Elmer Schialer
Este 8 de septiembre se cumplen dos años desde que Ana Cecilia Gervasi nos dejó.
Hay ausencias para las cuales el paso del tiempo no encuentra consuelo suficiente. Hay personas cuya partida deja un vacío que permanece, porque ocuparon en nuestras vidas —y también en la vida de nuestro país— un lugar difícil de reemplazar.
Para quienes tuvimos el privilegio de conocerla de cerca, Ana Cecilia fue mucho más que la brillante diplomática que todos recuerdan. Fue una amiga entrañable, una compañera leal, una mujer inteligente, generosa y valiente, de firmes convicciones y gran calidad humana.
Su partida me dolió profundamente y su ausencia sigue acompañándome. Con ella perdí a una gran amiga, a una persona a quien quise y admiré, y con quien compartí años de amistad, de trabajo, de preocupaciones y, sobre todo, un profundo amor por el Perú.
Pero su ausencia trasciende a quienes fuimos sus amigos.
Torre Tagle perdió a una de sus diplomáticas más brillantes. A lo largo de una distinguida carrera, Ana Cecilia asumió algunas de las más altas responsabilidades al servicio del Estado: fue viceministra de Comercio Exterior, vicecanciller, ministra de Relaciones Exteriores y Representante Permanente del Perú ante los organismos internacionales en Ginebra.
El Perú perdió, sobre todo, a una de sus mejores hijas.
Porque si algo distinguió siempre a Ana Cecilia fue su inmenso amor por la Patria. Y quienes trabajamos con ella sabemos que ese amor no era retórico. Era una manera de entender el servicio público y, en buena medida, una manera de vivir.
Ante cada responsabilidad, cada dificultad y cada decisión, su preocupación esencial era siempre la misma: qué era lo justo, qué era lo correcto y qué era lo mejor para el Perú.
No tenía otra agenda que la de nuestro país.
Esa fue, quizá, una de las mayores virtudes de Ana Cecilia: entendió el patriotismo como servicio. Sirvió sin escatimar esfuerzos, asumió responsabilidades con valentía y defendió aquello en lo que creía, aun cuando hacerlo pudiera resultar difícil. Para ella, el interés del Perú estaba siempre por encima de cualquier consideración personal.
A dos años de su partida quiero recordarla, por supuesto, con la tristeza inevitable que deja una amiga que se fue demasiado pronto. Pero quiero recordarla, sobre todo, con gratitud.
Gratitud por haber tenido el privilegio de su amistad; por los momentos compartidos y por todo lo que aprendí de ella. Y gratitud también, como peruano y como diplomático, por cuanto hizo por nuestro país.
Las personas verdaderamente valiosas permanecen después de su partida: en el afecto de quienes las quisieron, en la memoria de quienes trabajaron a su lado y, sobre todo, en el ejemplo que dejaron.
Ana Cecilia nos dejó un ejemplo de inteligencia, integridad, valentía, entrega al servicio público y amor por el Perú.
Dos años después, la extraño como amiga y compañera. Torre Tagle debe recordarla como una de sus grandes diplomáticas. Y el Perú, como una mujer que dedicó lo mejor de sí misma a servirlo.
Querida Ana Cecilia: quienes tuvimos la fortuna de caminar contigo una parte del camino no te olvidamos. Tu amistad permanece con nosotros, tu ejemplo nos acompaña y permanece también ese profundo amor por el Perú que guio tu vida y tu servicio.
Descansa en paz, querida amiga.
(*) Excanciller de la República. Representante Permanente del Perú en Ginebra.




