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Martes, Enero 19, 2021

Por: Fernán Altuve / El pensamiento conservador en el Perú (I)

Por: Fernán Altuve Febres 

I.- Los idearios y el poder.
El debate sobre la existencia o no de un pensamiento conservador en el Perú es probablemente una de las discusiones más tenaces y largas entre estudiosos y académicos tanto de la derecha como de la izquierda.

Lo cierto es que a lo largo de los casi dos siglos de existencia del Perú independiente podemos observar más que la existencia de un pensamiento conservador orgánico y adaptado a la realidad local, la presencia de pensadores que para efectos de este trabajo englobaremos en el término genérico de “conservador” aunque algunos de ellos no lo son exactamente como es el caso de los “tradicionalistas”.

Estos pensadores fueron expresiones singulares que buscaron adoptar ideas y tesis de la cultura política occidental para aplicarlas a la realidad peruana con mayor o menos suerte y que en el mejor de los casos pudieron llegar a tener algunos discípulos pero lamentablemente nunca llegaron a conformar una escuela perdurable.

Ahora bien, dentro de este fenómeno de discontinuidad entre los pensadores de eso que podríamos llamar genéricamente “lo conservador” se distinguir con algo de esfuerzo algunas herencias o legados no solo entre los intelectuales sino también entre los actores políticos que dieron forma a la historia republicana y que muchas veces quedan sumergidas en la simplista polarización decimonónica de Conservador/ Liberal o la más
moderna Izquierda /Derecha.

bido a esta engañosa polaridad no se recuerda que durante la Guerra de Separación (1820-1826), en nuestro suelo rivalizaron una gama muy variada de posiciones políticas y es, así vemos que entre los patriotas había un tenaz debate entre los monarquístas de Monteagudo y los republicanos de Sánchez Carrión mientras que entre los realistas o fidelistas los había liberales defensores de la constitución de Cádiz también llamados doceañistas y los tradicionalistas como Don Pío Tristán o los hermanos Goyeneche.

Después de caída la presidencia vitalicia bolivariana tenazmente defendida por Benito Laso (1771-1862), vino la etapa de Formación de la República (1827-35) que conoció el surgimiento de tres fuerzas políticas o partidos rudimentarios: los “Colorados”, llamados así por la cinta roja colocada en la solapa de sus levitas, cuyo ideario liberal era encarnado por Francisco Xavier Luna Pizarro (1780-1855); los “Copetudos”, también conocidos como “Godos”, que reunían a los supérstites del holocausto aristocrático del Real Felipe y al patriciado virreinal tras el cesarismo del ex presidente José de la Riva Agüero (1783-1858). Finalmente, estaban los defensores de la autoridad que eran llamados “Persas” y estaban congregados en torno a la brillante figura de José María de Pando (1787-1840).

Fue en la tertulia de José María de Pando donde se reunió todas las fuerzas y personalidades en un frente por una “cultura de la autoridad” y donde se formaron las nuevas generaciones que predominarían en el Perú en las siguientes décadas. Por “cultura de la autoridad” debemos entender aquella que concibe al saber cómo un valor para el buen desempeño del gobierno y al orden como un requisito previo para un ejercicio equilibrado de las libertades. Estos postulados no deben ser confundidos con la autocracia, es decir, con un régimen personalizado donde se ejerce el poder a solo arbitrio.

Las Guerras de la Confederación Perú-Boliviana (1835-1839) polarizaron a estas facciones. Por un lado los “colorados” -que desde 1834 acogían el credo federal- y los “copetudos” o rivaguerinos, que vieron en Santa Cruz un deseado césar, se adhirieron a la causa del Gran Perú que cayó vencida por las bayonetas chilenas en el campo de Yungay ayudados, lamentablemente, por la miopía pequeño-peruana de los emigrados quienes con Felipe Pardo y Aliaga sostenían un nacionalismo pequeño peruano.

Como dice Jorge Basadre (1903-1980), el Perú, tal como hoy lo conocemos, quedó definitivamente conformado con la Restauración de 1839. En el panorama político de aquel entonces los “copetudos” escribieron la página final de su historia junto a la suerte de la Confederación y los liberales entraron en un largo letargo del que sólo despertarían en 1851 con el conato de partido que significó el Club Progresista, mal organizado por Domingo Elías y sus hombres de “traje negro”.

Entre 1840 y 1870, el Perú fue regido por los discípulos de la autoridad, quienes aplicaron su ideario a través de los múltiples caudillos que fueron perfilando las circunstancias. Decimos ideario y no partido porque en torno a esta doctrina de pensamiento se vinieron a formar varias ramas políticas con sus características propias. Así, por ejemplo, apreciamos cómo en 1840 se enfrentaron los dos grupos nacidos de las tertulias de Pando.

El primero, se formó en torno a la figura del presidente Gamarra y su ministro Ramón Castilla, quienes representaban las aspiraciones de los caudillos de la emancipación. Se autodenominaban “constitucionalista”, puesto que defendía la Constitución de 1839, postulaba una economía proteccionista y era regalista en temas eclesiásticos como sus principal voceros José Gregorio Paz Soldán (1808-1875) y a Benito Laso.

El segundo grupo, denominado la “Regeneración” o vivanquista lo lideraba Manuel Ignacio Vivanco (1806-1874) quien estaba rodeado por un brillante conjunto intelectual: Felipe Pardo y Aliaga (1806-1868), Andrés Martínez (1795-1856), Toribio Pacheco (1828-1868), entre otros. Sus postulados eran elitistas, respetuosos de la religión. Deseaban crear una institucionalidad política similar a la instaurada en Chile por Diego Portales y no
aprobaban el caudillismo al que calificaban de “pretorianismo”.

El desastre de Ingavi y la anarquía que le siguió (1841-45) generó el tercer grupo el cual puede ser denominado con propiedad como “conservador”. Tuvo su partida de nacimiento de 1842 con el “llamado al orden” que hizo Bartolomé Herrera (1808-1864) en el sermón fúnebre por las exequias del Mariscal Gamarra. Su doctrina inicial fue la ecléctica “Soberanía de la Inteligencia” y con los años se haría expresión del ultramontanismo con el mismo Herrera ya Obispo de Arequipa y con Monseñor Manuel Toribio del Valle (1813-1888).

Es así que en el Perú aparecieron tres tendencias o familias políticas que reunieron al espacio conservador de manera muy parecida a lo que observo en el caso francés el gran historiador Rene Remond (1918-2007) la llamada “tesis de las tres derechas”, es decir, una distinción en tres tendencias que se podía registrar desde 1815, razón por la que no se podía hablar de “lo conservador” sin distinguir específicamente en que campo de las tres tendencias o legados, a saber: el legitimismo, ( ideario contrarrevolucionario) el orleanismo (ideario conservador) y el bonapartismo ( ideario cesarista). Continuará.

Por: Fernán Altuve Febres 

I.- Los idearios y el poder.
El debate sobre la existencia o no de un pensamiento conservador en el Perú es probablemente una de las discusiones más tenaces y largas entre estudiosos y académicos tanto de la derecha como de la izquierda.

Lo cierto es que a lo largo de los casi dos siglos de existencia del Perú independiente podemos observar más que la existencia de un pensamiento conservador orgánico y adaptado a la realidad local, la presencia de pensadores que para efectos de este trabajo englobaremos en el término genérico de “conservador” aunque algunos de ellos no lo son exactamente como es el caso de los “tradicionalistas”.

Estos pensadores fueron expresiones singulares que buscaron adoptar ideas y tesis de la cultura política occidental para aplicarlas a la realidad peruana con mayor o menos suerte y que en el mejor de los casos pudieron llegar a tener algunos discípulos pero lamentablemente nunca llegaron a conformar una escuela perdurable.

Ahora bien, dentro de este fenómeno de discontinuidad entre los pensadores de eso que podríamos llamar genéricamente “lo conservador” se distinguir con algo de esfuerzo algunas herencias o legados no solo entre los intelectuales sino también entre los actores políticos que dieron forma a la historia republicana y que muchas veces quedan sumergidas en la simplista polarización decimonónica de Conservador/ Liberal o la más
moderna Izquierda /Derecha.

bido a esta engañosa polaridad no se recuerda que durante la Guerra de Separación (1820-1826), en nuestro suelo rivalizaron una gama muy variada de posiciones políticas y es, así vemos que entre los patriotas había un tenaz debate entre los monarquístas de Monteagudo y los republicanos de Sánchez Carrión mientras que entre los realistas o fidelistas los había liberales defensores de la constitución de Cádiz también llamados doceañistas y los tradicionalistas como Don Pío Tristán o los hermanos Goyeneche.

Después de caída la presidencia vitalicia bolivariana tenazmente defendida por Benito Laso (1771-1862), vino la etapa de Formación de la República (1827-35) que conoció el surgimiento de tres fuerzas políticas o partidos rudimentarios: los “Colorados”, llamados así por la cinta roja colocada en la solapa de sus levitas, cuyo ideario liberal era encarnado por Francisco Xavier Luna Pizarro (1780-1855); los “Copetudos”, también conocidos como “Godos”, que reunían a los supérstites del holocausto aristocrático del Real Felipe y al patriciado virreinal tras el cesarismo del ex presidente José de la Riva Agüero (1783-1858). Finalmente, estaban los defensores de la autoridad que eran llamados “Persas” y estaban congregados en torno a la brillante figura de José María de Pando (1787-1840).

Fue en la tertulia de José María de Pando donde se reunió todas las fuerzas y personalidades en un frente por una “cultura de la autoridad” y donde se formaron las nuevas generaciones que predominarían en el Perú en las siguientes décadas. Por “cultura de la autoridad” debemos entender aquella que concibe al saber cómo un valor para el buen desempeño del gobierno y al orden como un requisito previo para un ejercicio equilibrado de las libertades. Estos postulados no deben ser confundidos con la autocracia, es decir, con un régimen personalizado donde se ejerce el poder a solo arbitrio.

Las Guerras de la Confederación Perú-Boliviana (1835-1839) polarizaron a estas facciones. Por un lado los “colorados” -que desde 1834 acogían el credo federal- y los “copetudos” o rivaguerinos, que vieron en Santa Cruz un deseado césar, se adhirieron a la causa del Gran Perú que cayó vencida por las bayonetas chilenas en el campo de Yungay ayudados, lamentablemente, por la miopía pequeño-peruana de los emigrados quienes con Felipe Pardo y Aliaga sostenían un nacionalismo pequeño peruano.

Como dice Jorge Basadre (1903-1980), el Perú, tal como hoy lo conocemos, quedó definitivamente conformado con la Restauración de 1839. En el panorama político de aquel entonces los “copetudos” escribieron la página final de su historia junto a la suerte de la Confederación y los liberales entraron en un largo letargo del que sólo despertarían en 1851 con el conato de partido que significó el Club Progresista, mal organizado por Domingo Elías y sus hombres de “traje negro”.

Entre 1840 y 1870, el Perú fue regido por los discípulos de la autoridad, quienes aplicaron su ideario a través de los múltiples caudillos que fueron perfilando las circunstancias. Decimos ideario y no partido porque en torno a esta doctrina de pensamiento se vinieron a formar varias ramas políticas con sus características propias. Así, por ejemplo, apreciamos cómo en 1840 se enfrentaron los dos grupos nacidos de las tertulias de Pando.

El primero, se formó en torno a la figura del presidente Gamarra y su ministro Ramón Castilla, quienes representaban las aspiraciones de los caudillos de la emancipación. Se autodenominaban “constitucionalista”, puesto que defendía la Constitución de 1839, postulaba una economía proteccionista y era regalista en temas eclesiásticos como sus principal voceros José Gregorio Paz Soldán (1808-1875) y a Benito Laso.

El segundo grupo, denominado la “Regeneración” o vivanquista lo lideraba Manuel Ignacio Vivanco (1806-1874) quien estaba rodeado por un brillante conjunto intelectual: Felipe Pardo y Aliaga (1806-1868), Andrés Martínez (1795-1856), Toribio Pacheco (1828-1868), entre otros. Sus postulados eran elitistas, respetuosos de la religión. Deseaban crear una institucionalidad política similar a la instaurada en Chile por Diego Portales y no
aprobaban el caudillismo al que calificaban de “pretorianismo”.

El desastre de Ingavi y la anarquía que le siguió (1841-45) generó el tercer grupo el cual puede ser denominado con propiedad como “conservador”. Tuvo su partida de nacimiento de 1842 con el “llamado al orden” que hizo Bartolomé Herrera (1808-1864) en el sermón fúnebre por las exequias del Mariscal Gamarra. Su doctrina inicial fue la ecléctica “Soberanía de la Inteligencia” y con los años se haría expresión del ultramontanismo con el mismo Herrera ya Obispo de Arequipa y con Monseñor Manuel Toribio del Valle (1813-1888).

Es así que en el Perú aparecieron tres tendencias o familias políticas que reunieron al espacio conservador de manera muy parecida a lo que observo en el caso francés el gran historiador Rene Remond (1918-2007) la llamada “tesis de las tres derechas”, es decir, una distinción en tres tendencias que se podía registrar desde 1815, razón por la que no se podía hablar de “lo conservador” sin distinguir específicamente en que campo de las tres tendencias o legados, a saber: el legitimismo, ( ideario contrarrevolucionario) el orleanismo (ideario conservador) y el bonapartismo ( ideario cesarista). Continuará.

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