El destacado periodista Javier Ocampo Ponce ha lanzado una de las ideas más audaces y necesarias de los últimos años: que el Museo de la Memoria (LUM) sea administrado por las Fuerzas Armadas del Perú. Su planteamiento abre un debate crucial sobre cómo debe transmitirse la historia de los años más aciagos de la nación, cuando el terrorismo de Sendero Luminoso y el MRTA tiñó de sangre el país entero.
El LUM, desde su creación, ha sido objeto de controversia. Su línea narrativa ha privilegiado la noción de “conflicto interno” o “guerra civil”, dejando en segundo plano la agresión terrorista que padecieron millones de peruanos. Esa visión parcial ha debilitado la condena firme que merece el terrorismo, y ha invisibilizado el sacrificio de militares, policías, campesinos y ronderos que defendieron al país en condiciones extremas. Más aún, se pretendió colocar en un mismo plano la acción criminal de Sendero Luminoso y el MRTA con la legítima defensa del Estado y la lucha por la democracia, una equiparación absurda que distorsiona la verdad histórica y ofende la memoria de las víctimas.
La propuesta de Ocampo busca corregir esa distorsión. Un museo administrado por las Fuerzas Armadas garantizaría que la memoria se construya desde la verdad histórica, con rigor y justicia. Allí deberían destacarse las atrocidades cometidas por los grupos subversivos: secuestros, asesinatos, voladuras de puentes y torres de energía, pueblos enteros privados de agua y luz, y la insanía de obligar a inocentes a portar explosivos como instrumentos de terror.
El recuerdo de otros espacios refuerza esta idea. En Buenos Aires, el llamado “Museo de la Subversión”, instalado en la Comandancia General del Ejército -el cual visité-, mostraba con crudeza los objetos incautados a los Montoneros y al ELN: biblias adaptadas para ocultar armas, manuales clandestinos, documentos falsificados, propaganda y artefactos bélicos caseros. Era un testimonio directo de la violencia y del sufrimiento que vivió la sociedad argentina.
En varios países existen museos administrados por las Fuerzas Armadas, dedicados al espionaje o a la memoria de la subversión. Aunque algunos han pasado a manos civiles o ministerios de Cultura, la experiencia demuestra que la administración militar puede ofrecer una visión firme y objetiva de los hechos, sin concesiones ideológicas.
Cabe recordar que en las instalaciones del Ejército se ha recreado un espacio dedicado a la Operación Chavín de Huántar, una de las gestas más heroicas de la historia reciente del Perú y que es estudiada por las mejores escuelas militares del mundo. Este lugar es visitado por miles de ciudadanos y escolares, y se distingue por la excelencia de sus guías y la claridad con que se explica el sacrificio y la estrategia militar que permitió liberar a los rehenes de la residencia del embajador japonés en 1997. La experiencia demuestra que las Fuerzas Armadas poseen la capacidad de transmitir la memoria nacional con rigor, solemnidad y sentido pedagógico.
El Perú necesita esa claridad. La batalla cultural ha sido ganada por sectores que relativizan el terrorismo, y gran parte de la juventud desconoce lo que realmente sucedió en los años ochenta y noventa. Padres y abuelos, por miedo o indiferencia, no transmitieron la experiencia vivida. Por ello, el LUM bajo administración de las Fuerzas Armadas sería un acierto histórico: un espacio donde la memoria se construya con verdad, justicia y reconocimiento al sacrificio de quienes defendieron la patria.
La propuesta debe ir acompañada de una disposición del Ministerio de Educación: que todos los colegios visiten el museo como parte de su formación cívica. Solo así las nuevas generaciones comprenderán la magnitud de la agresión terrorista y el valor de quienes la enfrentaron.
El Perú se encarrila hacia lo que faltaba: un Museo de la Memoria que sea realmente memoria de la verdad, firme en la condena al terrorismo y justo en el homenaje a sus víctimas y defensores.
(*) Premio Mundial de Periodismo “Visión Honesta 2023”



