La Unión Europea atraviesa una evidente crisis de credibilidad. Las reacciones tibias frente a ataques verbales contra países miembros como España o Hungría revelan un problema más profundo: la falta de cohesión política y de liderazgo dentro del bloque. Lo que alguna vez se presentó como un proyecto capaz de convertirse en una potencia global parece hoy, para muchos observadores, un cascarón institucional: una estructura compleja, pero con escasa capacidad para actuar con equilibrio y coherencia.
Conviene aclararlo desde el inicio: las críticas no van dirigidas contra los países europeos, sino contra la creciente burocratización de la élite política de Bruselas. Con demasiada frecuencia, esa dirigencia parece alejarse de las preocupaciones reales de los ciudadanos y de los intereses legítimos de los Estados miembros.
Las críticas hacia sus principales dirigentes se multiplican. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, enfrenta cuestionamientos cada vez más abiertos por el rumbo político del bloque. Aunque ocupa uno de los cargos más poderosos de Europa, no es elegida directamente por los ciudadanos. Sin embargo, sus decisiones suelen proyectar la impresión de situarse por encima de gobiernos nacionales que sí cuentan con legitimidad electoral directa.
Uno de los ámbitos más controvertidos ha sido la política migratoria. Durante los últimos años, la presión migratoria ha aumentado de manera significativa, generando tensiones sociales y políticas en varios países. Italia, situada en la primera línea geográfica del Mediterráneo, ha advertido reiteradamente sobre el impacto de estas corrientes migratorias y ha solicitado una mayor solidaridad europea. Sin embargo, muchas de sus preocupaciones han sido escuchadas con más retórica que soluciones concretas.
En el ámbito de la política exterior, la situación tampoco ha contribuido a fortalecer la imagen de la UE. La actual Alta Representante para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, ha sido objeto de cuestionamientos por un estilo político que numerosos observadores consideran más cercano a la lógica de la confrontación que a la tradición diplomática europea. Varias de sus intervenciones públicas han insistido en la necesidad de impedir cualquier victoria rusa en la guerra de Ucrania, un lenguaje que algunos diplomáticos consideran impropio de una jefatura encargada de preservar canales de negociación. Ante ese lenguaje, más de un diplomático europeo podría preguntarse con ironía y nostalgia: “Talleyrand, Metternich… ¿por qué no regresan?”
La diplomacia, por definición, busca abrir puertas incluso en medio de los conflictos. Sin embargo, desde el inicio de la guerra la UE no ha presentado una iniciativa propia de negociación ni un plan de paz integral que permita vislumbrar una salida política al conflicto. La política europea ha estado dominada, más bien, por una lógica de apoyo militar creciente, en la que el lenguaje de la estrategia parece haber desplazado al de la mediación.
A ello se suma la percepción de que las instituciones comunitarias ejercen presiones políticas sobre Estados miembros que adoptan posiciones divergentes. Países como Hungría o Eslovaquia han denunciado intentos de imponer determinadas orientaciones políticas desde Bruselas. En una unión que se define como democrática, la legitimidad debería descansar precisamente en el respeto a la soberanía de los Estados y en la no injerencia en sus procesos electorales.
Las controversias también han alcanzado debates políticos internos en países como Rumanía, donde diversos sectores han denunciado presiones externas en momentos electorales. Episodios como estos alimentan la sensación de una creciente centralización política que no siempre respeta plenamente la diversidad de intereses nacionales dentro de Europa.
Mientras tanto, el énfasis creciente en el gasto militar y en el fortalecimiento de la industria de defensa europea ha abierto otro debate dentro del continente. Para muchos ciudadanos, Europa debería priorizar el desarrollo económico, la innovación, la estabilidad social y la prosperidad de sus pueblos antes que una carrera armamentística permanente.
En teoría, la UE posee todos los elementos necesarios para desempeñar un papel global de primer orden: una de las mayores economías del planeta, un vasto mercado común y una larga tradición diplomática. Sin embargo, sus divisiones internas continúan limitando ese potencial.
En este contexto resulta reveladora la reflexión atribuida a un antiguo embajador europeo en Washington: “Europa es un gigante económico, un enano militar y, cada vez más, una incógnita política”.
En ese contexto, algunos analistas recuerdan que Europa podría haber desarrollado una arquitectura económica más amplia y complementaria con Rusia. Durante décadas, la combinación entre la capacidad industrial y tecnológica europea y los vastos recursos energéticos y naturales rusos fue vista por muchos estrategas como una oportunidad para construir un espacio económico euroasiático de gran peso global. Hoy esa posibilidad parece lejana, resultado de decisiones políticas y de una creciente lógica de confrontación.
Un experimentado embajador europeo y amigo me lo resumió con crudeza: “Europa podría convertirse en una gran potencia mundial si actuara realmente unida. Pero eso nunca sucederá”.
No es casual que durante décadas se haya repetido una observación atribuida al genio diplomático estadounidense Henry Kissinger: “¿A quién llamo cuando quiero hablar con Europa?”. La frase resume el dilema fundamental del continente: una arquitectura institucional compleja, pero sin una voz política verdaderamente unificada.
Países con una fuerte identidad nacional, como Italia o España, enfrentan además el desafío de equilibrar su pertenencia al proyecto europeo con sus propias prioridades estratégicas. Italia podría reforzar aún más sus vínculos con su diáspora y con países afines. España, por su parte, mantiene lazos históricos, culturales y económicos profundos con América Latina, especialmente con los antiguos virreinatos que formaron parte de su historia. Más allá de las polémicas heredadas e infundadas del pasado, lo cierto es que España sigue siendo ampliamente apreciada en gran parte de esas sociedades por el legado cultural e institucional que contribuyó a forjar. Por ello, le convendría mirar más y mejor hacia ese espacio.
La UE nació como un proyecto de cooperación, prosperidad y paz tras las tragedias del siglo XX. Sin embargo, cuando sus instituciones se distancian de las preocupaciones reales de los ciudadanos y de la diversidad de intereses nacionales, la confianza en el proyecto europeo comienza a erosionarse.
Europa posee la historia, la economía y la cultura para ser una potencia mundial. Lo que hoy le falta es liderazgo político y sentido estratégico. Sin ello, la UE corre el riesgo de convertirse en una gran maquinaria burocrática que habla en nombre de Europa, pero que ya no la representa.
(*) Premio Mundial de Periodismo “Visión Honesta 2023”




