Después del discurso antisemita de José María Balcázar y de mi respuesta pública a quien me niego a llamar presidente hasta que se disculpe francamente, sostuve una larga conversación con una prima muy querida. Empezó como un simple intercambio familiar y terminó convirtiéndose en una reflexión mucho más profunda: ¿qué significa realmente ser peruano?
Coincidimos rápidamente en algo incómodo pero evidente: el Perú sigue siendo un país fragmentado. Vivimos juntos, pero no necesariamente unidos. Costa, sierra y selva conviven dentro de un mismo mapa, aunque muchas veces como mundos distintos. Nos desconocemos entre nosotros y, peor aún, nos hemos acostumbrado a esa distancia.
Propuse entonces algo que siempre me pareció lógico: enseñar quechua en las escuelas como parte de una identidad nacional compartida. Pero mi prima tenía razón al decirme que el problema va mucho más allá del idioma. El Perú es castellano, quechua, aimara, asháninka, awajún y decenas de identidades que durante siglos han sido ignoradas o relegadas.
Y allí aparece la gran pregunta: ¿cómo construir una nación cuando todavía no terminamos de reconocernos mutuamente? ¿Y no sentimos empatía por el que consideramos “el otro”?
Tal vez la dificultad viene desde el origen mismo de la República. Nuestra independencia no fue una gesta homogénea ni plenamente nacional. Hubo peruanos luchando por ella y otros defendiendo la bandera española. Para muchos indígenas y esclavos, además, aquello no significó libertad sino apenas un cambio de patrón o amo: se fue el peninsular y quedó el criollo.
Doscientos años después seguimos arrastrando fracturas similares. El Perú mestizo que describía Ricardo Palma —ese donde “el que no tiene de inga tiene de mandinga”— existe, sí, pero más como potencial que como realidad consolidada. Nos enorgullecemos de nuestra gastronomía, de Machu Picchu o de la diversidad cultural, pero seguimos siendo un país profundamente desigual.
Mientras algunos acceden a educación de calidad, idiomas y oportunidades internacionales, millones de peruanos aún crecen convencidos de que jamás dejarán de ser pobres. Y cuando una nación normaliza esa resignación, algo esencial se ha roto.
Sin embargo, el Perú también está lleno de historias que contradicen el fatalismo: hijos de lavanderas que triunfan, jóvenes sin recursos que llegan al deporte de élite, emprendedores que salen adelante contra toda estadística. El problema no es la incapacidad del peruano. El problema es un Estado que durante décadas ha administrado el país con mediocridad, corrupción y cortoplacismo.
Seguimos atrapados en discusiones absurdas mientras otras naciones invierten en ciencia, tecnología y educación. Aquí todavía hay políticos que gobiernan desde el resentimiento, el odio o el populismo más elemental. Hemos convertido la improvisación en sistema y la ignorancia en espectáculo.
Por eso la educación debería ser prioridad nacional y no privilegio. No basta con repetir slogans patrióticos ni inflarnos el pecho hablando del Imperio incaico. Si realmente queremos construir identidad, debemos empezar por conocernos. Junto a aprender nuestras culturas originarias, aprender sus lenguas, valorar nuestras diferencias y entender que el Perú no puede seguir funcionando como un archipiélago social y cultural.
Aún cargamos demasiadas herencias coloniales: centralismo, desigualdad, desprecio mutuo y una alarmante incapacidad para pensar en colectivo. Pero sigo creyendo que este país puede aspirar a algo mejor. Quisiera ver un Perú donde la marca nacional no sea solo una campaña publicitaria, sino una convicción compartida. Un país que premie el mérito, lapide la corrupción y entienda que la educación no es gasto, sino supervivencia. Un país que invierta en sus hijos, que castigue al ladrón, que sancione al mentiroso, que no premie el ocioso. Que ejecute la trilogía moral de nuestros amautas del Tawantinsuyo: ama sua, ama llulla, ama quella. Cuan sincera, actual y poco respetada se ha vuelto.
Porque, al final, ser peruano debería significar algo más grande que sobrevivir al caos. Debería significar construir juntos una nación que todavía seguimos debiéndonos.
Pachacútec Inca Yupanqui y Ramón Castilla, grandes gobernantes, ambos hijos por igual de esta tierra, nos miran y nos reclaman: ¡que han hecho con lo que les hemos dejado!
(*) Lic. en Educación e Historia por la Universidad Hebrea de Jerusalén



