Ricardo Sánchez Serra
La embajadora de Turquía en Lima pretende maquillar con discursos diplomáticos lo que en realidad fue un autogolpe sangriento en 2016, utilizado por Recep Tayyip Erdogan para aplastar a la oposición y consolidar un régimen de terror. Hablar de “victoria del pueblo” es un insulto a las miles de víctimas que sufrieron persecución, cárcel y exilio.
Erdogan convirtió a Turquía en una cárcel a cielo abierto. No solo encarceló a periodistas y opositores: encarceló mujeres con sus bebés, separó familias enteras y destruyó vidas. Miles de maestros, jueces y médicos fueron acusados sin pruebas de pertenecer al movimiento Hizmet, uno de los grupos más pacíficos del mundo islámico, dedicado a la educación y al diálogo. La acusación de “terrorismo” fue la coartada perfecta para arrasar con escuelas, universidades y bancos, apropiándose de instituciones y bienes privados bajo el manto de la represión.
La embajadora calla sobre los secuestros internacionales ordenados por Erdogan. Agentes turcos persiguieron opositores en distintas partes del mundo, violando soberanías y derechos humanos. Esa cacería global fue denunciada por organismos internacionales y rechazada por países democráticos. Estados Unidos, Alemania, Suecia, Gran Bretaña, Brasil, Panamá y el propio Perú rechazaron las extradiciones solicitadas por Ankara. En nuestro país, la Corte Suprema negó por unanimidad dos pedidos de extradición, dejando en claro que la justicia peruana no se presta a farsas políticas.
La propaganda oficial habla de “unidad nacional”, pero lo que hubo fue terror institucionalizado. Familias enteras huyeron a la diáspora para salvar sus vidas. Hoy, miles de turcos exiliados relatan cómo fueron perseguidos, despojados de sus bienes y estigmatizados. La diáspora es el testimonio vivo de la tragedia que Erdogan intenta ocultar.
En el plano económico, la década de Erdogan fue un desastre: inflación descontrolada, caída de la lira, fuga de inversiones y pérdida de credibilidad internacional. Turquía pasó de ser un referente democrático en el mundo musulmán a un ejemplo de regresión autoritaria. La “victoria” que celebra la embajadora es en realidad la ruina de un país que fue sofocado por la ambición de un solo hombre
Erdogan no defendió la democracia: la destruyó. No combatió el terrorismo: lo inventó para justificar su represión. No unió al pueblo: lo dividió, lo encarceló y lo exilió. Su legado es el miedo, la censura y la devastación institucional.
Diez años después, lo que corresponde no es conmemorar una supuesta gesta heroica, sino recordar que Turquía fue víctima de un autogolpe que convirtió a su presidente en verdugo. La historia no se escribe con propaganda, sino con memoria. Y la memoria dirá que Erdogan fue el hombre que hundió la democracia turca, destruyó familias y convirtió a su país en un símbolo de represión y ruina.



