Hoy nos reunimos para recordar y celebrar la vida de mi padre, Mine. Gracias a los familiares y amigos que están aquí y que nos han acompañado durante este mes. Su presencia es consuelo y testimonio del cariño que mi padre sembró.
Mine fue querido por todos los que hoy lo despedimos, y mi hermana y yo tuvimos la suerte de compartir con él sus últimos años. En ese tiempo aprendimos -como también lo aprendieron quienes pudieron caminar a su lado en alguna etapa de su vida- muchísimas lecciones y aprendizajes que nos ayudaron a ser mejores. Fue un hombre comprometido, que dedicó su vida a la política y a un Perú que siempre reconoció como su hogar. Nos enseñó la importancia de luchar por lo que consideramos justo, y de actuar con dignidad, honradez y valentía, incluso cuando las circunstancias se volvían adversas.
Mi padre buscaba la verdad más allá de las apariencias y fue un fiel creyente de la razón. Curioso por naturaleza y amante de la historia, jamás conocí a alguien con más anécdotas para contar. Amaba la poesía y el arte, aunque, con su característico humor, renegaba de esas huachafadascontemporáneas que nadie entiende. Él era crítico, agudo, y siempre dispuesto a discutir con pasión, pero también a escuchar.
Quienes lo conocieron saben que era bromista: dudo que haya alguien en esta Iglesia a quien no haya molestado cariñosamente o hecho reír alguna vez. Y era también solidario. En estos días, muchas personas queridas nos han contado cuánto les ayudó siempre que pudo. Nos deja la satisfacción de saber que su mano tendida alivió los caminos de quienes amó.
En medio de la tristeza, la fe nos ofrece palabras que sostienen. Hoy quiero recordar estos versos de Jorge Manrique, en las Coplas a la muerte de su padre:
“Dio el alma a quien se la dio,
el cual la ponga en el cielo
y en su gloria;
y aunque la vida murió,
nos deja harto consuelo
su memoria”
También nos acompaña el consuelo de ese texto que a él le gustaba de San Agustín que reza:
“La muerte no es nada.
Yo sólo me he ido a la habitación de al lado.
Llámame por el nombre de siempre,
háblame como siempre lo has hecho.
Sigue riéndote de lo que nos hacía reír juntos.
El hilo no está cortado…
Enjuaga tus lágrimas y no llores, si me amas”
Esa es la huella que Mine nos deja: una memoria viva que no se corta con la muerte. Nos deja su ejemplo de servicio, su sentido del humor, su amor por el Perú, su terquedad noble para defender lo que creía justo, y esa curiosidad inagotable que lo llevaba a preguntarlo todo.
Hoy, como familia, queremos darle las gracias. Gracias por tus consejos, por tus discusiones, por tus bromas, por enseñarnos a pensar con la cabeza y a actuar con el corazón. Gracias por mostrarnos que la dignidad no se negocia, y que la verdad siempre merece la pena.
Te despedimos con dolor, pero también con esperanza. Y nosotros seguiremos pronunciando tu nombre en casa como siempre, riéndonos de tus chistes, contando tus historias, y buscando, como tú, la justicia y la verdad.
Descansa en paz, Mine. Tu memoria nos sostiene y nos impulsa.
(Mensaje de despedida del hijo de Manuel Ruiz Huidobro Cubas, pronunciado durante la Santa Misa en homenaje a su padre)




