La tragedia de Jason Arday ha conmocionado a la academia internacional. Antes de ser encontrado muerto en el apartamento de su familia en Londres, el 14 de agosto, había sido objeto de intenso escrutinio mediático por acusaciones de plagio y cuestionamientos a aspectos de su trayectoria.
Arday, nacido en 1985 en un hogar de inmigrantes ghaneses, obtuvo un doctorado en Educación en Liverpool John Moores University. En 2023 fue nombrado profesor de Sociología de la Educación en Cambridge y, a los 37 años, se convirtió en el profesor negro más joven en la historia de esa universidad.
Su historia parecía extraordinaria. En sus memorias afirmaba que a los tres años le diagnosticaron autismo y retraso global del desarrollo; que no habló hasta los once años y que aprendió a leer y escribir a los dieciocho. También relataba haber corrido treinta maratones en 35 días y recaudado £5,5 millones para organizaciones benéficas. El escrutinio previo a la publicación del libro puso en duda varias de esas afirmaciones: algunas fueron contradichas por documentos o testimonios, otras fueron matizadas por el propio Arday y sobre ciertos episodios existen versiones contradictorias.
Por otro lado, el investigador Nathan Cofnas y diversos medios documentaron numerosos pasajes de su tesis doctoral que presentaban similitudes sustanciales con trabajos anteriores, originando acusaciones de plagio que Arday negó. Las revelaciones provocaron una crisis de credibilidad. Arday renunció a Cambridge el 5 de agosto de 2026 y la universidad anunció una investigación sobre las circunstancias de su nombramiento y trayectoria posterior.
El caso plantea una pregunta incómoda sobre las políticas conocidas como DEI (diversidad, equidad e inclusión), concebidas para ampliar la representación de grupos históricamente subrepresentados y reducir barreras o discriminación en las instituciones: ¿puede ese legítimo objetivo de aumentar la diversidad debilitar el escrutinio académico cuando una institución se enamora de una determinada narrativa biográfica? Cambridge sostiene que sus nombramientos deben realizarse por mérito. Precisamente por ello debe esclarecerse cómo pudieron pasar inadvertidas inconsistencias que luego provocaron una crisis institucional.
El problema no es la diversidad ni la igualdad de oportunidades, sino el riesgo de que políticas institucionales o climas culturales conviertan determinadas identidades o historias personales en credenciales sometidas a menor escrutinio. Si eso ocurre, las bajas expectativas dejan de ser inclusión y se convierten en condescendencia. La investigación de Cambridge deberá determinar qué falló y si esos factores tuvieron algún papel.
Existen numerosos intelectuales negros cuyas trayectorias demuestran que la excelencia, la independencia intelectual y la diversidad son perfectamente compatibles. Thomas Sowell, Walter Williams, Roland Fryer y Glenn Loury, desde generaciones y posiciones distintas, construyeron carreras rigurosas en universidades de primer nivel. Ese debería ser el principio: juzgar las ideas por su calidad, los trabajos por su rigor y a los académicos por la solidez de sus contribuciones. La diversidad puede enriquecer una universidad; no debería sustituir al mérito ni disminuir el escrutinio.
Las universidades peruanas deberían observar con atención el debate internacional sobre DEI. Promover igualdad de oportunidades, ampliar la participación y combatir la discriminación son objetivos legítimos. Algo distinto sería introducir criterios de contratación o promoción que permitieran que la identidad sustituyera al mérito, al rigor intelectual o a la verificación de antecedentes. Importar mecánicamente modelos concebidos para otras realidades también puede desplazar una diversidad particularmente necesaria en nuestra academia: la diversidad de ideas y enfoques.
La lección de Cambridge es una advertencia sobre lo que puede ocurrir cuando una narrativa atractiva reduce el escepticismo que debe acompañar a todo nombramiento académico. La muerte de Arday es una tragedia humana y no corresponde atribuirla, sin evidencia, a una política universitaria. Pero la controversia plantea preguntas legítimas sobre mérito, verificación de antecedentes e integridad intelectual. La mejor defensa de la diversidad no consiste en disminuir estándares, sino en ampliar oportunidades y aplicar a todos el mismo rigor. Las universidades peruanas harían bien en aprender de este caso antes de importar políticas cuyas consecuencias siguen siendo objeto de intenso debate.
(*) Biólogo molecular de plantas y profesor de la Universidad Peruana Cayetano Heredia.
(**) Biólogo molecular y excongresista de la República.



