Supongamos un escenario donde la calificación “A” ha dejado de ser sinónimo de excelencia y se convierte en mera apariencia. En Estados Unidos, actualmente cerca del 60% de las notas otorgadas en universidades prestigiosas como Harvard son “A”, frente al 10-15% de hace cinco décadas, a pesar de que los niveles de aprendizaje no muestran mejoras. Este cambio silencioso, que se expande globalmente por las aulas, no solo reduce el valor real de grados, títulos y diplomas, sino que también afecta la naturaleza misma de la educación, creando generaciones que confunden verdadero esfuerzo con simplemente asistir a clase.
Entre 1990 y 2020, el GPA de pregrado en EE.UU. aumentó un 16%. El alza es especialmente marcada en universidades élite: Harvard pasó de un GPA de 2.6 en 1950 a 3.8 en la actualidad. Cuando las máximas calificaciones se otorgan a la mayoría, pierden significado.
La tendencia a ser menos estrictos al poner calificaciones se conoce como inflación de notas. Según estudios académicos, esto ocurre principalmente porque las universidades responden a la presión de los estudiantes que buscan mejores notas y también porque muchos estudiantes prefieren inscribirse en cursos o materias que son menos exigentes.
Richard Arum, (Universidad de Nueva York), y Josipa Roksa, (Universidad de Virginia), evidenciaron que el tiempo promedio que los estudiantes universitarios dedican al estudio se redujo a la mitad entre 1960 y 2010, situándose actualmente en aproximadamente doce horas semanales. Además, una mayoría considerable de estudiantes no evidenció avances significativos en pruebas de pensamiento crítico, razonamiento complejo ni escritura, y cerca del 50% no experimentó mejoras en estos ámbitos durante sus dos primeros años en la educación superior.
La inflación de notas no es exclusiva de las universidades estadounidenses; también está presente en Europa y Hispanoamérica. Dentro de Europa, este fenómeno se reconoce en instituciones de países como Reino Unido, Bélgica, Alemania, Francia, Türkiye y Países Bajos, observándose un incremento sostenido en las calificaciones promedio durante décadas. Un ejemplo destacado es el Reino Unido, donde la Oficina para estudiantes (OfS) ha alertado sobre el crecimiento en la cantidad de títulos universitarios con calificaciones de excelente y muy bueno: la proporción aumentó del 47% en 1999 al 79% en 2023. Ante esto, se han propuesto sanciones para las universidades que no tomen medidas contra lo que se considera una ‘inflación injustificada’ de notas.
En las universidades de Hispanoamérica, el fenómeno de inflación de notas no se ha investigado tanto, aunque en la educación secundaria es un problema creciente que impacta tanto en el ingreso a la universidad como en la percepción sobre la calidad educativa. Un ejemplo es Chile: entre 2011 y 2023, el porcentaje de estudiantes que finalizan la secundaria con promedios superiores a 6 (en una escala del 1 al 7) pasó del 20% al 41%. Esto motivó reformas en los mecanismos de admisión, como el ajuste del ranking de notas desde 2028, para enfrentar este aumento en las calificaciones.
Aunque no se ha medido con exactitud, en Perú este fenómeno también afecta la educación secundaria de manera preocupante. Desde 2019, el uso de calificaciones cualitativas (AD, A, B, C) junto a la “promoción guiada” durante la pandemia han provocado una inflación de promedios que no refleja los bajos resultados en las Evaluaciones censales de estudiantes (ECE) ni en PISA. Esta distorsión influye en el acceso a universidades, favorece sobre todo a los colegios privados y ahonda la desigualdad entre escuelas públicas y privadas.
Harvard ha presentado recientemente recomendaciones para contrarrestar la tendencia inflacionaria de las calificaciones. Un informe sugiere limitar las notas “A” al 20% del alumnado inscrito en cada curso, permitiendo la flexibilidad de conceder hasta cuatro “A” adicionales por clase, independientemente del tamaño. Asimismo, se propone reemplazar el GPA como criterio para honores, premios y becas internas, introduciendo en su lugar un promedio de rango percentil que refleje el desempeño relativo de cada estudiante dentro de su curso. El propósito declarado es restablecer el valor de las calificaciones como indicadores significativos del rendimiento estudiantil y reservar la nota “A” para trabajos de distinción extraordinaria, lo cual resulta inviable cuando la mayoría de las calificaciones superan el 60% (y hasta el 79% en años recientes) con “A”. Esta propuesta será sometida a votación por el pleno de la facultad en la primavera y, de aprobarse, entraría en vigor en el año académico 2026-2027.
En el Perú resulta prioritario avanzar en esta dirección: fortalecer la SUNEDU para erradicar las denominadas ‘fábricas de diplomas’, implementar en todo el sistema los ajustes ya aplicados por Pronabec (como el Promedio ajustado de secundaria y el Promedio corregido por tasa de crecimiento), establecer exámenes nacionales estandarizados; tanto al finalizar la secundaria como el pregrado, y desvincular las evaluaciones docentes de las calificaciones otorgadas al estudiantado. Solo mediante estas medidas será posible restituir el valor original de la nota “A” como una distinción de excelencia, en lugar de considerarse un simple requisito de tránsito.
La meritocracia no constituye un privilegio, sino que representa el método más adecuado para equipar a las nuevas generaciones ante un mundo exigente y sumamente competitivo. Este es el instante oportuno para recuperar la disciplina académica.
(*) Biólogo Molecular de Plantas y Profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia
(**) Biólogo Molecular y Congresista de la República




