28 de agosto de 2026

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Lima: Cargando...

Por: María Angela Figueroa / ¿Cómo se quiere a un país?

Maria Angela Figueroa

Hace unas semanas, la celebración del Día de la Independencia del Perú coincidió con la toma de posesión de Keiko Fujimori como presidenta de la República. Muchos peruanos que vivimos en el extranjero vimos la ceremonia de juramentación y el desfile. Quizá algunos también comparamos esa celebración con la fiesta nacional del país en el que vivimos ahora; en mi caso, Alemania.

Por primera vez en muchos años, desde que dejé de vivir en el Perú, me puse a pensar en lo que significaba ese día: ¿qué es el patriotismo?, ¿soy patriota?, ¿se puede ser patriota y vivir en otro país al mismo tiempo?

Mientras reflexionaba sobre estas preguntas, le pregunté a mi marido, nacido y criado en Alemania, si se consideraba patriota. Me respondió que sentir o demostrar patriotismo era más complejo en Alemania que en el Perú.

En cierto modo, podía entender su punto de vista. Son dos contextos distintos. Alemania tiene una historia que ha dejado profundas cicatrices y que cambió para siempre la manera en que el país se relaciona con su identidad nacional. Es una nación con una concepción del patriotismo diferente de la nuestra.

En el himno nacional peruano cantamos «¡Somos libres!» con el corazón en la mano y gritamos «¡Viva el Perú!». En Alemania, las muestras públicas de orgullo nacional suelen ser más moderadas. El 3 de octubre, Día de la Unidad Alemana, rara vez he visto banderas por todas partes, gente con insignias o cintas patrióticas o grandes celebraciones acompañadas de comida tradicional. Las celebraciones colectivas de identidad y tradición más visibles que he conocido en Baviera y en otras regiones son el Oktoberfest y los *Volksfeste*, aunque no sean equivalentes a una fiesta nacional.

El 28 de julio de este año me sentí triste. No solo porque no estaba en el Perú para celebrarlo, sino también porque me di cuenta de que muchos alemanes parecen más cautelosos que los peruanos al expresar el orgullo nacional. Desde pequeños, los niños alemanes aprenden sobre las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Jonas me contó que en el colegio incluso estudiaron propuestas de la posguerra que contemplaban la desindustrialización de Alemania y su transformación en una economía principalmente agrícola.

Me llamó la atención que ese tipo de temas se abordaran desde la escuela. Mientras Jonas recordaba haber aprendido sobre la destrucción de su país y sus consecuencias históricas, yo recordaba que en el Perú aprendíamos coreografías de bailes tradicionales para celebrar el Día de la Independencia. Son dos formas muy diferentes de acercar a los niños a la historia de su país.

Ese fin de semana vimos documentales sobre las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Cuando pensamos en el final de la guerra, solemos imaginar una bandera blanca, la derrota de los nazis y la liberación de los prisioneros de los campos de concentración. Sin embargo, el fin del conflicto no significó el final inmediato del sufrimiento.

Las ciudades quedaron en ruinas, millones de personas fueron desplazadas y profundas cicatrices permanecieron entre los supervivientes. Para muchos, la posguerra significó empezar de cero entre los escombros, reconstruyendo no solo ciudades, sino también sus propias vidas. La reconstrucción se convirtió así en un elemento central de la historia alemana.

 

Lo que queda tras la guerra

El amor por Alemania no se puede medir de la misma manera que el vínculo que los peruanos tenemos con el Perú. La sociedad alemana ha desarrollado una cultura de memoria y responsabilidad histórica hacia las víctimas del nazismo y, especialmente, hacia el pueblo judío. El compromiso es claro: las atrocidades cometidas por el régimen nazi no deben repetirse jamás.

Esta cultura de la memoria no consiste únicamente en recordar el pasado. También busca preservar la verdad histórica, fortalecer los valores democráticos y combatir las tendencias extremistas. Sin embargo, conocer la historia no inmuniza automáticamente a una sociedad frente a la reaparición de ciertos mecanismos políticos.

Mientras Alemania recuerda y reconoce su pasado, Alternativa para Alemania (AfD), un partido de extrema derecha, continúa ganando terreno. Su discurso se apoya en el nacionalismo y en políticas migratorias más restrictivas, y conecta con sectores de la población que sienten que sus preocupaciones no están siendo escuchadas. Parte de estos mensajes encuentra además una fuerte amplificación en las redes sociales.

La inmigración ocupa un lugar central en su discurso. Problemas sociales, políticos y económicos mucho más complejos pueden terminar simplificados mediante la construcción de un enemigo reconocible: los extranjeros. Esa estrategia convierte el miedo, la frustración y la sensación de abandono en apoyo político.

En este contexto, resulta difícil no pensar en la poderosa maquinaria de propaganda que acompañó el ascenso del nazismo bajo el liderazgo de Joseph Goebbels. No porque ambos momentos históricos sean equivalentes. No lo son. Pero algunos mecanismos de comunicación política pueden sobrevivir a sus contextos originales: la repetición constante de mensajes sencillos, la explotación del miedo y la construcción de un grupo al que responsabilizar por los problemas de la sociedad.

Aquí resulta pertinente la reflexión de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal. Arendt no afirma que las personas sean intrínsecamente malas ni que su entorno las convierta inevitablemente en seres malvados. Su análisis advierte, más bien, sobre los peligros de actuar sin pensamiento crítico, obedecer sin cuestionar y renunciar a la responsabilidad individual dentro de un sistema.

Alemania es un país que reconoce su historia y sus errores. Por eso, muchos alemanes mantienen una relación crítica con su propio país. No lo aman porque sea perfecto, sino porque ha aprendido a confrontar sus errores y asumir responsabilidad por ellos. Lo aman de otra manera.

Como extranjera que vive en Alemania, esa forma de querer a un país me ha enseñado algo inesperado. Yo también estoy aprendiendo a querer a Alemania, del mismo modo que quiero al Perú desde la distancia. Lo hago de una forma distinta, pero igualmente sincera. El contexto y los desafíos del Perú son otros. Sin embargo, mi vínculo con el país tampoco depende de que sea perfecto. Quizá querer a un país no consiste solo en celebrar sus símbolos, ondear su bandera o sentirse orgulloso de su historia. También puede significar observarlo de cerca, reconocer sus errores y esperar que sea capaz de convertirse en un lugar mejor.

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