islámicas chiitas más longevas y crueles del mundo contemporáneo, la de los ayatolás en Irán.

Irán, conocido como Persia hasta 1935, adoptó su nombre actual por iniciativa de Reza Shah Pahlaví, quien buscó reforzar una identidad nacional moderna basada en el término “Irán”, que significa “tierra de los arios”. Conviene precisar que el título de shah era equivalente al de rey, y que durante décadas el país fue una monarquía secular alineada con Occidente. Ese modelo político colapsó en 1979 con la Revolución Islámica, que derrocó a Mohammad Reza Pahlaví y dio paso a una teocracia: un sistema de gobierno dirigido por autoridades religiosas que afirman gobernar en nombre de Dios.

Desde entonces, Irán se convirtió en una de las teocracias más duras de finales del siglo XX y comienzos del XXI. El poder real quedó en manos del Líder Supremo y del estamento clerical chiita, mientras que las instituciones republicanas funcionan como una fachada sin autonomía real. La Guardia Revolucionaria Islámica pasó a ser no solo un actor militar, sino también económico y político, consolidando un régimen autoritario de carácter clerical-militar.

El punto de inflexión reciente fue la muerte de Mahsa Amini, una joven kurda de 22 años detenida y asesinada en septiembre de 2022 por la llamada “policía de la moral”, acusada de no portar correctamente el hiyab. Su muerte desató protestas masivas que, a diferencia de episodios anteriores, no se limitaron a sectores específicos, sino que atravesaron clases sociales, etnias y generaciones. Aunque el régimen logró sofocarlas temporalmente con una represión brutal, el descontento nunca desapareció.

Hoy, ese malestar vuelve a estallar. Esta vez, el detonante no es solo la opresión social o religiosa, sino el colapso económico. Las protestas, que ya superan las dos semanas, se dan en un contexto de inflación superior al 50 %, desempleo juvenil, devaluación constante de la moneda y un empobrecimiento acelerado de la población. La respuesta del régimen ha sido la de siempre: disparar a matar, encarcelar, censurar y aterrorizar. El mundo observa, una vez más, cómo el Estado iraní reprime a su propio pueblo.

La pregunta es inevitable: ¿cómo un país con recursos naturales extraordinarios —enormes reservas de petróleo y gas— puede encontrarse en semejante crisis económica? La respuesta está en la suma de malas decisiones estructurales, sanciones internacionales derivadas del programa nuclear, corrupción endémica y una política exterior obsesionada con la confrontación. Miles de millones de dólares se han destinado a una carrera armamentista sin sentido, al financiamiento de milicias proxy y a una retórica permanente de destrucción del Estado de Israel, mientras la población iraní apenas logra sobrevivir.

Lo que hoy se escucha en las calles de Teherán, Isfahán o Mashhad no es un reclamo ideológico sofisticado, sino algo mucho más elemental y poderoso: libertad. Libertad para vivir sin imposiciones religiosas, para que las mujeres no sean ciudadanas de segunda categoría, para que el Estado deje de controlar la vida privada y el pensamiento.

El régimen de los ayatolás aún conserva instrumentos de poder y represión, pero ha perdido algo mucho más difícil de recuperar: la legitimidad. La historia demuestra que cuando el miedo deja de ser suficiente y la pobreza se combina con el hartazgo moral, incluso las teocracias más rígidas comienzan a resquebrajarse. Irán podría estar, por primera vez en décadas, ante el principio del fin de su sistema clerical.

(*) Analista internacional

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