Confieso que me emocioné al ver a Keiko Fujimori recibir, por fin, la banda presidencial. No fue únicamente la culminación de una victoria electoral; fue la imagen de una larga historia de perseverancia, resistencia y convicción que, después de tres campañas – no sanctas-presidenciales frustradas, encontró finalmente su recompensa.
Muchos podrán discrepar políticamente con ella. Es legítimo. Pero nadie puede negar que llegar hasta este momento exigió una fortaleza poco común. Fueron años de revesas, de ataques, de injustos procesos judiciales, de una intensa campaña de descrédito y de un antifujimorismo que durante décadas convirtió su nombre en el centro de la confrontación política nacional. Sin embargo, perseveró y jamás se desanimó.
Mientras observaba aquella ceremonia, inevitablemente pensé también en Alberto Fujimori, con quien tuve el honor de colaborar como prefecto del Callao. Su legado siempre será materia de debate, pero la historia difícilmente podrá borrar hechos fundamentales: la derrota del terrorismo que desangraba al país, el fin de la hiperinflación que destruía la economía familiar, la firma de la paz definitiva con el Ecuador, la reinserción internacional del Perú y el inicio de una profunda modernización de la infraestructura nacional. Esos logros nunca debieron ser relegados por razones ideológicas ni políticas. De algún modo, el triunfo de Keiko representa también una reivindicación histórica de esa etapa del Perú.
Hay además un hecho que merece destacarse con justicia: Keiko Fujimori es la primera mujer elegida democráticamente presidenta de la República. No es un dato menor. Constituye un hito histórico que trasciende las simpatías partidarias y que debería ser motivo de orgullo para todos los peruanos.
Lamentablemente, la jornada también dejó imágenes poco edificantes. Apenas inició su mensaje al Congreso, un sector de la oposición comenzó a interrumpir el acto con protestas hasta abandonar el Hemiciclo. Esa actitud refleja una preocupante incapacidad para aceptar el veredicto democrático cuando este no coincide con las propias preferencias políticas. Así son los comunistas, conózcalos.
La democracia no consiste únicamente en ganar elecciones. También exige saber perder, escuchar y respetar las instituciones. Quien reclama tolerancia debe practicarla. Quien exige pluralismo debe aceptar que existen mayorías legítimamente elegidas. Lo mínimo que merece cualquier gobierno democráticamente electo es el beneficio de la duda y el tiempo necesario para demostrar si cumple o no con sus compromisos. La fiscalización es indispensable; la obstrucción sistemática desde el primer minuto no fortalece la democracia.
No es la primera vez que la perseverancia derrota al escepticismo. Escribí antes que tres derrotas electorales no significaban el final de una carrera política. La historia ofrece numerosos ejemplos. Andrés Manuel López Obrador perdió antes de llegar a la presidencia de México; François Mitterrand necesitó varios intentos antes de gobernar Francia; Luiz Inácio Lula da Silva también conoció la derrota antes de convertirse en presidente del Brasil. La política premia muchas veces a quienes saben resistir.
Keiko Fujimori recorrió ese mismo camino. La perseverancia, la fe, la cercanía con la ciudadanía y la posibilidad de que muchos peruanos la conocieran más allá de los prejuicios fueron desmontando progresivamente la narrativa que durante años alimentó el antifujimorismo. Su triunfo también representa, para muchos de sus seguidores, una reivindicación frente a lo que consideran una prolongada persecución política y judicial.
Estas elecciones no fueron unas elecciones cualesquiera. Se vivieron con enorme intensidad emocional e ideológica. Dividieron familias, enfrentaron amigos, deterioraron relaciones personales y generaron una incertidumbre pocas veces vista. Conocí personas que, convencidas de que el Perú podía tomar un rumbo inspirado en modelos estatistas y autoritarios, vivieron el proceso con auténtica angustia. Algunos incluso sufrieron graves quebrantos en su salud. Esa tensión demuestra hasta qué punto los peruanos entendieron que lo que estaba en juego era mucho más que un simple cambio de gobierno.
Ahora comienza la etapa más difícil: gobernar. Los desafíos son inmensos. La inseguridad ciudadana exige respuestas inmediatas. La economía necesita recuperar dinamismo, atraer inversión y generar empleo formal. La educación, la salud y la infraestructura requieren profundas reformas. La lucha contra la corrupción debe fortalecerse. Nada de ello se resolverá de la noche a la mañana.
Por eso será indispensable actuar con serenidad. Ni el entusiasmo debe transformarse en triunfalismo ni las dificultades iniciales en motivo de desesperanza. Los grandes procesos de reconstrucción nacional requieren tiempo, firmeza y liderazgo.
Esta es la gran oportunidad de Keiko Fujimori, pero también del pensamiento conservador entendido en su verdadero sentido: la defensa de la libertad individual, del Estado de derecho, de la familia, de la propiedad privada, de la economía social de mercado, del respeto a las instituciones, de la iniciativa empresarial, de la inversión nacional y extranjera, de la seguridad jurídica y de una democracia sólida que rechace tanto los extremismos de izquierda como cualquier tentación autoritaria.
Los peruanos ya eligieron. Corresponde ahora respetar esa decisión y permitir que el nuevo gobierno trabaje. Habrá tiempo para juzgar sus resultados. La crítica responsable será siempre necesaria, pero también lo será la honestidad intelectual para reconocer los aciertos cuando estos lleguen.
Después de tantos años de confrontación, quizá el país merezca una oportunidad para reconciliarse consigo mismo. La banda presidencial que hoy lleva Keiko Fujimori simboliza una victoria política, pero también una lección profundamente humana: la perseverancia, cuando se sostiene con convicción, puede terminar venciendo incluso a las derrotas más dolorosas.
Que esa perseverancia sirva ahora para construir un Perú más seguro, más próspero, más libre y más unido, donde las diferencias políticas no vuelvan a convertir a compatriotas en enemigos y donde el futuro pese más que los resentimientos del pasado.
(*) Premio Mundial de Periodismo “Visión Honesta 2023”



