3 de setiembre de 2026

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Por: María Angela Figueroa / ¿Por qué tener hijos?

Maria Angela Figueroa

Los titulares repiten la misma advertencia: cada vez nacen menos niños. En Perú, el promedio de hijos por mujer pasó de 6,8 entre las décadas de 1940 y 1960 a 1,7 en la actualidad, según el Instituto Nacional de Estadística e Informática. En Alemania, donde vivo, fue de 1,32 en 2025. Ese mismo año nacieron 654.241 niños, la cifra más baja desde 1946, de acuerdo con la Oficina Federal de Estadística de Alemania. Cuando leo estos datos, pienso que quizá yo también estoy dentro de esas cifras. Tengo 29 años y no sé si quiero ser madre.

Ser mamá o no serlo me parece una de las decisiones más complejas que puede tomar una mujer. Muchas de nosotras podemos elegir, pero la biología no nos da todo el tiempo del mundo para hacerlo. Esa presión aparece justo cuando empezamos a conocernos mejor y a entender cómo queremos vivir. La sociedad parece esperar que, al acercarnos a los treinta, ya estemos dando la noticia y saltando de emoción. Si tiendes a reflexionar demasiado, como yo, quizá ocurra lo contrario: empiezas a preguntarte cómo cambiarían tu relación, tu trabajo, tu cuerpo, tu economía y la vida que tienes ahora.

Estoy en una etapa en la que quiero seguir desarrollándome profesionalmente, descubrir otros intereses, cuidar mi bienestar, disfrutar de mi relación y viajar cuando podamos. Ser madre no significa necesariamente renunciar a todo eso, pero tampoco me parece honesto fingir que nada cambiaría. A veces me pregunto por qué dedicar tiempo a construir mi propia vida puede percibirse como egoísta o por qué, a cierta edad, esos intereses deberían pasar a un segundo plano.

Mi esposo no piensa en este tema todos los días como yo. Respeta mis dudas y me dice que tomaremos la decisión juntos y que, para él, lo más importante es ser feliz conmigo. A veces envidio un poco esa tranquilidad. No porque tener hijos no vaya a cambiar su vida, sino porque la decisión no pesa sobre él de la misma manera. El tiempo no corre igual para los dos y, si algún día decidimos tener hijos, será mi cuerpo el que atraviese el embarazo, el parto y la recuperación.

Poder plantearme estas preguntas es un privilegio. Para muchas mujeres, la maternidad no es una elección completamente libre. Algunas no tienen acceso adecuado a servicios de salud sexual y reproductiva o a métodos anticonceptivos. Otras toman decisiones condicionadas por su pareja, su familia o su entorno, e incluso viven situaciones de violencia. También hay mujeres que desean profundamente tener hijos y no pueden, y otras para quienes su situación económica hace que esa posibilidad parezca inalcanzable.

Mi experiencia no representa la de todas. Hablo desde mi propia situación: tengo una pareja que me apoya, acceso a información y libertad para elegir. Pero incluso así, la decisión no ocurre en el vacío. El trabajo, el dinero, la vivienda y el lugar donde vivimos también forman parte de ella.

Mi esposo y yo no imaginamos necesariamente nuestro futuro ligado a comprar una casa o establecernos permanentemente en un mismo lugar. Además, vivimos lejos de las ciudades donde crecimos y, en mi caso, lejos de mi país y de mi familia. Si tuviéramos hijos, no contaríamos con una red cotidiana de apoyo cercana.

La globalización puede parecer una palabra demasiado grande para explicar una decisión tan íntima, pero entra hasta en esto. Muchas personas migramos para estudiar, trabajar o buscar una vida mejor. Aprendemos idiomas, nos formamos durante más años y construimos una vida lejos del lugar donde nacimos. Esa movilidad nos abre oportunidades, pero también nos aleja de quienes podrían ayudarnos a criar.

A muchas mujeres de entornos parecidos al mío nos enseñaron que debíamos estudiar, ser independientes y aprovechar oportunidades que nuestras madres o abuelas no tuvieron. Después llegamos a cierta edad y descubrimos que también se espera que formemos una familia, como si todo lo anterior no hubiera cambiado nuestros tiempos, nuestros deseos o la manera en que imaginamos el futuro.

No quiero decir que una carrera sea más importante que una familia ni reducir la maternidad a una cuestión laboral o económica. Pero me parece ingenuo fingir que esas cosas no están relacionadas. Hoy hablamos mucho más de la carga mental, de relaciones más igualitarias y de la crianza compartida. Muchos hombres quieren involucrarse de una manera distinta a la de sus padres. Aun así, hay aspectos que no pueden dividirse por la mitad. El embarazo, el parto y la recuperación ocurren en el cuerpo de la mujer, y todavía existen consecuencias profesionales que recaen con mayor frecuencia sobre las madres.

Por eso me resulta contradictoria la manera en que hablamos sobre la caída de la natalidad. La pregunta suele ser qué les pasa a las mujeres o por qué los jóvenes ya no quieren tener hijos. Se habla menos de la inestabilidad laboral, del precio de la vivienda, del costo de los cuidados, de la distancia de nuestras familias o de las consecuencias profesionales que todavía asumen muchas madres. Cuando una familia debe pagarlo y organizarlo todo, tener un hijo se considera una decisión privada. Pero cuando cae la natalidad, de pronto se convierte en un problema de todos.

Vivir en Alemania me hace pensar también en los límites de las políticas familiares. Aquí, las familias reciben 259 euros mensuales por cada hijo y existe una prestación parental, conocida como Elterngeld, que compensa parte de los ingresos durante los primeros meses de crianza. Además, cada progenitor puede acogerse a hasta tres años de licencia parental con el puesto protegido. En Perú, la licencia por maternidad es de 98 días.

Alemania ofrece una red de apoyo más amplia y, aun así, tiene menos hijos por mujer que el Perú. Las ayudas importan: pueden reducir la incertidumbre y hacer más llevadera la crianza. Pero no pueden crear el deseo de tener hijos. Incluso si todas las condiciones materiales mejoraran, seguiría quedando una pregunta que ninguna política pública puede responder por mí: ¿quiero realmente tener hijos?

Cuando hablo con mujeres que ya son madres, pueden contarme con detalle el dolor del parto, la recuperación o el cansancio. Mamás, tías y abuelas casi siempre terminan diciendo: «Valió la pena», «Después te olvidas» o «Es lo más bonito del mundo». Les creo. Entiendo que el amor por los hijos puede cambiar la manera en que una recuerda todo lo anterior. Pero no sé cómo viviría yo esa experiencia. Tampoco quiero asumir que sería sencillo únicamente porque otras mujeres hayan pasado por ella. Sus experiencias pueden ayudarme a entender la maternidad, pero no pueden decidir por mí.

Llegados a este punto, mis dudas pueden parecer una larga lista de razones para no tener hijos. Pero quizá ahí esté precisamente el problema: dedicamos mucho tiempo a explicar por qué alguien podría no querer tenerlos y mucho menos a preguntarnos por qué sí.

¿Cómo saben las personas que realmente quieren ser madres o padres? ¿El deseo aparece de pronto, siempre estuvo ahí o simplemente llega un momento en el que tener hijos parece ser el siguiente paso?

Cuando una mujer dice que no quiere ser madre o que todavía no está segura, normalmente tiene que dar explicaciones. A quienes quieren tener hijos, en cambio, casi nunca les preguntamos por qué. Asumimos que es lo natural y que una vida sin ellos será solitaria, vacía o incompleta.

No creo que una vida sin hijos sea necesariamente una vida vacía. Tampoco creo que tenerlos garantice una vida plena. La decisión de tener hijos debería responder a un deseo real de cuidarlos, acompañarlos y comprometerse con su crianza. No porque sea la siguiente tarea de una lista, por miedo a quedarnos solos o porque sentimos que el tiempo se está acabando.

Todavía no sé si quiero tener hijos. Quizá algún día tenga una respuesta más clara o quizá no. Por ahora, solo sé que, si alguna vez decido tenerlos, quiero estar segura de que fue porque realmente quise tenerlos y no porque sentí que ya no tenía permiso para seguir dudando.

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