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Miércoles, Diciembre 2, 2020

Un perenne recuerdo a Vladimir Paz de la Barra              

Por: Jorge B. Hugo Álvarez / Cuando muere un amigo, muere una parte de tu alma cultivada en lo racional y en lo espiritual. Más con mi alma quebrantada y con esa fe adorable de nuestra amistad cultivada en años, escribiré sobre lo que debo escribir, evocando la memoria de mi ilustre maestro: Vladimir Paz de La Barra.

Difícilmente puedo imaginar sin vida  a una mente tan brillante, que con sus filípicas y la excelencia de su fina oratoria, pudo enfrentarse con coraje e hidalguía a una dictadura tan aromatizada con el aurea del tufillo popular.

Más Vladimir abrigaba un espíritu guerrero que a pecho descubierto combatió a los aventureros del poder y al alma corroída del despotismo. Eso fue mi maestro: Defensor a ultranza de las libertades esenciales del Perú Republicano y los valores esenciales de la democracia.

Conocí al maestro cuando era Decano de nuestra Orden y confieso que me impulsó y alentó a escribir mi primer libro: “Delitos Cometidos por Funcionarios Públicos contra la Administración Pública” (2000) que generosamente prologó y recomendó ante la Editorial Gaceta Jurídica. Desde entonces cultivamos una sincera amistad con una confianza férrea en la razón humana.

En esa racionalidad, tuve el honor de trabajar como su asesor durante el último período de su gestión como Decano del Ilustre Colegio de Abogados de Lima y trabajar juntos en su Estudio de Abogados.

Fue un Juez calificado, profesor universitario, escritor, miembro del disuelto Consejo de la Magistratura, pero sobre todo, orgullosamente abogado. Teníamos un sueño común: concebir un libro en coautoría: “Diálogos Racionales sobre la Filosofía del Derecho”, en la idea de hacer extensiva en lo popular el concepto de justicia, pena justa, derecho natural, derechos fundamentales, justicia constitucional etc.

Bizarra aventura intelectual frustrado por una muerte no anunciada. Pero, están tus ideas flotando en mi memoria  tan latente y siempre al acecho de la forma más sofisticada presto a emerger y dar forma y contenido a tu obra.

De hecho, mis respetos maestro por tus múltiples talentos, laboriosidad y amor al suelo patrio. Tú, no hubieras permitido ninguna posibilidad de envenenar las mentes sanas de nuestra juventud. Los querías tanto que evoco tu exclamación: “Ay, amigos, de poco sirve escribir bellas loas a la libertad, la dignidad, la lealtad, el patriotismo y a la democracia, si dejamos de lado la prédica con el ejemplo a paso cierto de armonía con nuestras propias vidas”.

Sí, maestro estaba la luz de los valores humanos: Honestidad, fraternidad, solidaridad, decencia y amor profundo a la verdad.   Tal vez sea, el canto silvestre del ser más diminuto o del ser más gigantesco que no permitirán sobreponer sombras negativas sobre tus recuerdos.  Más puedo yo, ser mortal errar en tiempos del coronavirus y escribir las odas más intensas y dolorosas en esos espacios de los descansos eternos: “Aquí yace una hombre que dio luz positiva a la imaginación guerrera de nuestra juventud”.

Descansa en paz, caro amigo.

                          (*) Abogado penalista- Analista político

 

Por: Jorge B. Hugo Álvarez / Cuando muere un amigo, muere una parte de tu alma cultivada en lo racional y en lo espiritual. Más con mi alma quebrantada y con esa fe adorable de nuestra amistad cultivada en años, escribiré sobre lo que debo escribir, evocando la memoria de mi ilustre maestro: Vladimir Paz de La Barra.

Difícilmente puedo imaginar sin vida  a una mente tan brillante, que con sus filípicas y la excelencia de su fina oratoria, pudo enfrentarse con coraje e hidalguía a una dictadura tan aromatizada con el aurea del tufillo popular.

Más Vladimir abrigaba un espíritu guerrero que a pecho descubierto combatió a los aventureros del poder y al alma corroída del despotismo. Eso fue mi maestro: Defensor a ultranza de las libertades esenciales del Perú Republicano y los valores esenciales de la democracia.

Conocí al maestro cuando era Decano de nuestra Orden y confieso que me impulsó y alentó a escribir mi primer libro: “Delitos Cometidos por Funcionarios Públicos contra la Administración Pública” (2000) que generosamente prologó y recomendó ante la Editorial Gaceta Jurídica. Desde entonces cultivamos una sincera amistad con una confianza férrea en la razón humana.

En esa racionalidad, tuve el honor de trabajar como su asesor durante el último período de su gestión como Decano del Ilustre Colegio de Abogados de Lima y trabajar juntos en su Estudio de Abogados.

Fue un Juez calificado, profesor universitario, escritor, miembro del disuelto Consejo de la Magistratura, pero sobre todo, orgullosamente abogado. Teníamos un sueño común: concebir un libro en coautoría: “Diálogos Racionales sobre la Filosofía del Derecho”, en la idea de hacer extensiva en lo popular el concepto de justicia, pena justa, derecho natural, derechos fundamentales, justicia constitucional etc.

Bizarra aventura intelectual frustrado por una muerte no anunciada. Pero, están tus ideas flotando en mi memoria  tan latente y siempre al acecho de la forma más sofisticada presto a emerger y dar forma y contenido a tu obra.

De hecho, mis respetos maestro por tus múltiples talentos, laboriosidad y amor al suelo patrio. Tú, no hubieras permitido ninguna posibilidad de envenenar las mentes sanas de nuestra juventud. Los querías tanto que evoco tu exclamación: “Ay, amigos, de poco sirve escribir bellas loas a la libertad, la dignidad, la lealtad, el patriotismo y a la democracia, si dejamos de lado la prédica con el ejemplo a paso cierto de armonía con nuestras propias vidas”.

Sí, maestro estaba la luz de los valores humanos: Honestidad, fraternidad, solidaridad, decencia y amor profundo a la verdad.   Tal vez sea, el canto silvestre del ser más diminuto o del ser más gigantesco que no permitirán sobreponer sombras negativas sobre tus recuerdos.  Más puedo yo, ser mortal errar en tiempos del coronavirus y escribir las odas más intensas y dolorosas en esos espacios de los descansos eternos: “Aquí yace una hombre que dio luz positiva a la imaginación guerrera de nuestra juventud”.

Descansa en paz, caro amigo.

                          (*) Abogado penalista- Analista político

 

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