10 de mayo de 2026

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Por: Ricardo Sánchez Serra / África, corazón espiritual del cristianismo

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El viaje del Papa León XIV a África no fue un simple recorrido pastoral, sino una proclamación de fe y esperanza en el continente más fértil para la expansión del cristianismo y, al mismo tiempo, el más golpeado por la persecución religiosa. África, con más de 640 millones de cristianos -casi la mitad de su población- frente a 422 millones de musulmanes y un 8 % de religiones tradicionales, se ha convertido en el epicentro de la fe. Allí, donde la sangre de los mártires sigue siendo semilla de la Iglesia, el Pontífice reafirmó que el futuro del cristianismo se juega en tierras africanas.

La historia de la evangelización en África se remonta al siglo I, con la Iglesia de Alejandría y figuras como San Agustín de Hipona, Tertuliano y San Cipriano, que marcaron el pensamiento cristiano universal. En Etiopía y Egipto sobrevivieron las iglesias coptas, testigos de una fe que resistió persecuciones y divisiones.

Con la llegada de los portugueses en el siglo XV y XVI, África se convirtió en campo de acción de la fe, especialmente en Angola y Mozambique. Más tarde, la colonización española dejó su huella en Guinea Ecuatorial, única colonia subsahariana, donde órdenes como los Franciscanos, Dominicos y Claretianos fundaron parroquias, escuelas y hospitales que marcaron la vida social y cultural, y también en Marruecos y el Magreb, donde misioneros españoles sostuvieron pequeñas comunidades cristianas en medio de la hegemonía islámica. Ese antecedente se enlaza con el evento ecuménico de 2019 en Rabat, cuando el Papa Francisco y el rey Mohamed VI subrayaron la importancia del diálogo interreligioso y la convivencia pacífica, un hilo que León XIV retomó en su reciente visita.

En los siglos XIX y XX, África se convirtió en campo de acción de órdenes como los Jesuitas, los Espiritanos, los Misioneros Combonianos y los Padres Blancos, que fundaron escuelas, hospitales y comunidades, defendieron a los más pobres y muchas veces murieron por ello. Los Padres Blancos, fundados en 1868 en Argelia por el cardenal Charles Lavigerie, se distinguieron por su hábito blanco inspirado en la vestimenta local y por su compromiso con la educación, la salud y el diálogo interreligioso, extendiendo su presencia a decenas de países africanos y acompañando comunidades en medio de guerras y persecuciones, con varios de sus miembros asesinados en Argelia en la década de 1990 y considerados mártires de la fe. Se calcula que más de 1.500 misioneros han sido asesinados en África en los últimos dos siglos, víctimas de guerras, epidemias o ataques directos, y decenas han sido elevados a la categoría de santos y beatos.

Entre ellos destacan los Mártires de Uganda, canonizados por san Pablo VI en 1964, que dieron su vida en el siglo XIX por negarse a renunciar a su fe; san Daniel Comboni, fundador de los Misioneros Combonianos, que dedicó su vida a la evangelización del Sudán; y san Carlos Lwanga, joven catequista ugandés que murió defendiendo la pureza y la fe cristiana.

El Papa León XIV recorrió Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial, llevando mensajes distintos pero unidos por un mismo hilo: la reconciliación y el diálogo interreligioso. En Argelia, tierra de San Agustín, tendió puentes con el islam y recordó que la fraternidad es posible cuando se reconoce al mismo Padre misericordioso. En Camerún, marcado por tensiones internas, exigió reconciliación nacional y denunció la corrupción y el neocolonialismo.

Asimismo, en Angola, en el santuario de Mamã Muxima, celebró la alegría de la fe y pidió compromiso en educación y salud. En Guinea Ecuatorial, en el aniversario de la evangelización, rezó con los presos bajo la lluvia, gesto que definió como signo auténtico del Reino de Dios.

La visita tuvo un trasfondo dramático: el cristianismo es hoy la religión más perseguida del mundo, con más de 380 millones de fieles hostigados y más de 7.000 asesinados en África en 2025, especialmente en Nigeria y el Congo, donde cada día mueren unos 30 y otros 35 son secuestrados por grupos extremistas. El Papa denunció estas masacres y recordó que el martirio de tantos misioneros y creyentes es testimonio de una fe que no se rinde.

El aporte peruano también está presente en esta historia. Santos como san Martín de Porres, venerado en comunidades africanas como símbolo de igualdad racial y fraternidad universal; santa Rosa de Lima, reconocida como la primera santa de América y modelo de entrega a los pobres, cuya devoción llegó a África; y santo Toribio de Mogrovejo, arzobispo de Lima y organizador de la Iglesia en Sudamérica, propuesto como inspiración para la nueva evangelización africana.

Además, misioneros peruanos han servido en África: destaca Mirtha Espino, de la Iglesia Alianza Cristiana y Misionera, que trabajó durante 14 años en Guinea Ecuatorial en educación, discipulado y apoyo a mujeres y niños, dejando un legado espiritual y social. Hoy, religiosos peruanos vinculados a congregaciones internacionales como los Misioneros del Sagrado Corazón y los Combonianos continúan en proyectos de evangelización, salud y educación en distintos países africanos.

Los papas anteriores también marcaron huella en África: san Pablo VI fue el primero en visitar el continente en 1969, proclamando que África sería “el nuevo pulmón espiritual de la Iglesia”; san Juan Pablo II realizó más de 40 viajes a países africanos, defendiendo la dignidad humana y la paz; Benedicto XVI denunció la explotación y el neocolonialismo; y Francisco insistió en la fraternidad universal y el cuidado de la creación. León XIV se inscribe en esa tradición, pero con un énfasis renovado en la evangelización y el ecumenismo, consciente de que África es hoy el lugar donde la Iglesia crece más rápido y donde se libra la batalla más dura por la libertad religiosa.

El Vaticano concluyó la gira con una frase que resume su significado: “África es el corazón espiritual del cristianismo del siglo XXI, porque donde abundan las pruebas, florece la esperanza.” La visita deja claro que el continente no solo es escenario de dolor, sino también el lugar donde la fe se renueva con más fuerza, donde el ecumenismo se convierte en necesidad vital y donde la Iglesia encuentra su futuro, con la huella universal de santos y misioneros -incluidos los peruanos y los españoles en Guinea y Marruecos- que entregaron su vida por Cristo en tierras africanas.

 

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