26 de junio de 2026

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Por Antero Flores-Araoz // Decencia es la voz

Alertas telefónicas

Después del descalabro político de los últimos años, en que salvo honrosas y valiosas excepciones, han llegado a la conducción del Estado personas carentes de los atributos y características necesarias para ello, estamos cercanos al próximo proceso eleccionario, en que no deseamos se produzcan los lamentables resultados de los cercanos tiempos.

Cuando nos referimos a quienes han llegado a la conducción del Estado, sin las calificaciones deseadas, no solamente nos referimos a los que alcanzaron importantes posiciones por elecciones, sino también por designaciones.

Ha sido muy triste haber observado en planchas presidenciales, como también en listas de representantes al Congreso de la República, gobiernos regionales y por supuesto gobiernos locales, personas sin las calificaciones debidas.

No nos referimos evidentemente a los requisitos formales como son la nacionalidad y la edad, entre algunos otros, sino al requisito mayor, aunque no normado, que es la decencia, la honorabilidad, la honradez, en buen romance la moral.

Hemos estado acostumbrados a votar por las simpatías, por la sonrisa fácil, por las propuestas populistas, por el buen discurso, pero no hemos ido más allá, como determinar por los electores, si los candidatos de sus simpatías tienen el conocimiento y la experiencia para el cargo, pero algo muchísimo más importante, como repetimos, que es su comportamiento ético.

Lo señalado no solamente es importantísimo para cargos provenientes de elección popular, sino también para las designaciones de los altos funcionarios de la Nación, como son entre ellos, ministros y viceministros, prefectos, jefes de organismos reguladores y  muchos otros cargos.

Tratándose de electores, si bien todos somos iguales ante la ley, no es menos cierto que en la realidad somos diferentes, pues no es lo mismo una persona cultivada, con estudios escolares concluidos, más estudios universitarios hasta incluso posgrados, que quienes no son siquiera alfabetos y pueden errar más fácilmente en sus apreciaciones. A estos últimos se les puede perdonar sus desvaríos electorales, más no a los primeros que por suponerse cultos tienen que actuar en consecuencia.

En lo que se refiere a altos funcionarios por designación, es francamente imperdonable que se lleve a dichos cargos a personas sin experiencia, simplemente por amiguismo, ya que quienes fueron elegidos tienen la obligación de designar a buenos funcionarios, pero sobre todo que sean impolutos, lo que va más allá de la simple verificación de si hay antecedentes policiales o condenas judiciales.

El tema ético, no es de los tiempos en que vivimos, ya lo advertía Marco Tulio Cicerón 106 años antes de Cristo, cuando expresaba que “Los políticos han de ser personas íntegras, cómo primera y fundamental virtud, base de todas las demás, de coraje para adoptar justas decisiones, cultas e inteligentes en su discurso y dotados de sensatez, para no separarse del camino marcado por la moral pública, a su vez materializada en las leyes positivas. El buen funcionario es aquel que no puede tolerar en la patria un poder que pretende hacerse superior a las leyes”.

Las agrupaciones políticas tienen que ser filtro, para evitar e impedir que granujas lleguen a los cargos públicos, para hacer lo que les dé la gana y que hagan de la hacienda pública su chacra personal. Es una responsabilidad en la que el pueblo tendrá que pedir cuentas a los partidos.

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