18 de agosto de 2026

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Por: Manolo Fernández D. / Envejecer no es desgaste, es pérdida de información

Manolo Fernández Díaz

Imagina un disco compacto —un CD— que guarda la mejor música jamás grabada. Con los años, la superficie se llena de rayones. La música sigue ahí, intacta, grabada en el surco; lo que falla es el lector porque ya no puede leerla con precisión. Salta, se distorsiona, suena produciendo ruido.

Según el genetista de Harvard, David Sinclair (Life Biosciences), eso es exactamente lo que nos pasa a nosotros cuando envejecemos. Lo cual tiene lógica y lo comunique en mi artículo anterior (La Frecuencia de la Vida). Pues acabamos de cruzar una línea que la medicina llevaba un siglo esperando.

Durante décadas asumimos que envejecer era como el deterioro de un auto debido a piezas que se rozan, se desgastan, se rompen. Sinclair propone una idea distinta, hoy conocida como la teoría de la información del envejecimiento, nosotros no somos máquinas mecánicas, somos más parecidos a una computadora.

En esa analogía, el ADN es la música grabada en el disco donde la secuencia de instrucciones apenas cambia a lo largo de la vida. Lo que sí cambia —y se degrada— es el epigenoma, el conjunto de marcas químicas que le dicen a cada célula qué parte de esa música debe tocar en cada momento. Una célula de la piel y una neurona comparten el mismo ADN, pero «leen» capítulos distintos gracias a este sistema de anotaciones.

Con el paso de los años, esas marcas se deterioran. Las células empiezan a perder la partitura y pueden olvidar qué tipo de célula son, fabrican las proteínas equivocadas, se confunden. Ese ruido epigenético, sostiene Sinclair, es el origen de buena parte de las enfermedades asociadas a la edad: no un desgaste irreversible, sino información mal leída.

La consecuencia de esta idea es tan simple como radical porque si el envejecimiento es una pérdida de información —y no una destrucción física del «disco»— entonces, en teoría, se puede restaurar.

El mecanismo que lo hace posible se llama reprogramación epigenética parcial, y se apoya en un hallazgo que ya mereció un Nobel por los llamados factores de Yamanaka, un cóctel de genes (en la variante que usa el laboratorio de Sinclair, tres de ellos: Oct4, Sox2 y Klf4) capaces de «resetear» una célula adulta y devolverla a un estado más joven sin borrar su identidad.

En 2020, el equipo de Sinclair publicó en la revista Nature un experimento que sorprendió a la comunidad científica: aplicaron esta reprogramación a las neuronas del nervio óptico de ratones con daño ocular y glaucoma. Los animales, que antes no podían ver, recuperaron la visión. Las células habían «olvidado» su edad y su daño, y volvieron a comportarse como células jóvenes. En ese y otros experimentos posteriores, el laboratorio reporta haber revertido marcadores de edad celular hasta en un 75% en apenas seis semanas, en tejidos tan complejos como el ojo y el cerebro.

Lo que hace apenas unos años era una promesa de laboratorio, hoy en el 2026 es un ensayo clínico real. La empresa Life Biosciences —cofundada por Sinclair— recibió luz verde de la FDA, la agencia regulatoria de medicamentos de Estados Unidos, para iniciar la primera prueba en humanos de esta terapia de reversión de edad, bautizada ER-100, dirigida a personas con neuropatías ópticas como el glaucoma. En junio de este año se dosificó al primer paciente de este ensayo de fase 1, un hito que marca por primera vez en la historia que la reprogramación epigenética se prueba directamente en personas.

Que la FDA haya autorizado este ensayo no es un trámite menor: es el reconocimiento de que la hipótesis tiene suficiente respaldo experimental como para ponerla a prueba en el organismo más complejo que conocemos, el humano. Los propios investigadores son cautos porque  se trata de un ensayo de fase 1, pensado ante todo para evaluar seguridad, y todavía tomará tiempo saber si el efecto observado en ratones —recuperar la vista, rejuvenecer tejido nervioso— se replica en personas.

La promesa detrás de esta investigación no es solo alargar la vida, sino tratar diversas enfermedades y a su vez imaginar una vejez en la que el cuerpo conserve, durante más años, la capacidad de leer correctamente sus propias instrucciones. Si el envejecimiento es, en el fondo, información que se pierde y no una maquinaria que se rompe, entonces —al menos en teoría— es información que también se puede recuperar.

Todavía falta un largo camino de evidencia clínica antes de saber si esta promesa se cumple en nosotros. Pero por primera vez en la historia de la medicina, la pregunta «¿se puede revertir el envejecimiento?» dejó de ser una metáfora y se convirtió en un experimento en curso.

(*) MV, MSC, PhD h.c.

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