6 de abril de 2026

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Lima: Cargando...

Por Ricardo Sánchez Serra / Perú y Marruecos, entre la ideología y la ingratitud

Ricardo Sánchez Serra

Me lo pregunto con firmeza y sin eufemismos: ¿Es Perú amigo de Marruecos? La respuesta, a la luz de los hechos, es dolorosamente clara: no lo es. Y no por falta de gestos de amistad del Reino de Marruecos, sino por una cadena de decisiones erráticas, ideologizadas y diplomáticamente torpes por parte del Estado peruano.

Marruecos ha extendido su mano al Perú en múltiples ocasiones. Donó ayuda humanitaria tras el terremoto de Pisco, ofreció fertilizantes en momentos de crisis agrícola, y -lo que muchos ignoran o prefieren callar- brindó un apoyo decisivo al Perú en la Corte Internacional de Justicia de La Haya durante el litigio marítimo con Chile. El juez marroquí Mohamed Bennouna, con su voto y, sobre todo, con sus preguntas incisivas y demoledoras, dejó sin argumentos a los agentes chilenos. Su intervención -que no solo era personsl- fue clave para inclinar la balanza jurídica a favor del Perú. ¿Cómo ha respondido el Estado peruano a ese respaldo? Con cachetadas diplomáticas.

El reconocimiento intermitente de la llamada RASD -una entidad sin atributos estatales reales, sostenida por Argelia y controlada por el grupo terrorista Polisario- ha sido una afrenta reiterada. Ese grupo mantiene secuestrados a más de 40 mil saharauis marroquíes en los campamentos de Tinduf, sin censo, sin libertad de movimiento, sin derechos humanos. Yo estuve allí, soy observador directo. Y el Perú, en lugar de condenar esa situación, ha preferido mirar hacia otro lado, aferrado a rezagos ideológicos de la Guerra Fría.

Se dice que el Perú defiende la libre determinación. Por supuesto que hay que defenderla. Pero la libre determinación no se reduce a un referendo, como lo demuestra la práctica internacional en decenas de casos. El referendo en el Sahara fue bloqueado por el propio Polisario en 1991, cuando nuestro compatriota Javier Pérez de Cuéllar, entonces secretario general de la ONU, propuso una fórmula viable. El Polisario se negó a permitir el censo de votantes. Desde entonces, el Consejo de Seguridad -el órgano decisorio, no la IV Comisión- ha respaldado el plan de autonomía marroquí como solución política seria, creíble y realista. La última resolución del Consejo, adoptada el 29 de octubre, consolida esa vía como la única posible. Pero el Perú sigue paralizado, esperando que la IV Comisión -bloqueada por Argelia y el Polisario- resuelva lo que ya fue superado por la historia y la diplomacia y el ente superior que es el Consejo de Seguridad.

Algunos funcionarios de Torre Tagle aún repiten argumentos que rozan el absurdo. Se desconoce -o se oculta- que fue el propio Marruecos quien, en los años 60, pidió incluir el Sahara Occidental en la IV Comisión, porque España se negaba a descolonizar. Se ignora -o se tergiversa- que la Corte Internacional de Justicia, en su dictamen de 1975, reconoció la existencia de vínculos jurídicos y de lealtad entre tribus saharauis y el sultán de Marruecos. La primera parte del dictamen, que niega soberanía exclusiva, fue redactada sin participación de jueces árabes, lo que evidencia una desconexión con la realidad histórica y tribal del norte de África. Pero la segunda parte es clara: sí existía sujeción tradicional al sultán, y eso es jurídicamente determinante.

Más grave aún es la equivocada equiparación del caso del Sahara con la ocupación chilena de Tacna y Arica. Algunos en la Cancillería sostienen que apoyar la autonomía marroquí sería incoherente con nuestra historia. Falso. El caso de Tacna y Arica fue una invasión militar tras una guerra, seguida de un tratado que ordenaba un referendo que nunca se realizó por la chilenización forzada. El caso del Sahara es un proceso de descolonización iniciado por la ONU, con una potencia administradora (España) que se retiró, y con un Estado -Marruecos- que reclama un territorio con base en vínculos históricos, jurídicos y culturales. No hay punto de comparación. Salvo que el Perú considere -lo cual sería gravísimo- que Marruecos es un invasor. Eso sería no solo un error diplomático, una agresión, una afrenta ideológica al mundo árabe y africano.

En marzo de 2024 se celebró en Lima la reunión de mecanismos de consultas políticas entre Perú y Marruecos, presidida por sus vicecancilleres. Hoy, noviembre de 2025, Cancillería aún no entrega la hoja de ruta que permita avanzar en cooperación, turismo e inversiones. ¿Qué se espera? ¿Una señal divina?

Otro gesto ignorado por el Perú es la exención de visas que Marruecos otorga a los ciudadanos peruanos desde hace más de una década. En cambio, el Perú sigue sin corresponder, alegando que “el tema está en estudio”. ¿Diez años de estudio? ¿Qué se investiga exactamente? ¿La reciprocidad diplomática también se paraliza por ideología? Se aduce que hay otros organismos que opinan, pero lo cierto es que a otros países árabes sí les han concedido la exención de visas, sin que ello haya generado conflicto alguno. Este tipo de trabas burocráticas revela una falta de voluntad política y una diplomacia sin reflejos, que posterga lo evidente y sabotea lo posible.

Se han esgrimido argumentos risibles. Que el Congreso interfiere al pedir que se apoye el plan de autonomía marroquí. Pero el Congreso es un poder autónomo que puede recomendar lo que estime conveniente. También se dice que las economías peruana y marroquí, ya no son complementarias, sino que compiten, porque Marruecos exporta arándanos (otro caso es la palta) a Arabia Saudita. ¿Y qué? La empresa que los vende es peruana. Se afirma que el comercio bilateral es ínfimo, pero Marruecos compra productos peruanos vía su TLC con Europa, elevando el intercambio a más de 100 millones de dólares.

Otro obstáculo es la presencia de Argelia en Camisea. Se teme que sus inversiones puedan verse afectadas si Perú mejora sus vínculos con Marruecos. Pero Pluspetrol, el consorcio argentino que opera Camisea, prefiere que Sonatrach se retire y venda sus acciones a empresas coreanas. No hay riesgo real. Solo excusas.

Marruecos es un actor geopolítico clave. Tiene influencia en más de 60 votos en Naciones Unidas, incluyendo dos tercios de África y casi todo el mundo árabe. Su rey, Mohammed VI, es descendiente directo del profeta Mahoma, lo que le otorga ascendencia espiritual y política. Marruecos ha sido sede de grandes cumbres mundiales, como la COP22, el Foro de Alianza de Civilizaciones, la Reunión de Jefes de Estado Africanos y la reciente Cumbre sobre Migración y Desarrollo.

Pero Perú no toma en cuenta esta importancia. Como anécdota: el canciller Maurtua, durante el gobierno de Pedro Castillo, se enfrentó con Marruecos y luego propuso un candidato peruano a un organismo de la ONU. Perdimos frente al candidato chileno. ¿Qué votos nos faltaron? ¿Los africanos? ¿Los árabes? ¿Los que Marruecos influye? U otros que no sabemos.

Ante esta retahíla de errores, Perú no es amigo de Marruecos. Está en manos del nuevo canciller Hugo de Zela corregir el rumbo, con pragmatismo, visión estratégica y desideologización de la política exterior. Es hora de combinar principios con realpolitik. De dejar atrás prejuicios y fantasmas. De mirar al futuro con inteligencia, gratitud y respeto mutuo.

 

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