19 de abril de 2026

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Por: Jack Gomberoff / El acuerdo con Irán: ¿paz o salvavidas para el régimen?

Jack Gomberoff

Mientras el mundo celebra la posibilidad de un acuerdo entre Estados Unidos e Irán, la pregunta clave no es si habrá acuerdo, sino qué tipo de acuerdo será… y quién pagará su precio.

Porque la historia ya nos enseñó algo: no todos los acuerdos son soluciones. Algunos son simplemente pausas.

El núcleo del debate es el programa nuclear iraní. Hoy, Irán posee suficiente uranio enriquecido como para estar peligrosamente cerca de múltiples bombas nucleares. Cualquier acuerdo serio debería partir de una condición básica: la eliminación verificable de ese material. No promesas, no declaraciones, no discursos. Hechos.

Pero ahí empieza el problema.

Irán no va a renunciar a su capacidad de enriquecimiento. Y mientras existan centrifugadoras girando, existe un camino de regreso hacia la bomba. Lo demás —inspecciones, límites temporales, compromisos diplomáticos— es, en el mejor de los casos, un mecanismo de retraso. No una solución definitiva.

El precedente es claro. El acuerdo nuclear de 2015, el famoso JCPOA, ya incluía compromisos de no desarrollar armas nucleares. No impidió que Irán avanzara. No eliminó la amenaza. Solo la administró.

Y ahora estamos frente a una versión recargada del mismo dilema.

Pero el acuerdo no se limita al plano nuclear. Irán ha demostrado que su verdadero poder no está solo en el enriquecimiento de uranio, sino en su capacidad de desestabilizar el sistema global. El control del estrecho de Ormuz —por donde transita una parte crítica del petróleo mundial— es una herramienta de presión formidable. Y la utilizará.

A cambio de limitar parcialmente su programa nuclear, Irán exigirá alivio de sanciones, liberación de fondos y garantías de seguridad. En otras palabras: oxígeno económico y legitimidad política.

Y aquí aparece la dimensión más incómoda de este acuerdo.

Hace apenas unos meses, el régimen iraní estaba en su punto más débil en décadas. Crisis económica, moneda colapsada, protestas masivas en las calles. Había, por primera vez en mucho tiempo, una posibilidad real —aunque incierta— de cambio interno.

Un acuerdo hoy podría revertir todo eso.

En lugar de un régimen asfixiado, tendríamos un régimen fortalecido. Con recursos, con estabilidad y con más capacidad para reprimir a su propia población. Un régimen que, además, no ha abandonado su ambición nuclear, solo la ha postergado.

Entonces, ¿qué estamos logrando realmente?

Desde una perspectiva pragmática, es cierto: un acuerdo puede ser preferible a una escalada militar inmediata. Nadie quiere una guerra abierta en Medio Oriente, con impacto directo en la economía global, los precios del petróleo y la estabilidad internacional.

Pero evitar la guerra a corto plazo no equivale a resolver el problema a largo plazo.

Porque si el precio de la estabilidad momentánea es consolidar un régimen más fuerte, más radical y con capacidad intacta de volver a desarrollar armas nucleares en el futuro, entonces no estamos resolviendo el conflicto. Solo lo estamos pateando hacia adelante.

Y quizás, lo más grave, es que en ese proceso el mayor perdedor no será Occidente, ni siquiera Israel.

Será el pueblo iraní.

La historia, como siempre, será la que dicte sentencia. Pero conviene no engañarse: hay acuerdos que compran tiempo… y otros que compran problemas.

Este podría ser ambos.

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