3 de setiembre de 2026

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Por: Ricardo Sánchez Serra / Perú y la decisión correcta: romper con Irán

Ricardo Sánchez Serra

El 2 de septiembre de 2026, el Perú tomó una decisión histórica y necesaria: romper relaciones diplomáticas con Irán. No fue un gesto improvisado, sino una medida bien realizada y oportuna, sustentada en hechos concretos y en la defensa de la seguridad nacional y regional.

La Cancillería explicó con claridad los motivos:

El estrecho de Ormuz, vital para el comercio mundial, convertido en escenario de amenazas constantes por parte de Irán.

El programa nuclear iraní, opaco y sin garantías, que representa un riesgo para la estabilidad global.

La desestabilización del Medio Oriente y del mundo, promovida por Teherán mediante el financiamiento y entrenamiento de grupos terroristas.

El Perú, al integrarse al Escudo de las Américas junto a Estados Unidos y otros aliados, reafirma su compromiso en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo. Esta decisión nos coloca en el lado correcto de la historia: el de las democracias que defienden la paz y la seguridad.

Antecedentes peligrosos

Desde 2002, Irán fue incluido en el llamado “Eje del Mal”, junto a Irak y Corea del Norte, por su apoyo al terrorismo y sus ambiciones nucleares. Esa definición sigue vigente: Teherán ha demostrado ser un actor desestabilizador en múltiples regiones.

En el Perú, se detectaron intentos de reclutamiento de jóvenes en centros religiosos chiitas en Huancavelica, con becas integrales para viajar a Irán. Nunca se supo con certeza qué tipo de adoctrinamiento recibían ni si regresaban. Un riesgo latente para nuestra seguridad nacional.

Conozco además que un entonces canciller del gobierno corrupto y golpista de Pedro Castillo tenía en carpeta propuestas para que Irán abriera una Embajada en Lima (cuando su sede estaba en Quito y era concurrente con nuestro país) e incluso una Embajada en Ramala. Hechos que finalmente no se concretaron, pero que muestran la intención de Teherán de ampliar su influencia en Sudamérica.

No podemos olvidar que, en tiempos de Hugo Chávez, comunidades chiitas fueron trasladadas a Venezuela sin transparencia sobre sus objetivos. Esa presencia, nunca aclarada, generó preocupación en toda la región.

Tampoco se puede borrar de la memoria el atentado contra la AMIA en Buenos Aires y el ataque a la Embajada de Israel en Argentina, ambos vinculados a redes iraníes. Son heridas abiertas que recuerdan el alcance del terrorismo auspiciado por Teherán.

El odio como política de Estado

Como escribí en marzo de 2026: “Irán eligió el odio como política de Estado y ese odio terminó por hundirlo.” Desde 1979, los ayatolás convirtieron la hostilidad hacia Israel en el eje de su estrategia internacional. Negaron su existencia, promovieron el negacionismo del Holocausto y llamaron reiteradamente a la desaparición del Estado judío.

Ese odio se tradujo en apoyo a organizaciones terroristas como Hezbollah, Hamas, la Yihad Islámica Palestina, milicias chiitas en Irak y Siria, y los hutíes en Yemen. Incluso se denunció cooperación con los terroristas del Frente Polisario en el norte de África.

Los países árabes han sido víctimas directas: Arabia Saudita sufrió ataques contra sus instalaciones petroleras; Bahréin y Kuwait denunciaron infiltraciones; los Emiratos Árabes Unidos fueron blanco de amenazas. El últim ataque fue contra Jordania. La estrategia iraní ha sido clara: usar el terror y la intimidación para expandir su influencia.

Pero el resultado ha sido el aislamiento. Las sanciones internacionales, la crisis económica y la represión interna han golpeado duramente a la población iraní. Mientras el régimen invierte en guerras externas, millones de ciudadanos enfrentan pobreza y falta de libertad.

La decisión del Perú de romper relaciones con Irán es un acto de coherencia y responsabilidad. No se trata solo de política exterior, sino de proteger nuestra democracia y nuestra seguridad.

Los países democráticos deben seguir este camino. Como dijo Winston Churchill: “Un apaciguador es aquel que alimenta al cocodrilo con la esperanza de que lo devore al final.” El Perú ha decidido no alimentar más al cocodrilo del extremismo iraní.

Hoy defendemos la paz, la memoria y la dignidad de las naciones libres.

 

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