29 de junio de 2026

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Lima: Cargando...

Por: Ricardo Sánchez Serra / La hora de gobernar

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Concluido el proceso electoral, el Perú ha ingresado en una nueva etapa política. La victoria de Keiko Fujimori representa no solo el triunfo de una candidatura, sino también el respaldo ciudadano a una organización que, a lo largo de los años, logró consolidar una estructura nacional con dirigentes, cuadros, militantes y presencia territorial en gran parte del país.

Más allá de las simpatías o discrepancias que pueda generar Keiko Fujimori, corresponde reconocer que el resultado electoral le otorga la legitimidad necesaria para conducir los destinos de la Nación y asumir la enorme responsabilidad que ello implica.

Ahora comienza la etapa más importante: gobernar.

Los ciudadanos esperan respuestas concretas a problemas que afectan su vida cotidiana. Entre ellos destacan dos que generan especial angustia: la inseguridad ciudadana y la crisis del sistema de salud. A estos desafíos se suman la recuperación económica, la generación de empleo formal, la lucha contra la corrupción, el fortalecimiento de la educación, la modernización del Estado, la mejora de la infraestructura y la promoción de inversiones que impulsen el crecimiento y reduzcan la pobreza.

Pero gobernar no consiste únicamente en resolver las urgencias del presente. También implica ofrecer un horizonte de esperanza y fijar un rumbo claro para el país. Keiko Fujimori debería asumir como uno de los grandes compromisos de su gestión entregar, en el 2031, un Perú más moderno, más ordenado, más seguro y más próspero; un país donde los jóvenes vuelvan a creer que su futuro está aquí, donde cada vez menos peruanos sientan la necesidad de emigrar en busca de oportunidades y donde, por el contrario, miles de compatriotas decidan regresar porque encontrarán empleo bien remunerado, estabilidad, confianza y la posibilidad de construir un proyecto de vida para sus familias. Ese sería, quizás, el mayor legado de cualquier gobierno: hacer del Perú una tierra de oportunidades, a la que nadie quiera renunciar y a la que muchos deseen volver.

Muchas soluciones requieren tiempo para mostrar resultados, pero la ciudadanía necesita percibir desde el primer día una dirección clara, decisiones firmes y una gestión eficiente. El plan de gobierno de Fuerza Popular, elaborado con el aporte de profesionales y técnicos de reconocida experiencia, constituye una base importante para afrontar estos retos.

Los hechos serán la mejor respuesta frente a quienes durante años construyeron su identidad política alrededor del antifujimorismo. Una gestión eficaz, transparente y orientada a resultados tendrá más fuerza que cualquier debate ideológico o prejuicios. Gobernar bien será la forma más contundente de demostrar que el Perú puede superar las divisiones que han marcado su vida política.

Pero existe una tarea aún más trascendente: construir gobernabilidad.

El país necesita un gobierno de concertación democrática y excelencia técnica, capaz de convocar a las mejores personas sin importar su procedencia política, siempre que compartan principios fundamentales como la defensa de la democracia, el Estado de derecho, las libertades individuales, la economía social de mercado, la institucionalidad republicana, la seguridad jurídica, el respeto a la propiedad privada, además de ser consecuente con el Plan de Gobierno de Fuerza Popular.

Los grandes desafíos nacionales no pueden enfrentarse desde el aislamiento político. Por ello resulta indispensable promover un programa mínimo de coincidencias nacionales que permita sumar voluntades alrededor de objetivos comunes. El Perú necesita acuerdos, no enfrentamientos permanentes; soluciones, no consignas; responsabilidad, no obstrucción.

En una democracia madura, la oposición tiene el derecho y el deber de fiscalizar, proponer y contribuir al fortalecimiento institucional del país. Pero la discrepancia legítima no puede confundirse con el bloqueo sistemático ni con la revancha política. Quienes han recibido la confianza ciudadana deben actuar conforme a sus principios y al interés nacional, no subordinados a consignas partidarias o resentimientos electorales.

Sería particularmente grave que, en esa lógica de confrontación permanente, algunos terminen coincidiendo con sectores que nunca han roto plenamente con las ideas que inspiraron la violencia terrorista que ensangrentó al Perú durante décadas. La historia suele ser severa con quienes, por cálculo político, olvidan las lecciones más dolorosas de la Nación.

La gobernabilidad exige también tender puentes con las fuerzas políticas representadas en el Senado y la Cámara de Diputados que compartan un compromiso con la institucionalidad democrática. El diálogo con agrupaciones como Renovación Nacional -u otros- y, especialmente, Buen Gobierno -a quien la ciudadanía ha conferido la responsabilidad de inclinar la balanza parlamentaria- puede resultar fundamental para construir mayorías responsables que permitan impulsar las reformas que el país necesita.

Incluso podría contemplarse que Fuerza Popular renuncie a presidir una de las dos cámaras si ello facilita la construcción de una mayoría estable y comprometida con la gobernabilidad. Pero semejante gesto solo tendría sentido en el marco de acuerdos políticos serios, públicos y verificables. La estabilidad del país exige generosidad, pero también prudencia. Los consensos duraderos se construyen sobre la confianza y la coincidencia en principios fundamentales, no sobre expectativas inciertas ni compromisos ambiguos.

La conformación de las mesas directivas, la coordinación legislativa y la búsqueda de consensos programáticos no deben entenderse como un reparto de cuotas de poder, sino como mecanismos indispensables para garantizar estabilidad política y eficacia gubernamental.

La ciudadanía ha elegido a Fuerza Popular y a su lideresa, Keiko Fujimori, para conducir el país. Esa decisión merece respeto. Pero también exige una enorme responsabilidad. Ganar una elección es importante; gobernar con éxito lo es mucho más.

El Perú se encuentra ante una de esas encrucijadas que terminan definiendo el destino de las naciones. Es la oportunidad de restaurar la confianza en las instituciones, fortalecer los cimientos de la República y proyectar al país hacia un futuro de prosperidad, seguridad y esperanza. Para lograrlo se requerirá firmeza en los principios, generosidad en el diálogo y una auténtica visión de Estado que coloque el interés nacional por encima de cualquier cálculo político.

La democracia no se sostiene únicamente en las urnas; se engrandece con responsabilidad, prudencia y sentido de grandeza. El Perú no necesita oposiciones movidas por el resentimiento ni gobiernos encerrados en la sordera. Necesita estadistas capaces de elevar la mirada más allá de la coyuntura y pensar en el legado que dejarán a las próximas generaciones.

Cuando se escriban las páginas de este tiempo, no serán las consignas pasajeras las que ocupen un lugar de honor en la memoria nacional, sino las decisiones valientes y los acuerdos generosos que hicieron posible la estabilidad, el desarrollo y la reconciliación de los peruanos. Porque, al final, la historia siempre distingue a quienes estuvieron a la altura de su misión cuando la patria más los necesitaba.

Como afirmaba Abraham Lincoln: «Una casa dividida contra sí misma no puede mantenerse en pie». El Perú necesita unidad en la diversidad, acuerdos en la discrepancia y grandeza en la conducción de sus asuntos públicos. Porque gobernar no es solo administrar el presente; es sembrar las condiciones para que las próximas generaciones puedan vivir mejor que la actual. Ha llegado la hora de gobernar.

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